La casa del hilo rojo Capítulo 36 #3
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Capítulo 36 #3

—Oye, no te pases. Que tengo dieciséis años. Puedo casarme perfectamente.

En ese momento Elena abandonó el palacio y lo rodeó. Encontró al mozo y a Sebastián discutiendo con la espalda pegada a la pared y, sin decir, nada, retrocedió sobre sus pasos hasta colocarse en el lugar que le correspondía. «Ay…, ¡pero si está clarí simo que le diré que sí!».

Llevaban año y medio de novios, desde aquella primera cita en las afueras, en la Castellana.

Paseos tras el trabajo, en los permisos de los fines de semana.

Nada de restaurantes y teatros, que esas cosas eran para la alta sociedad y no para unos novios jóvenes que tenían que ahorrar.

Elena estaba deseando dejar la pensión y mudarse a un piso de casada y Sebastián…

por fin podría hacer más vida fuera del cuartel.

Los momentos se hicieron eternos en el pabellón-estufa, acariciando y oliendo las flores, con los nervios haciendo lo que querían con su cuerpo. La luz del mediodía destellaba dorada en las esquinas de cada cristal, delimitado por las líneas del acero. El palacio era un como un joyero gigantesco.

Los cisnes ya se retiraban del estanque cuando Sebastián apareció, por fin.

—Bueno, pues eso. Lo que te imaginas —dijo el joven, súbitamente ruborizado.

—¿El qué? —Rio ella.

—Que si quieres dar el paso.

—¿Qué paso? ¿Con quién?

Sebastián tuvo que reírse también, por su torpeza. Le tomó las manos e intentó empezar de nuevo. Respiró profundo y se puso lo más serio que pudo.

—Elena, ¿te quieres casar conmigo?

—¡Claro que quiero!

La dicha que Elena sentía no le cabía en el pecho. Era tan feliz… Se besaron con una ternura infinita.

—Pues menos mal que has dicho que sí… Porque ya he preguntado fechas en San Lorenzo.

—Pero, bueno, ¡menuda sorpresa! Qué callado te lo tenías. ¿Y cuándo va a ser?

—¡En dos semanas!

—¿En dos semanas? ¿Tan pronto? Pero si no tendré tiempo de nada, madre mía.

—¡Era cuando tenía sitio el cura! ¿Qué querías que hiciera? —le dijo él encogiéndose de hombros mientras le acariciaba suavemente las mejillas.

Elena estaba radiante. Se casaba en San Lorenzo, su querida parroquia de las chinches, que tan bien la había acogido en sus inicios.

Le parecía sencillamente perfecto. Hacía ya algún tiempo, el padre Andrés le había pedido perdón y había reconocido que se había equivocado con Prudencio.

«Hija mía, yo siempre hice lo que creí mejor para ti».

Ella le pidió que intercediera ante Carmen.

Quería que su hermana estuviera en la boda, que dejaran atrás el pasado y empezaran una nueva etapa, juntas.

Sí, el futuro por fin empezaba a parecerle un lugar amable y prometedor.

Al llegar al taller, Elena se lo contó todo a Julia, que no podía estar más contenta por su amiga.

—No puedo creer que en menos de un mes vayas a ser una mujer casada… ¡Hay que preparar un montón de cosas! Dos semanas pasan volando, ya te digo.

—Va a ser todo muy sencillo, no podemos permitirnos nada más. Estarán los padres de Sebastián, un amigo suyo, mi hermana y tú…, si quieres.

—¿Cómo no voy a querer? ¡Qué emoción! —Julia palmoteaba como una chiquilla, tan contenta se sentía.

—De San Lorenzo iremos a tomarnos un pavo con cava al Café de Fornos y poco más…, o ternera, ¡aún no lo sé!

— Beef steaks con pommes soufflées …

—¡Eso! Y felipes de postre.

—Mil veces mejores que cualquier tarta nupcial.

—¿Verdad? Me encantan esas tartaletas…

—El hojaldre es muy delicado y la crema, uf. Me las comería todas.

Las dos rieron imaginando el banquete en el entresuelo del café, rodeadas de los paisajes de Gomar, tan románticos. Con sus escalinatas repletas de rosas.

—Luego, pensamos ir a Gijón. A pasar un par de días…

—Digo yo que si te vas tan lejos por lo menos te pasarás una semana, ¿no?

—¡Aún tengo que preguntarle a mi jefa! ¡A ver si quiere darme esos días!

Siguieron riendo, pero en ese momento apareció un cliente a recoger un pedido y tuvieron que callarse.

Julia le entregó el paquete que había encargado y lo despachó enseguida.

En cuanto desapareció por la puerta abrazó a Elena.

Su ilusión por Konrad se había hecho pedazos, pero al menos una de las dos había sacado adelante su amor y se iba a casar con el hombre de su vida.

—Ahora me tengo que dar más prisa con mi traje. ¡Que tengo que usarlo en dos bodas! Mira, me pillas justo con todas las revistas de moda abiertas.

Aquella tarde no hicieron otra cosa que disfrutar de la noticia y mirar figurines.

Encontraron un modelo crema, discreto, que se podía adaptar a una novia en poco tiempo, de tipo chaqueta y falda.

Estaba abotonado hasta el cuello, entre corchetes y varillas que le daban forma, con un bonito dosel que caía suave desde el centro del pecho y se remetía en el cinturón, como una suave vela al viento.

Una pasamanería discreta completaba todo el adorno del atuendo en el cuello, la cintura y el pecho.

El conjunto tenía dos pequeños volantes que se elevaban con gracia en los hombros.

Dos alas para volar.