La casa del hilo rojo Capítulo 36
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Capítulo 36

La excursión de la sierra terminó como era previsible: con Konrad y Georgina del brazo y haciendo planes para verse otra vez. Julia salió de golpe de su fantasía y se dio de bruces con la realidad. A sus ojos no era más que una chiquilla, la quinceañera hija de otro industrial expatriado. Poco más.

No dijo ni una palabra durante el camino de vuelta y, al llegar, lo pagó con Sofía, despachándola de malos modos. Se encerró en su cuarto y se negó a cenar.

En aquellos momentos le habría hecho falta una madre, pero no había ninguna a mano, por lo que le tocó penar y llorar sola sobre su colcha bordada de rosas. Se aferró a ella con los puños, como las heroínas del Romanticismo.

Debía empeñarse en borrar aquella pasión juvenil de su mente, ese amor platónico y absurdo, basado en la pura admiración. Solo podía esperar encontrárselos a ambos, Georgina y Konrad, en los bailes y fiestas de la comunidad alemana.

Aquella noche anheló de nuevo las cartas de Clara, sus palabras de consuelo, las que fueran. Su letra escrita, la presencia fantasmal en el hálito preservado por la tinta y el papel. Garabateó de nuevo a la tía Hinton, con el trazo frenético que tenía su letra gótica al escribir en alemán:

Querida tía:

Necesito las cartas de mi madre. Te pido nuevamente que me las envíes a la mayor brevedad. Es importante. Por favor, no envíes otra bicicleta.

Your affectionate niece,

Julia Loewe

Las letras de Clara solo eran migajas oscuras. No podían compararse al abrazo de una madre ante los momentos claves de una vida: la primera ilusión amorosa, la primera decepción, el primer desamor. Las diversas heridas de las que debía nacer una mujer.

¿Qué habría hecho Nellie Bly ante el desplante de un hombre? Tomar su maletín y poner miles de kilómetros de por medio.

Ella no podía irse, pero podía recorrer grandes distancias intelectuales y profesionales, porque era una Loewe y tenía los medios para ello.

Decidió que eso era lo que tenía que hacer: volcar su energía y centrar sus esfuerzos en el negocio familiar.

Ayudar a su padre en todo lo que pudiera, capitanear esa nueva parte del negocio más femenina que tan buenos resultados les estaba dando, una iniciativa que había surgido de ella misma.

No podía ni quería olvidarlo, pues se sentía muy orgullosa de ello.

Sí, eso haría. Tenía que dejarse de hombres y de amoríos que lo único que hacían era volverla frágil y prisionera de sus sentimientos.

Durante el año siguiente redobló sus esfuerzos en el taller, echó más horas que nunca tras el mostrador, se subió a la bici y visitó a multitud de clientas para mostrarles los bolsos y maletines que ella misma llevaba por la ciudad.

Y, por supuesto, retomó la ambición que nunca debió perder de vista: presentar los cueros de la familia hasta el mismo Palacio Real.

Y aquel empeño pasaba por plantarse en la calle del Príncipe, entre los grandes comercios y los teatros.

Su padre ya hacía tiempo que estaba reincorporado del todo a los negocios y seguían creciendo tanto que ya no necesitaba de su socio alemán. La ansiada independencia económica había llegado. Era el momento de crecer aún más.

Julia se embarcó en su segunda gran mudanza —decidieron cambiar de taller y de casa— en dos años y encargó dos enormes letreros que se colgaron en Príncipe, 39: para E.

Loewe solo hizo falta un balcón del primer piso; para FÁbrICA DE ARTÍCULOS DE PIEL hicieron falta tres del segundo.

Habían llegado a lo grande, dispuestos a darle al pretencioso de Florencio Rivas en todas las narices.

Ampliaron la plantilla a veinticuatro operarios, dos cortadores, un mozo y tres obreras, entre las que se encontrarían Elena, su rematadora y una nueva mujer dedicada a darle al pedal de la primera y flamante Singer que instalaron, una cosedora negra con flores de oro, sobre una mesa de caoba brillante que daba gusto mirar.

Iba montada sobre un pie de hierro fundido, que lucía en los laterales el imponente logotipo de SINGER MFG CO.

Julia se volcó tanto en la mudanza y la organizó con tanta diligencia y premura que mandó a embalar cosas que todavía no estaban abiertas de la mudanza anterior.

Lo movilizó todo con una determinación alpina, sin descuidar sus estudios en la Asociación, dispuesta a superar su último año de Comercio.

Además, acudía de vez en cuando al Salón Montano, a probar los últimos instrumentos de la fábrica de piano contigua, y allí se soltaba con Bach y Liszt bajo los frescos de los hermanos Zuloaga.

Heinrich, animado por la expansión de su propia fábrica, decidió extenderla también a la familia y formalizar su relación con Sofía. Por ello, una tarde llamó a su hija al despacho. Julia entró, con los cabellos alborotados tras el paseo en bicicleta desde la Asociación hasta casa.

—Julia, Julia, no sabes cuánto me admiran la fuerza y la energía que dedicas cada día a todas tus actividades. Estoy tan satisfecho por todo lo que me estás ayudando… Tu madre estaría muy feliz de verte así, tan llena de vida y de proyectos.

—La verdad es que me faltan horas para tantas cosas, pero eso me hace sentir bien. Lo hago por ti, por Enrique, por mamá…

Julia intuía que su padre le quería hablar de su relación con Sofía, pues hacía ya mucho que había pasado a otro nivel.

El recuerdo de su madre pesaba, cómo no iba a hacerlo, y su presencia y su legado de amor siempre estarían entre ellos, pero ya había aceptado que su padre necesitaba volver a ser feliz.

Y, después de todo, Sofía era una buena mujer, que cuidaba de Enrique como una segunda madre.

—Hija, no sé cómo abordar esto, no quisiera que pensaras que trato de sustituir a tu madre, pero…

—Papá, habla sin rodeos. Intuyo por dónde vas, tengo ojos en la cara. —Le dedicó a su padre una sonrisa acogedora.

—Uf, menos mal, me quitas un peso de encima.

Porque he tomado la decisión de casarme con Sofía, de continuar nuestra vida familiar junto a ella.

Siempre estará mi querida Clara…, pero debo mirar hacia el futuro.

Pensar en Enrique, que la quiere mucho, y también en mí, porque junto a ella he recuperado las ganas de seguir.

—Felicidades, papá, de corazón.

Padre e hija se miraron con un cariño inmenso y se fundieron en un abrazo.

Apenas faltaban unas semanas para la boda y la mudanza ya estaba casi terminada.

Julia se encontró pasando la tarde del lunes 31 de octubre, víspera de Todos los Santos, en Ave María y sin clientela a la vista.

Muchos madrileños habían huido de la ciudad para acudir a los cementerios de toda España, a fregar y cepillar tumbas, podar malas hierbas, llevar flores y rezar rosarios.

La propia capital era un cementerio, de tan vacía que estaba.

Se puso a hojear un ejemplar de La Última Moda , que salía los domingos, con sus figurines de acuarelas a color.

¿Qué debía ponerse para el enlace de su padre?

El traje de Sofía estaba encargado en Baviera desde antes del verano, en el taller que le hacía los vestidos a la mismísima familia de Sissi, en Múnich…

, pero ¿y ella? ¿Qué tenía que llevar una hijastra?

Porque era obvio que su padre también se casaba, pero en las ceremonias el centro de atención era la novia y todo giraba alrededor de ella.

Así que su título de hijastra pesaba mucho más que el de hija.

Ahora Sofía sería oficialmente la primera mujer de la casa y Julia debería plegarse a sus ordenanzas.

Volver a un segundo plano hasta que ella misma tuviera casa propia, lo cual, visto lo visto, no iba a suceder a corto plazo.

¡A saber! Lo mismo ni llegaba a casarse nunca y tendría que estar bajo el gobierno de Sofía toda la vida, ahora que la había adelantado en la jerarquía doméstica.

Apretó los dientes solo de pensarlo. Si por lo menos le hubiera salido lo de los conciertos sería una mujer nómada, libre.

Una viajera. Como su adorada Nellie Bly.

Suspiró. Quizá su ilusión secreta por Konrad había sido solo eso: una puerta de salida.

La posibilidad de ser Clara, de ocupar su lugar en el ciclo de la vida, en otro lugar, con otro Heinrich, otro industrial.

Una huida para hacerse mujer rápido y conseguir un refugio propio, antes de que Sofía se lo quedara todo.

Por supuesto que lo entendía y lo aceptaba, tal y como le había dicho a su padre, pero…

Volvió a centrarse en la indumentaria que le gustaría lucir. Bajo la cabecera modernista de La Última Moda , con sus angelotes mirándose al espejo, había un traje casi a toda página que le gustaba mucho.

A ella le gustaban los trajes de paño inglés, pero, claro, con eso no podía ir a ninguna boda.

Tendría que hablar con la modista. En la columna izquierda, Blanca Valmont, su cronista favorita, le daba algunas pistas sobre la última boda de postín: «La señorita de honor, una morena muy graciosa, vestía un traje de seda blanca ondina, un tejido con cenefa ondulada; mangas y cinturón Imperio de terciopelo albaricoque, y berta de encaje Renacimiento crudo y oro». Estilo imperio. Demasiado francés…

En ese momento entraba Elena por la puerta. Tras sus horas de clases y de almuerzo, se incorporaba al taller hasta la noche. Una sonrisa de oreja a oreja le iluminaba la cara.

—¿Qué pasa? ¿Es que te han hecho propietaria del Banco de España? —bromeó Julia.

—No te vas a creer lo que me acaba de pasar…

Entonces entró la señora de Aldamonte, la abuela de Angelito, acompañada de otra anciana envuelta en pieles y oliendo a un perfume tan intenso que parecía que hubieran exprimido todos los tipos de flores juntas.

Sin preguntar, ambas dejaron sobre el mostrador unos mantecados de Astorga, comprados en el obrador bendecido por Pío IX.