La casa del hilo rojo Capítulo 32
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Capítulo 32

Por mucho que Elena hubiera querido abandonar allí a Konrad y salir corriendo detrás de Carmen, su responsabilidad la mantuvo en el sitio.

Su lealtad ahora estaba al lado de Julia, la persona que más la había ayudado en su vida, y era ella la que le había pedido que, por favor, hiciera de intermediaria para los Mahou.

Estaba claro que mantener buenas relaciones con ellos era importante para su familia.

No podía dejar tirado a Konrad, que apenas sabía hablar el idioma.

Debía cerrar primero el trato de los tapones.

—Bienvenidos a mi casa, soy Martín Coders. —El hombre estrechó la mano a Konrad y asumió que Elena sería su mujer—. Vengo de Barcelona. Tenía mi fábrica en Palafrugell, pero como si fuera de aquí.

—Necesitamos tapones —pronunció Konrad con un esfuerzo máximo, arrastrando ambas palabras como si pesaran una tonelada cada una.

—Oh, claro, sí. Directo al grano. Todo el mundo viene por eso, en realidad. No va a ser a por tabaco, que por desgracia no es lo nuestro y nos lo pagarían bastante mejor. La gente, por el vicio, lo que sea.

—Bueno, dedicarse a taponar vino… muy lejos del vicio no está.

El que había hablado era un muchacho que acababa de llegar del cortijo contiguo.

—Este es mi hijo, Jordi. Me gustaría que estuviera presente en la conversación, si no les importa.

Aunque siendo tan joven ya se atreva a aleccionar a sus mayores sobre lo que es vicio y lo que no lo es.

¿Desea la señora esperar fuera del despacho?

No me gusta ría que se sintiera incómoda con nuestra conversación.

Elena dudó un momento, pero al final habló:

—Debo quedarme.

—No es necesario, de verdad.

—Es mi deber.

Ella y Konrad se miraron y él asintió.

Martín Coders forzó una sonrisa falsa.

—Permítame una copa.

Jordi se dirigió al mueble bar del despacho y sirvió licor para ambos hombres.

—¿Y usted, señora? ¿Quiere una soda?

Elena negó con la cabeza.

—Bien. Entonces… necesitan tapones, ¿no es así?

El problema es que nosotros no somos muy grandes.

Yo me vine de mi Cataluña amada porque allí los alcornoques ya no daban más de sí.

Pasaban más tiempo pelados que vestidos de corcha.

Todo se iba por los Pirineos como una sangría, así que había que guanyar-se les garrofes en otra parte, como si dijéramos.

Aquí tuvimos una mica de suerte, porque algunos cortinales sí que hay.

Pero también mucha competencia, los ingleses se creen dueños de media Extremadura.

¡Badajoz está a nada de ser protectorado británico!

Miren a ese Robinson, que acaba de hacerse con un taller enorme y dicen que el año que viene se compra otro.

Al que estaba antes, otro inglés, se lo ha quitado todo, no solo los talleres.

Los huertos que tenía, la fábrica de los curtidos y hasta los molinos.

En Londres debe de ser todo el mundo como el rey Midas.

—Se pegó un trago largo de licor antes de seguir—: Vienen aquí con sacos de libras y pagan al contado.

Lo que quiero decir es que nosotros tenemos que estar siempre luchando contra esa gente, por un lado, y contra los bolicheros, por el otro, que son los rebotados de las fábricas.

Son familias que se montan por su cuenta porque están hartos del patrón y se llevan el corcho del campo para rebajarlo en casa.

Trabajan en condiciones miserables y sin cualificación ninguna.

Nosotros estamos en el medio. No vamos de imperialis tas ingleses, pero tampoco somos unos patanes.

Calidad a buen precio, ni más ni menos. Eso es lo que somos.

Konrad lo miraba algo perplejo, pues no había entendido ni la mitad del sermón aleccionador que le había soltado aquel tipo.

Este detuvo su locuaz monólogo y le tendió el tapón del licor para que lo examinara.

Durante toda su perorata lo había mirado solo a él, que, impasible, había aguantado sin abrir la boca.

Si quería abrumarlo, lo había conseguido.

—Hable con ella. —Konrad señaló a Elena—. Por favor.

Sorbió un trago del aguardiente de cereza, muy dulce para su gusto, pero disimuló. Lo hizo en parte para no desairar al anfitrión y en parte por la vergüenza que le daba todo aquello.

—No hablo bien el español —se disculpó.

—Oh. ¿Prefiere entonces que hablemos en francés? Jordi habla inglés, ¿verdad, Jordi? O en catalán, claro…

—Solo hablo alemán.

En ese momento la expresión del señor Coders cambió por completo.

No le gustaba tratar con alemanes. Si buena parte de los negocios de la zona estaban sufriendo, malvendiendo y quebrando era por la revisión del tratado comercial hispano-alemán, que había sido nefasta.

Una verdadera ruina para los agricultores.

A Madrid le había dado igual dejarlos con el trasero al aire.

« La pela és la pela », se dijo por dentro. Hay que seguir vendiendo.

—En fin —se dirigió a Elena por primera vez—. ¿Y usted habla la lengua de Cervantes?

—Yo soy de aquí —dijo ella—. Estuve en el obrador hace cuatro o cinco años.

—¿Y lo ve muy cambiado?

—No recordaba a tantas mujeres.

—Es verdad. Hemos contratado a más. Su salario no es comparable al de los hombres y le dan al cuchillo igual de bien. Son rápidas y habilidosas con las manos.

—¿Y esa muchacha que estaba aquí antes?

Jordi desvió la vista. Se le subió el color a las mejillas solo de pensar en ella. Tuvo que levantarse de la mesa e ir a servirse una copa para que su padre no lo viera.

—Aún es joven. Ya siento que presenciaran una escena así. Parece que la madre está mayor y no le salen tantos trabajos. El ciclo de la vida, supongo… Hablemos mejor de sus vinos, ¿de qué tipo son?

—Queremos tapones para cerveza —dijo Konrad.

—¿Cerveza? ¡Qué excéntrico! Me gusta…

—¿Cuántos podría darnos…? —preguntó Elena.

—¿Al día? ¿A la semana? ¿Al mes?

Konrad asintió con firmeza.

— Ja .

—Con una garlopa podría conseguirles entre tres y cuatro mil al día. Pero…

—¿Qué?

—Tendrían que pagar ustedes la inversión de la máquina. Nosotros, tal y como estamos ahora mismo, abonando todavía los terrenos, los salarios, los impuestos…, no podemos costearla. Hay muy pocas y las traen de fuera. Una garlopa de cepillo facilitaría muchísimo la producción.

—Hablaré con los alemanes.

—Eso. Ustedes, los alemanes, con estas cosas son los mejores.

—Traeremos la máquina. Luego, la pagan de los pedidos. ¿Le parece bien?

El señor Coders le estrechó la mano.

Konrad saludó con el ala del sombrero y se puso de pie, dando por terminada la conversación.

Elena asintió y le siguió hasta la salida, donde se despidieron de los Coders. Tras cerrar la puerta, Konrad pasó unos minutos examinando los corchos de un cesto de mimbre que había junto a ella y a Elena le llegaron los comentarios del interior del despacho.

—Menuda fiera, ¿eh? —dijo el padre—. La chica de esta mañana. Si yo tuviera unos años menos y ella unos años más… Que uno podrá ser viudo, pero no tonto.

Konrad apenas comió nada y dijo que quería estar solo, que aprovecharía para recorrer la sierra cercana hasta que cayera la luz. Elena se preparó para volver a la casa que la vio nacer.

A medida que se acercaba sentía un mayor desasosiego, un terror primitivo a enfrentarse a Prudencio, el desamparo en los huesos.

Avanzaba mareada, con problemas de equilibrio, como si no hubiera lugar donde esconderse bajo el cielo.

Había momentos en que le hubiese gustado acostarse sobre la tierra, anclarse a ella y no dar un paso más, pero debía seguir.

Por Carmen. Lo más difícil había sido conseguir un trabajo estable en Madrid.

Ahora ya le quedaba muy poco, casi podía rozarlo con la punta de los dedos, ¿no era así?

Al avistar la casa la encontró como siempre, y eso le rompió el corazón.

Veía a Mariana en todas partes: en los cercados donde alimentaba a los animales; en la cuerda de tender donde ya no colgaban sus vestidos; en el pozo junto al que se agachaba para acariciar la hierba, « ¡Jusa el encontráu!

». Cuando jugaban a señalar a las hembras y sus crías, en el juego de mamá y bebé, y siempre eran ellas dos y se reconocían en aquella relación de dependencia y amor infinito, en ese mundo propio donde nadie más cabía.

No estaba preparada para encontrársela de nuevo, tan de frente, tan vivo su recuerdo.

Para una tristeza tan abrumadora no hay forma de prepararse.

Todo en la casa gritaba Mariana, era ensordecedor.

Quizá había estado tan centrada en sobrevivir en Madrid, se había buscado un reto tan grande, que eso la había distraído y mantenido ocupada.

Ahora sentía como si todo el duelo le hubiera caído encima de golpe. La atravesaba por dentro.

En Madrid había tenido un momento así, en que pensó que perdería la cabeza.

Tarsila, la criada de los Loewe, había encon trado su lata de galletas, la misma que se había llevado del pueblo, donde Mariana le había guardado los ahorros para la máquina de coser.

La que había sido su salvoconducto para escapar de Prudencio.

Era lo único que guardaba de ella junto con su alfiler de perla, su recuerdo más preciado.

La criada la había tirado pensando que era basura. Cuando Elena se dio cuenta ya era tarde.

Bajó a la calle y rebuscó por todas partes, pero no hubo manera de encontrarla. Se había perdido. Era irrecuperable.

—Si no es más que una lata vieja —repetía Tarsila al ver su angustia—. Y encima estaba vacía.

Para Elena el dolor era insoportable. Un dolor muy físico, punzante, intenso y sostenido que no la dejaba respirar. La cegaba la desesperación.