Capítulo 37
La había aceptado de vuelta por presiones del bufete, como siempre.
No podían dejar de entrometerse en su vida familiar.
Cualquier oficio de prestigio venía con aquel coste: una vida ordenada, una señora, hijos, ser como Dios manda, ni más ni menos.
El suegro, que era político, también había hecho lo suyo para sacarla de su retiro y devolverla a su lugar.
Tenía no pocos amigos y le debían no pocos favores.
La Celia que había vuelto no era, sin embargo, la misma que se fue.
Ahora había probado el poder de los Aldamonte y sabía de lo que eran capaces.
Era más cauta y fría, hablaba menos, no podía confiarse.
Había emprendido una estrategia en la sombra, saliendo mucho más de casa, evitando el aislamiento.
Haciendo méritos constantes en la Iglesia, que era la que podía defender mejor sus intereses, alegando al sacramento matrimonial.
Santander estaba demasiado lejos para que pudieran ayudarla, necesitaba amigos en Madrid.
Eduardo seguía pensando que el mejor matrimonio es el que no se celebra, así que, cuando leyó el recorte de periódico, que el portero había clavado en la entrada por las amonestaciones, no pudo menos que resoplar.
L. S. VON HARTMANN
—¿Qué? ¿Por qué? ¿A su edad? ¿Es que se ha vuelto loco? —exclamó ante el portero.
—Bueno, es que el hombre llevaba ya tres años solo. La viudez es muy dura.
—No puede ser más dura que estar casado, hombre.
—Usted es que pasó por el altar muy pronto. Pero con la edad se ven las cosas de otra forma.
—No veo de qué forma pueden convivir dos sexos que no buscan lo mismo. A cualquier edad. No tiene sentido —dijo Eduardo, en un arrebato de sinceridad.
—Pues ya ve. Dos bodas tenemos este año en el edificio, y en el mismo mes. Con apenas días…
—¿Quién más se casa? Si somos tres pisos y dos son de Loewe. ¿Es la hija?
—¿No se ha enterado?
—¿De qué?
—Es su antigua trabajadora, Elena. El día 8, con el militar. ¡Al final todas aquellas cartas sirvieron para algo!
Juan Eduardo no podía creérselo. Sintió una oleada de ira agitándolo por dentro. Improvisó una disculpa y se marchó.
—Pues que le vaya bien.
Subió las escaleras, pero el deseo expresado estaba muy lejos de lo que sentía.
Ruin, embustera, desagradecida. Tan lista que se creía aquella barragana.
No solo se mudaba de lugar de trabajo sino también de cama, al parecer.
Y a él lo dejaba con la peor sensación que puede tener un hombre: la de que se habían reído de él.
Querida Carmen:
Te llevo en mi corazón todos los días y espero que podamos dejar atrás el pasado y nuestras diferencias con motivo de mi boda, el domingo 8 de noviembre a las 12 h, en la parroquia de San Lorenzo, en Madrid. Ojalá puedas venir. Sería muy importante para mí.
Tu hermana,
Elena
Aunque Carmen no lo sabía, a Elena le había costado escribir la carta tres veces, las mismas que había pasado por las manos de Julia. Le daba vergüenza que pudiera llevar faltas de ortografía.
Carmen la rasgó y se la guardó en el bolsillo de la falda, en espera de tirarla cuando saliera del trabajo.
Bodas, amores… solo eran para los ricos o para los tontos.
Lo único que importaba era tener trabajo y dinero.
Justa tenía razón en que solo la mujer que tiene esas dos cosas cuenta con algo de poder en este mundo.
Las bodas, siempre lo decía, le quitaban a una hasta el poder decidir sobre su cuerpo.
Al final había que vivir para atender al marido.
Y en cuanto al amor… No había nada que esclavizara más a las mujeres.