Capítulo 32 #2
Bajó al sótano, a la sala del agua comunitaria, y allí se encerró para llorar a gritos, para purgar su agonía, que nadie más debía conocer.
Profirió lamentos animales, impropios de un ser humano.
A puerta cerrada la emprendió con las paredes y las tuberías.
Sus golpes absurdos eran un espejo de la impotencia que impregnaba toda su vida.
Estaba a merced de lo que le pasara. No había podido hacer nada por Mariana.
Le habían arrebatado hasta el último regalo que ella le había hecho.
Cuando al cabo de unas horas amainó su locura, con la cara deforme por el llanto, arrastró de nuevo los pies, escaleras arriba. El cansancio la abrumaba, pero todavía más el vacío, la sensación de que le habían arrancado de nuevo la parte de ella que era Mariana.
Solo esperaba que esa parte volviera un poco con Carmen, con los rasgos que tanto se le parecían, con los recuerdos de la infancia. Su sanación pasaba por ella. Debía recuperarla porque era su única familia.
No se sentía con fuerzas para entrar en la casa, pero no tuvo que hacerlo porque fue su hermana quien salió a recibirla.
—¿Qué haces tú aquí? —El tono de su voz era agrio, inhóspito. Sus ojos eran dos brasas, y nada en ellos parecía querer acogerla.
—Ven conmigo a Madrid, Carmen. He venido a buscarte, por fin.
Ella apretó los dientes y la miró con rencor y orgullo. No le debía nada a quien había decidido dejarla atrás por pura conveniencia.
Elena recordó el relato de Mariana sobre su visita a la abuela materna, que fue lo que desencadenó los grandes males posteriores.
Esa voz desabrida y áspera, el odio que se intuía en los gestos hoscos de su hermana, el halo oscuro que parecía envolverla…
¿Se parecería Carmen a aquella mujer? ¿Y si estaban marcadas ambas por el mismo signo terrible?
Enfermedad, locura…, posesión. Eso habían dicho en el pueblo de su abuela.
—No voy a ir —dijo Carmen con desprecio—. Mi vida está aquí, con Justa.
—Pero yo soy tu familia… Hermana, no sabes cuánto he deseado volver a verte, reunir el dinero para poder vivir las dos juntas…
—Familia es la que se queda. No la que se marcha cuando se tuercen las cosas. No me vengas ahora con esas.
Elena se adelantó para intentar convencerla, pero Carmen retrocedió para alejarse. Ambas medallas de oro relumbraron en torno a sus cuellos de muchacha: san Crispín por Mariana, sobre la piel de Elena; san Crispiniano por Justa, sobre la de Carmen.
—¡Tuve que irme! —protestó Elena—. Padre me amenazó. Mató a nuestra madre y fue una pesadilla. Me marché de aquí para que tuviéramos un futuro, lejos de Prudencio…
—Lo que pasó fue un accidente. Lo sabe todo el mundo.
—¡No! Tú no lo viste porque yo no te dejé. Pero yo sé lo que pasó de verdad. No sé qué te contaron, lo único cierto es que nuestro padre mató a nuestra madre.
Carmen se llevó las manos a las orejas y se dio media vuelta, camino de la casa, alejándose a zancadas. Elena la siguió.
—¡No me dejaron sacarte del pueblo aquel día! —se defendió Elena, desesperada—. ¡Y yo tampoco podía quedarme! ¡No des pués de lo que vi!
—Encima de cobarde, mentirosa —rabiaba Carmen—. ¡Nada de eso es verdad! ¡Justa, dile que se vaya!
La mujer salía en ese instante de la casa, alertada por los gritos.
—Es cierto —insistió Elena—. Y además sospecho que ella tuvo algo que ver.
—No te atrevas a mentir ni a acercarte a Carmen —dijo Justa, refugiando a la muchacha en un abrazo.
—Justa es mi única familia —dijo Carmen—. Ella vino a ayudarme. Tú me abandonaste. Y nada de lo que digas puede cambiar eso.
—¡No me quedó otra opción! —Lloró Elena, que empezaba a sentirse en un callejón sin salida, asediada por el odio y el rechazo de las dos mujeres que tenía frente a ella—.
Me fui por las dos. Por tener un futuro…
¿Y sabes qué? Justa no vino por ti, Carmen, no te engañes.
Vino por Prudencio. Tú no le importas. A mí sí.
Carmen sintió una puñalada íntima que la desgarró.
El temor de que, en realidad, no le importara a nadie.
Mariana había preferido siempre a Elena.
Ella fue la favorita. Prudencio siempre la había ignorado, no le había enseñado ningún oficio, no como a su hermana.
Elena se había largado en cuanto había podido.
Y ahora resulta que Justa tampoco había venido por ella.
¿Es que le importaba a alguien? ¿No había sido más que una segundona para todo el mundo?
Tragó saliva y retuvo las lágrimas que le anegaban los ojos.
—Eso no es cierto, cariño —dijo Justa—. Yo vine para ayudarte. Necesitabas una madre.
—Pregunta a Prudencio —contraatacó Elena—. Pregúntale lo que ambos tenían. ¿Por qué mamá y ella se odiaban tanto?
Pero Carmen negó, con resquemor.
—No se les puede preguntar a los muertos.
Elena se quedó petrificada al oírlo. ¿Prudencio muerto? ¿Cómo? Si hacía apenas un año que había intentado llevársela de Madrid para atarla de nuevo al pueblo…
Sintió un alivio inmenso, como si una roca abandonara su pecho.
Ya no tendría que volver a encontrarse con él.
Llevaría el luto, como era su deber de hija, pero se alegraba de que ya no pudieran pisar la misma tierra y de que no estuvieran en el mismo mundo.
Ya nada se interponía entre Carmen y ella.
Ahora era su familiar más cercano. Nada excepto el vínculo de Justa, que tan fuerte se había hecho en su ausencia.
Porque sin duda se había aprovechado de ella.
Y Carmen parecía serle más leal que a su propia sangre.
La evidencia la golpeó tan clara como la luz del día: la mujer que siempre recibía a hijos ajenos, que les daba la bienvenida a este mundo, ahora tenía a una para sí misma.
—Yo pensaba en ti a diario, Carmen. Te escribí muchas cartas…
Su voz sonó desesperada, sin más fuerzas ni argumentos. ¿Qué más podía hacer? Aquella mujer se la había arrebatado. «Lo siento tanto, madre». ¡Mariana había perdido y Justa era dueña de todo lo que había sido suyo!
—Aquí nunca llegó ni una palabra —dijo Carmen, mirándola de soslayo.
—Eso no es posible, te escribí una y otra vez.
—Deja de mentir, nunca he recibido ninguna carta tuya.
Elena no entendía nada. ¿Qué podía haber pasado?
—¿De verdad quieres que me vaya? —dijo ante la mirada de desprecio de Carmen.
—Sí. Y no vuelvas por aquí. Para mí estás muerta.
Elena, devastada por completo, abandonó la granja, camino de la posada. Allí lloró toda la noche la pérdida de su hermana, la única familia que le quedaba. En tan solo dos años se había quedado sola en el mundo.
El camino de vuelta a Madrid fue desolador. Se sentía rota por dentro, no reconocía los paisajes y apenas respondía con monosílabos.
Konrad supuso que habría cogido frío y que se estaba po niendo enferma o bien que el viaje le estaba sentando mal. Le pidió una infusión y pasó el resto del trayecto contando el dinero que le quedaba y apuntándolo en una libreta que llevaba consigo.
Elena, callada en su asiento, había recibido un golpe definitivo. No había podido reaccionar aún y no tenía fuerzas ni para preguntarse qué habría pasado con las cartas que le había enviado a Carmen durante aquellos dos años y que nunca le habían llegado.
¿Habrían sido los Aldamonte? ¿El padre Andrés, temiendo que fuera una mala influencia? ¿La propia Justa tratando de distanciarlas? ¿En qué punto del camino se había roto la cadena? ¿Podría haber hecho las cosas de otra forma?
No encontraba una respuesta a esa pregunta.
Para todos los adultos había estado claro: Carmen tenía que quedarse con Prudencio, que para algo era su padre, no importaba lo que hubiera hecho.
A todos les había convenido olvidar la muerte de Mariana y hacerla pasar por un accidente.
Era menos engorroso, más fácil de resolver.
¿Qué iba a hacer ahora en Madrid? Hasta ahora su único objetivo había sido conseguir un trabajo estable, ahorrar y traer a Carmen con ella.
Ayudarla a estudiar o a aprender un oficio.
Compartir con ella el cuarto de la pensión, hasta que pudieran alquilar un piso.
Ejercer de cabeza de familia. Y llevarla al teatro y al Jardín Botánico.
Ahora no podrían hacer juntas nada de eso. Su vida parecía haber perdido el sentido.