Capítulo 33
La alumna Doña Elena Borrallo ha dejado de asistir a las clases de la Escuela Preparatoria.
Lo que, en cumplimiento de disposiciones sobre el régimen de nuestras escuelas, participo a V.
expresando a la vez el deseo de que la falta no esté originada en causa desagradable y el ruego de que se sirva manifestarla si consiste en obstáculo que este centro pueda contribuir a remover, lo que hará con satisfacción.
Dios guarde a V. muchos años.
La Secretaria
Solo había perdido un par de días de clases, pero Julia había tenido que acompañar a Elena a la secretaría para justificarle las faltas de asistencia. Era a ella a quien le llegaban los avisos, por ser quien abonaba las quince pesetas mensuales de matrícula.
Mientras esperaban a que las atendieran, Julia no sabía muy bien cómo sacar el tema del viaje a Extremadura.
Desde su vuelta, Elena apenas había hablado.
Estaba ausente en el taller y respondía apenas con monosílabos.
No se quedaba a charlar después de la jornada y se iba directamente a la pensión.
Se estaba acercando el verano y Madrid entero bullía de ganas de bailar, comer, enamorarse y vivir…
, pero Elena parecía ajena por completo a las alegrías de la estación.
Con la mirada ausente, parecía apenas sobrevivir a los días.
—¿Pudiste visitar a tu familia? ¿Estaban todos bien?
—Mi padre falleció.
Julia solo asintió y no dijo nada. Recordó su encontronazo con Prudencio y, desde luego, no lamentó su muerte. Tan solo tomó de la mano a Elena. A veces el silencio era mejor que las palabras.
Elena se había puesto unos pendientes de luto, poco más.
Llevaba uno de sus dos vestidos de trabajo de siempre, de color castaño.
Su pensamiento volvía una y otra vez al pueblo.
Todo había sido tan distinto de lo esperado…
¿Por qué había pensado que todo seguiría en el punto en que lo dejó al marcharse, como congelado en el tiempo?
¿Que la vida no seguiría su propio curso?
Se había preparado para enfrentarse a Prudencio, pero no a la propia Carmen. Había sido una ilusa.
Mientras Elena se perdía en sus recuerdos, Julia tenía otro pensamiento rondándole. Konrad. No sabía cómo preguntar por él sin hacerlo directamente.
—Menos mal que no tuviste que viajar sola…
—Sí.
—Y la negociación, ¿cómo fue?
—Pusieron excusas. Pero el señor Konrad les dio lo que querían…
—¡Señorita Borrallo! —la llamó la secretaria.
Tras aclarar en el despacho las faltas de asistencia, ambas tuvieron que separarse: Julia asistió a su última clase de Comercio antes de los exámenes y Elena acudió a la Preparatoria, que solo descansaba en julio.
Elena entró en el aula, que siempre estaba a rebosar de chicas.
El reglamento exigía que estuvieran en sus puestos diez minutos antes de la lección, y ella llegaba con retraso por culpa de la secretaria.
Ya estaban todas muy rectas en sus sillas, frente a los pupitres.
Al estar muchas de las plazas subvencionadas por el Ayuntamiento, se alineaban frente a las mesas tanto muchachas burguesas como humildes.
La hija del industrial y la de la criada.
Muchas estaban ahora recuperando el tiempo perdido.
Al llegar frente a su pupitre, Elena se dio cuenta de que no tenía silla.
—Se ha roto una —le aclaró una compañera—. Ya no quedan.
—¿Y qué hago?
—Pues tendrás que dar la clase de pie —dijo otra.
Tuvo que salir corriendo del aula e ir a por una de las sillas antiguas, con el respaldo tan bajo que era apenas dos dedos de madera, de cuando había que acomodar el polisón de los vestidos. Se pasó toda la clase sin poder recostar la espalda.
Las clases de ese día se le hicieron eternas y cuando llegó la hora de entrar en el taller, en Ave María, se sentía devastada, apalizada por el viaje y las clases, ojerosa y con ganas de llorar.
Julia ya estaba tras el mostrador, atendiendo a un cliente muy alto y de uniforme.
—Sí, me acuerdo bien de la oferta que les hicimos hace unos meses, para su cuartel… Tendría que revisar precios y calidades, pero todo sigue en pie.
—Las muestras las trajo Elena, una de sus trabajadoras.
—Pues mire, por la puerta asoma. Seguro que ella puede atenderle mucho mejor que yo.
Sebastián se volvió y Elena se lo encontró frente a frente.
Hacía más de seis meses que no se veían.
Ahora ella no llevaba la falda ni el delantal, sino un traje sobrio abotonado hasta el cuello y con entablillados bien planchados.
Y en su mano no había un trapo, sino una cartera con sus ejercicios de la escuela.
Julia se marchó a la parte de atrás, donde el taller, y Elena ocupó su sitio tras el mostrador. Le atendió como a cualquier otro cliente, mostrando con paciencia los distintos tipos de pieles y explicando los curtidos, el proceso, las costuras…
Intentó que su tono fuera lo más neutral posible y evitó mirar a Sebastián a los ojos.
Mantuvo la mirada fija en las piezas, las tablas de precios y los muestrarios.
Sus dedos recorrieron las costuras y el perfil de los estuches, el cierre de los monederos, las he billas…
, hasta que Sebastián, que la había estado mirando solo a ella, le tomó una mano.
—En realidad es otra piel la que me interesa.
Elena levantó entonces la vista. Fue como regresar al hipódromo, donde se habían mirado por primera vez. Y ahora, bastaba una mirada para estar juntos de nuevo.
—No tendría que haberme marchado así —se disculpó él—. Ni haber escuchado a esas mujeres absurdas. Yo… simplemente no me lo esperaba.
Las malditas expectativas, siempre.
—No pasa nada.
Se lo dijo más bien a sí misma, para intentar calmar su corazón, que le latía tan rápido, tan implacable, como las puntadas seguidas de una máquina de coser.
Él no le había soltado la mano y se la apretó ligeramente. Si iba a aparcar la vergüenza, necesitaba un asidero.
—He venido porque… necesitaba saber por qué ignoraste mis cartas. ¿Por qué me rechazaste así?
En aquellos meses había pensado en regresar muchas veces, pero eso siempre le había frenado. Volvían la rabia y el orgullo herido. La frialdad de aquellas letras se contradecía tanto con la actitud de ella, con la otra nota que había dejado en el cuartel… Necesitaba saber.
—¿Qué cartas?
Él le tendió la que había traído.
—Esta fue la única que respondiste.
Gracias por todo, Sebastián, pero mi respuesta es no. Te ruego que me olvides y que no me escribas más.
—Esa no es mi letra.
Sebastián se quedó pensando unos segundos. Tendría que haberlo adivinado.
—¿Y esta?
Ven a berme a Ave María. Vibo en el segundo piso. Muchas gracias por las rosas.
—Esta sí que es la mía…
Lo dijo avergonzada, con temor, porque en solo unos meses de ir a la Asociación ya podía reconocer lo mal que estaba escrita su última nota. Había quedado como una analfabeta.
—Me quedo con la segunda. De largo. —Sonrió Sebastián.
Tomó la otra y la rompió en pedazos.
—Y ya que todo empezó junto al Palacio de la Industria y de las Artes, creo que deberíamos ir. Acaban de inaugurar la Exposición Nacional. Si te parece bien.
—Pero tengo que trabajar…
—No hace falta que sea ahora mismo. ¿El sábado? ¿A las seis? ¿En el palacio?
— Enchantée. Avec plaisir.
—Hasta este sábado, entonces.
Se dio la vuelta para salir por la puerta del taller, pero ella le detuvo.
—¡Sebastián!
—¿Qué?
—¿Y qué decían las cartas?
—El sábado te lo cuento.
Cuando Sebastián desapareció ya había dejado tras de sí un aire de esperanza que lo impregnaba todo. Elena recuperó el aliento y buena parte de su sensación de estar en el mundo, de formar parte de él.
Al final iba a ser verdad que cuando Dios cerraba una puerta, también abría una ventana.