Capítulo 35 #2
—Pues nada, decidido —dijo Coppel, que se quitó el jersey de golpe y empezó a bajarse los tirantes.
—Bueno, bueno, pero espera que nos alejemos un poco, ¿no?
Sofía ya había tomado la delantera, arrastrando de la mano a Julia, que echaba miradas hacia atrás.
Georgina se había cubierto los ojos y avanzaba medio ciega.
Luisa iba riéndose como si acabara de culminar una travesura y Konrad estaba allí parado, sin acabar de creerse lo que acababa de pasar. ¿De verdad iban a hacerlo?
Para cuando las señoras estuvieron fuera de la vista, Coppel ya estaba completamente desnudo y recibiendo los chorros de agua helada sobre el cuerpo.
—Deliciosa… Una maravilla.
Konrad decidió que no podía dejarlo solo.
A pocos metros, las señoras instalaron su campamento. En la mochila Luisa había metido un amplio mantel de pícnic con servilletas de tela a juego, bocaditos de pasta de salmón y salchichas de Fráncfort.
—¡Has traído la ensalada de sauerkraut ! —exclamó Georgina emocionada—. ¿Usaste la receta de mamá?
—Dos semanas llevo con la col reposando. ¡Para que tú la probaras!
—La pasta de salmón está deliciosa —se relamió Sofía, que ya había tomado el primer bocadillo—. Como para venderla y todo.
—Pues no te creas, que he hablado con la señora Knappe…
—¿El de la electricidad?
—La misma. Y con otras señoras, y hemos pensado: ¿no sería maravilloso tener un sitio donde poder reunirnos todos? ¿Donde puedan ir los hombres después del trabajo y el gimnasio, y podamos pedir las mismas cosas que comíamos en casa?
—Sí, porque las fiestas están muy bien, pero son de uvas a peras…
—Podríamos importar los mejores embutidos. Y los hombres tendrían su cerveza.
—Y pondremos una chimenea prusiana —soñó Sofía en voz alta—. Y un gran espejo bávaro, que traeremos de allí.
— Ich glaub mein Schwein pfeift —susurró Georgina divertida.
—Así que tu cerdo silba —protestó Luisa—.
Y las vacas vuelan. Pues, aunque no te lo creas, yo lo voy a hacer posible.
Solo tenemos que comerle un poco la oreja a los maridos.
Cervecería alemana —dibujó el rótulo en el aire con la mano—, la mejor cerveza de Madrid. No va a hacer falta ni convencerlos.
—Comed, porque está todo delicioso —insistió Sofía.
—¡Ni que se fuera a enfriar!
Todas rieron y empezaron a comer, pero en cuanto se hizo el silencio volvió a colarse el pensamiento de que, a pocos metros, tenían a dos hombretones desnudos. Y que uno de ellos, además, seguía soltero.
—Yo solo quiero para Alemania un lugar bajo el sol. Igual que lo quiere el káiser. Igual que lo quería Bismarck.
Hacía un rato que ambos se habían secado y vestido. Ya habían abierto sus primeras cervezas. «Dejemos que las mujeres hablen tranquilas de sus cosas y tratemos nosotros los asuntos serios», había dicho Coppel.
—Bismarck ya es pasado. Pero yo no entiendo de política. Solo entiendo de trabajo. Y de lúpulo y malta. Soy químico, nada más —intervino Konrad.
—Y yo soy relojero. Pero ante todo soy alemán. Un patriota. Y sé que Alemania, con nuestra potencia y nuestro desarrollo, debe seguir creciendo, expandiéndose. De lo contrario, se volverá débil y morirá.
—Mira a tu alrededor, Karl. Ya estamos creciendo. ¡Madrid está lleno de alemanes! Krupp es la mayor empresa de Europa. ¡Somos mejores incluso que los británicos!
—Por eso precisamente. ¿No lo entiendes? La máquina está en marcha. Pero si no la alimentamos, colapsará.
Konrad se pasó la mano por la cara. «Un lugar bajo el sol».
Es verdad que Alemania estaba hinchada, tenía superávit en todo, exceso de población, desarrollo, potencia…
Conquistaba mercados, tenía empresas internacionales, industriales y comerciantes que regaban todo el continente y trazaban sus rutas como arterias, sacando tecnología a espuertas y haciéndose con cualquier nicho y oportunidad que veían.
Todos en la colonia alemana participaban de aquello.
Eran los embajadores de una Alemania prometeica, que llevaba el desarrollo al mundo.
Pero la maquinaria también exigía y devoraba.
Los mineros acababan de montar una gran huelga.
Había que asegurar las materias primas de África.
La Alemania industrial necesitaba de un aparato colonial suficiente, que la ayudara a soportarse.
Los alemanes se habían vuelto tan ricos que ya no querían hacer trabajos duros, las huelgas de los mineros eran cada vez mayores.
Y como imperio tenían grandes enemigos y pocos aliados.
—Una Alemania grande por dentro tiene que serlo también fuera, más allá de sus fronteras —insistió vehemente Coppel—. ¡Ahora estamos muy descompensados!
Konrad lo miró, preocupado. Le brillaban los ojos de pasión nacionalista.
Aquel hombre capaz de escalar montañas y de emprender los desafíos más brutales encarnaba a la perfección la nueva deriva del país: más industria pesada, muchas más armas, la gran Marina Imperial, que los británicos veían con el mayor de los recelos.
—Yo no puedo ayudarte, Karl. No puedo hacer eso que me pides.
—Alemania te necesita. Nos necesita a todos. Trabajas en el entorno de la cerveza, mein Gott , que es donde a la gente se le suelta más la lengua.
—Aún sigo pagando las deudas de mi familia, allá en casa. Me paso el día entero metido en la fábrica, haciendo cocciones. Yo no tengo acceso a nadie…
—¿Y Alfredo Mahou?
—No es más que un fotógrafo aficionado que se pasa el día con la cámara, disparando a cualquiera que quiera posar. Créeme, a Alfonso le da igual la política.
—Le entiendo.
Coppel suspiró, forzó una sonrisa y le dio a Konrad unos golpecitos en la espalda.
—Hay que estar atento, porque España es la puerta de entrada a África. Puede que ahora no parezca importante, pero quizá en un futuro… Ya te avisaré cuando hagas falta.
Se incorporó y se dirigió hacia las señoras, peinándose hacia atrás y atusándose el bigote. Sonriendo y llamándolas, como si acabara de salir del agua y todas las palabras cruzadas con Konrad, esas palabras secretas, no hubieran existido nunca.
«No soy un espía», pensó el maestro cervecero. Pero no iba a ser fácil librarse de Coppel y su «deber para con la patria».