La casa del hilo rojo Capítulo 34
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Capítulo 34

En el cuarto de la pensión, Elena se preparaba para su encuentro con Sebastián. Había cepillado a conciencia uno de sus dos trajes de diario. No tenía ropa para salir porque, ¿adónde iba a ir, de todas formas? Necesitaba su dinero para otras cosas.

Se lo abotonó hasta arriba, se acomodó el pelo en un recogido, se prendió su alfiler de perla y se miró al espejo.

Sebastián iba a notar que era el mismo traje, estaba claro.

No tenía nada con que sorprenderle, aunque lo importante era que se habían reencontrado después de tantos meses.

Habían vuelto a hablar y habían aclarado los malentendidos.

¿Qué habría pasado con sus cartas? Lo sospechaba, era más que evidente, pero decidió apartar esos pensamientos de su cabeza para evitar que le amargaran la tarde.

Cuando abrió la puerta, dispuesta a salir, se encontró con un recadero que estaba en el umbral y que casi se cae de bruces. En el otro brazo llevaba un bulto envuelto en una sábana.

—¿La señorita Elena?

—Soy yo.

—Me envía la señorita Julia Loewe, de Ave María. Con una nota.

—¿A ver?

Es de Sofía. Espero que te quede bien. El recadero es ayudante de sastre.

—Tengo instrucciones de quedarme con usted… y ajustárselo —dijo.

Elena, llena de emoción, lo llevó hasta la cama y desplegó la sábana en horizontal. La seda del traje fue lo primero que le sorprendió al tacto: los dedos se le escurrían por encima de la tela, de tan sensual y fina que era.

El diseño era elegante, pero no exagerado, adecuado para un paseo de tarde.

Un traje con levita juvenil, de un color crema exquisito.

Uno de esos colores claros que había visto en el hipódromo, entre las mujeres de la alta burguesía y las aristócratas.

Tan distintos a los colores oscuros de la clase trabajadora.

Se cerraba por delante con una botonadura que lo recorría de arriba abajo, acompañada de volantes en toda la vertical.

También tenía volantes en cuello, puños y el remate de la falda y la levita.

Y esta última era la que acumulaba la cola, el distintivo imprescindible de elegancia.

—Y viene con esto —dijo el recadero.

Le tendió una sombrilla de puntillas a juego, perfecta para pasear por los alrededores de un palacio.

—Yo creo que le va a quedar perfecto —remató—. Ni siquiera voy a hacerle falta.

Sebastián prefirió esperar bajo los árboles que había junto al quiosco y la parada del tranvía, la última de la línea 8, que venía desde la Bombilla. El corazón se le encogía como si un niño lo estuviera estrujando en su puño.

Al fin, tras uno de aquellos cortinajes blancos que se desplegaban para evitar el sol, apareció Elena, luminosa y sonriente.

De entre las telas que se agitaban como velas de mar, surgió aquel traje crema resplandeciente lleno de volantes.

Sebastián quedó deslumbrado y le ofreció el brazo, como ya llevaba un buen rato ensayando.

Él de uniforme y ella de dama, parecían dos figurines de una revista de moda cuando cruzaron las puertas del palacio.

—Pero si aquí no hay de nada, ¿es que no se han enterado? ¡Ay, madre mía, que la gente lee cada vez menos!

Sebastián y Elena se miraron, desconcertados ante las palabras del portero. ¿Cómo que no había nada? ¿Dónde estaban los cuadros y las esculturas? Miraron a su alrededor: aquello pare cía un hangar vacío.

—Mucho postín, mucho traje, pero no leen ni periódicos ni revistas ni nada. Si les interesa el arte, lo disimulan muy bien.

Ambos se miraron con cara de circunstancias porque el arte, en realidad, les interesaba bien poco a los dos.

Solo habían ido allí porque les recordaba a su primer encuentro.

Porque había coincidido que estaba al lado del hipódromo.

¡Y ahora les iba a arruinar la cita! Sebastián decidió dar un paso al frente.

—Si no están aquí las obras…, ¿dónde las han metido?

—Si quieren verlas, tendrán que coger un tren. ¡A Barcelona, nada menos!

—¿Qué dice? —Elena no podía creerlo.

—¿Y aquí no queda nada? —imploró Sebastián, desesperado por salvar la ocasión.

—Nada. Alguna estatua suelta que aún no han venido a buscar, porque pesan una tonelada. Ay, amigo, el saber ocupa lugar… y el arte ocupa mucho lugar, que bien lo sé yo, que he ayudado con todas las mudanzas. Lamento no poder darles mejores noticias.

—¿Y podríamos ver el palacio por dentro? —improvisó Sebastián, que se acercó al hombre—. Verá, es nuestro aniversario. Y se lo había prometido a mi mujer…

Lo dijo en susurros, pero Elena lo oyó perfectamente y le faltó el aire ante la insinuación.

—Claro, hombre, no se preocupe. Les diría que no toquen nada, pero es que tampoco hay nada que tocar. Pasen y vean, que al menos la arquitectura sí que merece la pena.

Caminaron como dos fantasmas por lo que había sido, hacía apenas un año, un hospital de campaña.

Ahora tenían el palacio para ellos solos.

Elena tuvo la misma impresión imponente que cuando llegó a Madrid, a la estación de Delicias: era todo hierro y cristaleras que permitían el paso de la luz de mayo.

Un ejemplo perfecto de la arquitectura industrial que marcaba las líneas de los palacios, invernaderos y estaciones de toda Europa.

Naves largas de piedra, techos altos, grandes ventanales y bóvedas ner vadas como las alas de un insecto.

Solo se escuchaba un silencio solemne y el sonido de las botas de Sebastián y los botines de Elena, retumbando en un espacio enorme que estaba desierto.

Finalmente llegaron a la cúpula, tan grande que superaba a la de la catedral de la Almudena.

Un octágono gigante, con un aire eclesiástico, rodeado de ventanales que vertían toda su luz sobre una única escultura.

El beso de Judas , de Antonio Susillo, había sido una de las obras principales de aquella exposición de 1890 que se había organizado con prisas y encono, como si fuera imprescindible, tras tanta epidemia y tantos muertos, recuperar cuanto antes la normalidad.

—¿Qué te parece? —preguntó Sebastián.

—Pues la postura me parece algo extraña.

—¿Y eso?

—La de Judas. Cómo abraza a Jesús. Tiene el pie derecho adelantado, en lugar del izquierdo, pero luego se retuerce para poder ponerle la mano en el pecho… Es como antinatural.

—Ajá. Bueno, vamos a ver… —Se colocó junto a ella—. Relaja los brazos, como si fueras el Cristo.

Elena se mantuvo muy quieta y recta, con los brazos caídos a ambos lados. Sebastián, por su parte, colocó los pies igual que Judas y se inclinó levemente sobre ella, situando un brazo a su espalda y la mano derecha sobre su pecho, a la altura del corazón.

—Ya entiendo por qué la mano de la estatua está precisamente aquí.

Se miraron con la debilidad y la fascinación de quienes saben muy bien que se están enamorando.

—Puedo notarlo. Los latidos…

Elena calló porque para entonces el deseo no la dejaba respirar.

—Falta ver si el beso sería posible… desde esta posición.

Elena cerró los ojos y sintió los labios de él rozando levemente su mejilla. Un beso suave en el pómulo, luego otro, algo más abajo. Finalmente le giró con cuidado la barbilla y la besó en los labios.

Fue apenas un contacto. Sonrió con el rostro aún muy cercano al de ella.

—Parece que no era tan antinatural, sino más bien muy natural… ¿No crees?

—El artista tenía razón.

Y siguieron besándose, con delicadeza, un rato más.

Se separaron con una sonrisa y vieron en la pared un solo cuadro, que todavía no se habían llevado.

El Boulevard de París , de Joaquín Sorolla.

Tenían un Sorolla para contemplarlo ellos solos.

En el cuadro, los parisinos estaban sentados en las terrazas de los cafés, al atardecer, con el propio pintor entre ellos.

—¡Qué hambre! —exclamó Sebastián—. ¿Nos vamos a merendar?

Ofreció el brazo a Elena y recorrieron el palacio, camino de la puerta, donde estaba el portero.

—Espero que usted y su mujer se lo hayan pasado bien, que los he visto muy acaramelados por el fondo… Como debe ser. Feliz aniversario —les dijo, guiñándoles un ojo.

Lo que Sebastián y Elena no sabían era que serían los últimos en ver el cuadro de Sorolla, pues este desaparecería aquella misma noche y se creería perdido durante más de un siglo.