Capítulo 35
El interior de España es muy montañoso. En el centro hay una gran meseta llamada meseta central que tiene por límites por el N la cordillera Cantábrica, por el S la Mariánica, por el E los montes Ibéricos y por el O Portugal.
Julia Loewe
Durante las siete páginas que rellenó en el examen de Geografía Comercial de aquel año, describiendo los montes, cordilleras y llanuras de España, Julia no pudo quitarse de la cabeza a Konrad y sus paseos por la sierra.
Parecía que subir hasta allí era la única forma de encontrarse con él fuera de la fábrica.
Eran varios los alemanes que, como él, acudían a la montaña para hacerse a la idea de que aún seguían en Alemania. Las gentes y las ciudades son distintas, pero las montañas se parecen todas mucho.
No había ningún club ni asociación aún en España que permitiera esos encuentros. Los alemanes acudían a la sierra dispersos y desorganizados… ¿Cómo encontrar una excusa para verse?
A Julia le costó varias semanas de insistir y de rogar, pero finalmente Sofía, con la que estaba aprendiendo a llevarse mejor, logró organizar una excursión por la sierra del Guadarrama. Solo tenía que hablar con el hombre correcto que, como todo el mundo sabía, era Carlos Coppel.
Coppel llevaba ya doce años en España y tenía dos pasiones: los relojes y el sport .
Los primeros eran su medio de vida, ya que había estudiado Micromecánica, y sus ojos, tan azules como un glaciar en verano, estaban entrenados para mirar en las entrañas de cualquier mecanismo.
Como no había en España ojos como los suyos en aquella época y llevaba consigo el prestigio de la ingeniería alemana, enseguida sus relojes se convirtieron en los de más fama de Madrid.
Coppel había llegado de Alemania y había abierto su primera tienda hacía solo cuatro años, en el número 25 de Fuencarral, un establecimiento que podía considerarse asimismo un museo del reloj.
Decían que en sus escaparates y vitrinas se exponían no menos de cuatro mil, de todos los tamaños.
Puso a un suizo a trabajar en la parte de atrás de la fábrica mientras él llevaba las riendas del negocio y pronto no hubo institución, empresa o particular que no quisiera tener un Coppel para que les dictara las horas.
«Recoge de sus parroquianos cualquier reloj que ande mal, sin discutir su deterioro y sin atender el estado de uso en que se halle».
En el monte gozaba de su vertiente más física, de reto y de conquista.
Nada que ver con el grupillo de filósofos de la Institución Libre de Enseñanza, siempre con sus aires bucólicos…
, escribiendo y dándole vueltas a los beneficios morales de estar al aire libre.
Nada que ver tampoco con los raritos del Museo de Ciencias Naturales, con sus cazamariposas, sus frascos para recoger bichos y sus herbarios a cuestas.
Coppel y los suyos eran de otra pasta e iban a la montaña por deporte: a sudar, a trepar, a agotarse y a llegar hasta la cima.
Resoplaban por los caminos, calculaban los refugios, uno, dos, uno, dos.
Les daban igual los pinos, el aire puro o si Dios estaba o no estaba.
Lo importante era el esfuerzo, volver derrengado de la hazaña.
Iban a conquistar el monte. Era el triunfo sobre la pereza y la desidia. Un acto de poder.
Así que Sofía había conspirado de la única manera en que aquello era posible: a través de la esposa de Coppel, Luisa.
Se había organizado una marcha mixta, de hombres y mujeres, más liviana y llevadera que las habituales.
Konrad Stauffer era un montañero solitario, pero otras veces ya se había unido a Coppel, por lo que no fue difícil reclutarlo para la ocasión.
Sofía y Julia se equiparon bien con sus ropas de excursionistas, las mismas de montar en bici: lana por todas partes.
Culottes ligeros de lana, corsés revestidos de lana, polainas de lana, medias de lana.
Pantalones bombachos de sastrería inglesa, que costaban una libra al cambio, con sus refuerzos de piel en la entrepierna y las hebillas apretadas bajo la rodilla.
El traje de Julia se remataba con una chaqueta de tweed Harris y el de Sofía, de frieze irlandés.
Además, llevaban manoplas inglesas, pero enseguida se dieron cuenta de que, con el buen tiempo que hacía, no las iban a necesitar.
Tomaron sus mochilas y se bajaron del carruaje en las dehesas de Cercedilla, dispuestas a disfrutar del día de campo.
Konrad fue el primero en llegar y a Julia se le iluminó la cara.
—¡Qué bien que haya podido acudir! —dijo ella—. Con el lío de la fábrica pensé que no lo conseguiría…
—He traído un par de cervezas para luego, cuando hagamos cima.
—Oh. Es fantástico. Nosotras traemos nuestras petacas, ¿verdad, Sofía? Están hechas en la fábrica de mi padre…
En ese momento apareció Coppel, acompañado de dos mujeres.
—Espero que no lleven mucho esperando… Esta es mi esposa, Luisa. Y esta es mi cuñada, Georgina. Esa Georgina de la que te hablé.
Se había dirigido a Konrad y, tras ayudar a descender a su cuñada del carruaje, había depositado prácticamente su mano en la de él, como si pusiera las garritas de un gorrión ante un dedo, esperando que apareciera el reflejo de agarrarse. El gorrión dio el paso de inmediato.
A Julia se le cayó el alma a los pies al ver las sonrisas y miradas de ambos.
El resto de la excursión no se despegaron. A ella, que iba unos metros por detrás, le llegaban retazos de su conversación. Ambos habían vivido siempre en Alemania y estaban solteros y disponibles, en edad casadera.
Julia avanzó por la ruta como por las paradas del Gólgota. Fue penoso avanzar con los botines por la calzada romana de la Fuenfría, golpeando con sus bastones la piedra gris, brillante por la llovizna. Sintiendo el peso de la humillación de sus sentimientos, que ella misma había provocado.
Los altos pinos eran testigos de su estado mudo y miserable.
No veía la hora de que aquel horror terminara.
Hasta sus propios celos le daban rabia. «¿Cuánto queda?
», le preguntó mil veces a Sofía, que tuvo que soportar su mal humor.
Si hubiera tenido el piano cerca, lo habría machacado, por la pasión resentida.
¿Cómo había podido ser tan estúpida? No era más que una jovencita fantasiosa e ingenua.
Cuarenta y cinco minutos infames que le supieron como cuarenta y cinco años, como si ya hubiera vivido todo que lo que tenía que vivir y no quisiera volver a saber nada del amor.
—Karl me ha dicho que vamos a ver un sitio precioso —dijo Luisa.
—¿Karl? Creía que ahora solo eras Carlos… —le dijo Konrad al relojero.
—Entre nosotros aún puedo ser Karl, pero lo suyo es que pase a ser Carlos definitivamente.
Lo contrario no es bueno para el negocio.
Me voy a cambiar hasta el segundo apellido y todo —contestó Carlos con una sonrisa de complicidad—.
¡Y tú deberías dejarte de tanto Konrad y empezar a llamarte Conrado! ¡Allá donde fueres, haz lo que vieres!
—Ay, Carlos —se quejó Georgina—. ¿Falta mucho? De verdad que estoy agotada ya. Se me doblan los tobillos. Si me hago un esguince, ¿quién me va a cargar? ¿Konrad?
Carlos se encogió de hombros, sonriendo de oreja a oreja. Parecía que la intuición de su mujer era correcta. Lo mismo salía de allí un matrimonio y todo… Nada le hacía más ilusión que incorporar al maestro cervecero a la familia. Botellas de Mahou gratis todas las semanas.
—Yo la ayudo a caminar, no se vaya a caer.
Konrad se inclinó para que la dama recién llegada de Alemania no sufriera en su primera salida por los montes madrileños. Julia se mordió los labios por dentro.
—Además, vais tan deprisa que no se puede ni disfrutar el paisaje —se quejó ella—. Hay que estar mirando al suelo para no dar un traspié. ¡Así no se puede!
—¿Queda mucho aún? —preguntó Julia, que ya no ocultaba su molestia.
—A ver —dijo Coppel—. Escuchad un momento.
Todos se detuvieron y aguzaron el oído.
—No oigo nada —dijo Sofía.
—Es el agua —dijo Konrad.
—Una cascada —intuyó Julia.
—Sí, pero no una cualquiera —advirtió Coppel.
Siguieron avanzando, con un estruendo cada vez más nítido, hasta que entre los árboles tapizados de musgo se abrió el salto de dos metros de la Navazuela.
El caudal era generoso después de las lluvias.
Se despeñaba por entre inmensas piedras flanqueadas de helechos, que se proyectaban hacia delante como formando una cueva.
—El Chorro del Árbol Viejo. —Coppel señaló el tejo.
—Así que este es vuestro lugar secreto —bromeó Luisa—. Donde no pueden acudir mujeres.
—¿Y eso por qué? —preguntó Julia a Konrad.
Él desvió la mirada, avergonzado. Ella nunca le había visto tan nervioso. Luisa acudió al rescate.
—Para que los ojos de las damas no vean lo que no deben.
—En los días de calor nos refrescamos aquí —zanjó Coppel.
—Se refiere a que se duchan —aclaró Luisa, con intención—. Y no precisamente vestidos.
— Oh, mein Gott! —exclamó Georgina escandalizada.
Julia sintió un cosquilleo al imaginar la escena.
—Hay días aquí en España que son insoportables de calor —se justificó Coppel.
Konrad seguía callado, sin saber dónde meterse.
—Como hoy, por ejemplo —le pinchó Luisa.
Sofía se cubrió la boca con la mano. Pero ¿qué sugerencias indecorosas estaba haciendo aquella mujer? ¿No iría a pensar que…? No, no podía plantear algo tan descabellado e inapropiado. Como institutriz, miró a Julia y se preparó para taparle los ojos con las dos manos.
—Pues sí, mira por dónde —contraatacó Coppel. Aquello ya parecía un asunto personal del matrimonio—. Estoy sudando a mares. Me vendría muy bien un remojón.
Luisa sonrió con descaro, disfrutando de las caras desencajadas de Sofía y Georgina. Julia se había cruzado de brazos y esperaba.
—¿Por qué no nos retiramos las damas y yo a preparar el aperitivo en aquel claro de allí? Vosotros os dais el baño tranquilamente, y luego venís. Al fin y al cabo, ¿quién no desea compartir comida con dos caballeros limpios y aseados?