Capítulo 36 #2
—Señorita, ¿piensan terminar algún día esta mudanza suya? Porque cuando nos conocimos hace dos años ya se estaban mudando. ¡Y parece que no terminan nunca! Tienen impedido el portal día sí y día también. Es una molestia para los vecinos.
—No se preocupe, que en breve nos habremos ido.
—¿Irse? ¡Pero si hace nada que llegaron! ¿Tan pronto nos dejan?
—Así es. Nos trasladamos a la calle del Príncipe.
—Oh. Ya veo. Pues buena suerte entonces, que seguro que allí estarán muy bien.
—Saludos a su hijo y a su nuera —comentó Julia.
A Elena la simple mención de Eduardo le dio escalofríos y le trajo recuerdos de hacía un par de años.
—Y usted a su padre, felicítelo. ¡Seguro que hará muy feliz a su segunda mujer!
Las señoras salieron, dejando tras de sí aquel perfume excesivo. Julia sacó un paño de debajo del mostrador y lo pasó con fuerza por encima para limpiar la grasa de los mantecados.
—Te has puesto seria de repente —dijo Julia—. ¡Con lo contenta que venías de la calle! ¡Cuéntame qué te ha pasado!
La cara de Elena volvió a iluminarse como una verbena. Y mientras le contaba a Julia lo que le había sucedido hacía solo un rato, en el Retiro, la señora de Aldamonte terminaba de subir las escaleras y entraba en el piso de su hijo y su nuera.
—¿Tú sabías que los Loewe se marchaban de aquí? Se van de la casa y del taller… ¡A saber qué vecinos os caerán ahora!
Eduardo lo sospechaba desde hacía unos días, por el movimiento de los mozos en el portal. Con el traslado del taller, Elena se apartaría de su vista definitivamente. Pero antes de marcharse tendría que ir a reclamar algo que era suyo y que se le había caído la tarde en que lo había humillado.
En su mesilla de noche guardaba el alfiler con la cabeza de una perla, aún manchado en la punta con su sangre seca.
La cita había sido frente al Banco de España, de modo que Elena no pudiera sospechar nada. Había acudido nada más terminar sus clases, a las doce. Allí la esperaba un niño con su uniforme de las marchas militares, un tamborilero que ella sospechó que debía a Sebastián más de un favor.
—Acompáñeme, señorita —dijo, muy formal—. Yo seré su guía por este reino maravilloso.
—Sí, pero ¿hasta dónde? —Se puso en marcha, para seguirlo por la calle de Alcalá.
—¡Hasta el quinto pino!
Lejos de ser un lugar indeterminado, el quinto pino, todos los madrileños lo sabían, era el último de los pinos recién plantados en la calle de Alcalá.
Ese hasta el que las carabinas, las santas madres y las damas de compañía permitían llegar a los amantes en sus paseos, antes de irse cada uno para casa, en espera de que les llegase el día de la boda.
Y hasta allá se encaminaron, hasta la famosa puerta monumental.
Entraron al Retiro por la Puerta de la Independencia, desde cuyos altos pilares miraban a Elena los amorcillos. Allí, su pequeño guía desenrolló con ceremonia una pequeña alfombra que llevaba, para que la joven pasara como una auténtica reina. Remató el gesto con una reverencia.
—Majestad…
Elena pasó riéndose y negando con la cabeza.
Desde allí fueron hasta la Fuente de los Galápagos, donde otros cuatro amorcillos cabalgaban en delfines que hacían de surtidores. Allí la esperaba el pícnic: un pepito, barquillos, uvas, chocolate Suchard y limonada. «Especiales para la dama», dijo el chico.
—Vamos, vamos… ¡Métalo todo en la cesta que hay mucho más! —la apremió.
—¿Más?
Elena lo siguió como pudo, con la cesta colgada de un brazo e intentando no atragantarse con el primer bocadito de queso, que ya llevaba en la boca y no tirar la limonada.
La llevó hasta el borde del estanque, donde esperaban embarcados un violinista y un cello .
—Pero ¿y todo esto?
—Yo no sé nada. ¡No puedo decirle lo que no sé!
Elena subió a la barca y, ahora sí, pudo disfrutar de su comida mientras el muchacho remaba y los músicos interpretaban la Música nocturna de las calles de Madrid , de Boccherini, el pasacalles más alegre de la capital.
Los animosos músicos ladeaban los instrumentos y los punteaban con los dedos, como si fueran guitarras, dándoles un aire mucho más informal y divertido.
Luego, los volvían a su posición original, tocando con el arco para realzar la melodía.
Los patos se acercaban al bote a chapotear y, contra el cielo azul, se recortaban los cientos de árboles que rodeaban el estanque, en amarillos, dorados, encendidos naranjas y llameantes rojos.
Reflejaban la superficie del lago como un espejismo de acuarela donde se hubieran fundido fuego y agua.
Los demás visitantes disfrutaban de la estampa encantada e imaginaban que Elena debía de ser una aristócrata dando su paseo del mediodía.
Alcanzaron la orilla opuesta del estanque, se despidieron de los músicos y pasaron junto a los jardines y parterres, hasta alcanzar el Palacio de Cristal.
—Aquí es donde yo me despido, señorita.
El muchacho saludó, bajando la visera de su gorra, y desapa reció.
La dejó frente a aquella estructura de vidrio y nervaduras de acero que se había diseñado como un invernadero.
Todas las flores que el otoño había matado fuera, en aquel lugar seguían intactas.
Habían trasladado allí lo mejor del tesoro botánico madrileño: orquídeas en éxtasis, glicinias colgantes, rosas híbridas, tulipanes de Holanda.
Jacintos con pelucas de colores y narcisos que inclinaban la cabeza, como haciendo reverencias.
Eran flores propias de la primavera y no del otoño.
—Bueno… —Suspiró Elena, embriagada—. Ahora toca esperar. ¿Qué será todo esto?
—No voy a poder, Tomás. ¿Qué ha pasado? ¿Un año?
Sebastián se había ocultado tras una de las paredes del palacio, opaca gracias a que había unas palmeras.
—Un año y medio. Y tienes que hacerlo ya, que no aguanto más que me sigas atosigando con que Elena y Elena y más Elena…
—Una cosa es pasar unas tardes juntos y otra muy distinta es ser la mujer de un militar.
—Bastián, no me fastidies, ¿eh? Que llevo toda la tarde dando vueltas por el parque, viendo patos. ¡Me has hecho remar por cuatro! ¡No me dijiste que iba a haber dos tipos con armatostes apostados en la barca! Voy a tener agujetas un mes…
—Mira, no sé…
—Si no te decides tú, se lo pido yo. Que esto no se va a desperdiciar…
—¿Tú? ¡Pero si acabas de hacer la primera comunión!