La casa del hilo rojo Capítulo 31
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Capítulo 31

A la llegada a Mérida tuvieron que esperar a que quedara disponible un carruaje que los llevara al pueblo.

No abundaban y nadie quería ir hasta allí.

«¿Qué hago después con los caballos y a esas horas de la noche?

», se quejaban los cocheros. Les salía mucho más rentable ofrecerse en la propia ciudad o llevar a los viajeros hasta Cáceres o Badajoz, pero nadie quería ir a un pueblo perdido de la mano de Dios para tener que volverse de vacío y corriendo con los gastos.

Al final, tras mucho buscar, encontraron a alguien dispuesto a llevarlos por el doble de la tarifa habitual.

Para entonces, Elena ya estaba agotada. Deseaba quitarse su vestido de diario, el mismo que llevaba en el taller todas las tardes, al acabar las clases.

El mismo con el que cosía en una esquina, cerca de la ventana, porque entre tantos hombres le era muy difícil sentirse cómoda.

Con el oficio tenía una relación de amor y odio.

Parecía siempre poseída por un hilo de tensión, que a la vez hacía que diera lo mejor de sí.

El taller había dejado atrás los baches.

Había iniciado el nuevo año con buen pie y Julia ya tenía la vista puesta en los pisos de la calle del Príncipe para ampliar el negocio.

La línea de productos para señoras estaba despegando y por todo Madrid se hablaba de que Loewe no servía ya solo a los caballeros.

Estuches exquisi tos para las joyas, pequeñas carteras, petacas para las excursiones campestres en bicicleta —al más puro estilo inglés— o maletines para el tren o para el tranvía se vendían cada día mejor.

Caminaban de la mano de la nueva mujer y en el taller pronto podrían hacerse hasta con alguna máquina de coser.

Elena sonrió con tristeza al pensar en Mariana.

¡Cómo le habría gustado verla dándole al pedal!

Ese era su sueño: ahorrar para conseguirle una máquina a su niña, algún día, y que no tuviera que dejarse las manos en los pespuntes del cuero.

Pensó en su hermana, presente en sus recuerdos cada noche, y en su anhelo de traérsela a Madrid algún día.

Cuando pudiera mantenerla con el fruto de su trabajo, una vez pagada la deuda que mantenía con Julia, por culpa de Prudencio.

Al ver por la ventana del carruaje los paisajes del pueblo apretó la medalla de san Crispín.

La luz había caído casi del todo y se adentraban de nuevo en el territorio de su infancia, tan lleno de posibilidades y de terrores.

Los caballos parecían cansados y trotaban más lento, hasta que empezaron al paso y luego se detuvieron.

—¿Qué pasa? ¿Por qué paramos? —Eran las primeras palabras que Konrad le dirigía a Elena, en su español aún rudimentario, de acento cerrado.

Ella sacó la cabeza por la ventana para intentar ver qué pasaba en aquella luz menguante. El cochero se había bajado.

—Creo que hay algo en la carretera —dijo.

—¿El qué?

—Un bulto negro. Será un animal. O una persona.

Elena se estremeció y en ese momento pasaron a su lado dos jinetes con capucha.

Temió que se tratara de bandidos, una emboscada, y que fueran a atracarlos y a llevarse todo el dinero que les había dado Mahou para el viaje y la posada.

Pero al pasar junto a Elena, ambos se volvieron y ella pudo ver sus rostros, que eran ancianos, muy pálidos: un hombre y una mujer.

Se parecían a Prudencio y Justa, pero con muchos más años. La joven se estremeció.

Miraron al frente de nuevo y siguieron camino.

Cuando Elena se quiso dar cuenta, el cochero había vuelto a su sitio en el pescante y todo había terminado.

Era como si el tiempo hubiese flotado y luego se hubiera interrumpido.

En el aire había quedado un fuerte olor a humedad, como el que desprende la tierra cuando acaba de llover o cuando se accede al fondo de una cueva.

—Al final no era nada —dijo el hombre—. Esta poca luz me la ha jugado. ¡De verdad pensé que había un bulto negro!

—¿No ha visto a los jinetes?

—¿Qué jinetes?

—Los de la carretera.

—Aquí solo estamos nosotros, muchacha. Lo mismo te has dormido y estarías soñando. Que no te culpo, ¿eh? Si yo pudiera, haría lo mismo. Ea, andando…

Cuando alguien ve a la Genti di Muerti es porque estos están buscando un alma que llevarse.

Sin embargo, Elena no podía saber que su presa ya estaba muerta y que acababan de pasar por el lugar de la muerte de Prudencio, donde se había producido su agonía, atrapado en un cepo del que nadie lo había querido librar.

Al día siguiente, Elena se desveló mucho antes del amanecer.

La cama de la posada le era ajena, el colchón incómodo, la almohada deforme.

La luna se había hinchado como el vientre de un lagarto.

El paisaje le parecía fantasmal ahora que ella misma era una extraña.

Y que solo venía de visita. ¿Era el pueblo lo que había cambiado o había sido ella?

Solo de pensar en que Carmen estaba tan cerca…

Y Prudencio… Y Mariana… Y la muerte. Pero aún no podía ir en busca de su hermana.

Primero tenía que cumplir con el deber y llevar a Konrad a la fábrica. Ya habría tiempo luego para abrazarla.

Ahora era una mujer muy distinta a la muchacha que se había marchado del pueblo, avasallada por su padre, el alcalde y el alguacil.

Todos aquellos hombres que no entendían nada.

Ahora tenía un trabajo y podría darle a su hermana un techo y un plato de comida tres veces al día.

«No te preocupes, Carmen. Ya estoy aquí».

Cuando al fin dejó de dar vueltas en la cama y decidió vestirse y bajar, se encontró con que Konrad hacía rato que estaba listo.

Tenía prisa por cerrar el trato. La fábrica de El Barril, en Amaniel, había abierto hacía apenas un mes.

No quería encontrarse con demasiados litros de mosto ya cocidos y fermentados que no podía despachar a tiempo a los clientes por falta de tapones.

La fábrica de corcho estaba en un cortinal a las afueras del pueblo, una finca lindera con las dehesas. Elena sabía cómo encontrarla porque Prudencio había calzado a todos sus trabajadores durante décadas. Ella lo había acompañado muchas veces a tomar medidas.

—¿Esto es la fábrica?

Konrad estaba atónito.

El obrador era poco más que un patio, una nave y un almacén, junto a un cortijo donde vivía la familia del dueño.

Al patio llegaban las mulas cargadas con la corcha atada y los hombres con las escaleras y las hachuelas en la mano.

Otros llegaban con carretas, se metían en el almacén y movían los sacos que contenían los tapones.

Los muros del patio estaban forrados de cajas apiladas.

Allí mismo, cubiertas por tenderetes y con el suelo lleno de virutas, estaban las cuadradoras, que cortaban con sierras las planchas de corteza, hasta convertirlas en tacos muy pequeños.

Cientos de estos tacos esperaban en cestos de mimbre de más de un metro, que se llevaban luego al interior de la nave.

Allí, la taponeras, vestidas de aldeanas y cubiertas con delantales, trabajaban sentadas en sus sillas de enea.

Se repartían de cuatro en cuatro alrededor de unas mesas, frente a la montaña de tacos.

Con paciencia, los rebajaban uno a uno, con sus cuchillos largos, hasta lograr cilindros suaves que encajaran en las botellas de vino de Burdeos y de champán francés.

Konrad miró su reloj de cadena. Si salían ahora mismo para Mérida, aún podían tomar el tren a Madrid.

—Venimos a ver al propietario —dijo Elena al supervisor.

—Está en su despacho. Ahora sale. Aunque le advierto que no damos abasto. No queda en toda Extremadura un alcornoque que no tenga puesto un precio.

Konrad se cruzó de brazos. Llevaba más de un año en España y entendía lo suficiente el idioma como para saber que la negociación no iba a ser fácil. En ese momento les sorprendieron los gritos que venían del despacho.

—¿Y desde cuándo trece años es muy joven? Puedo usar un cuchillo tan bien como cualquiera.

Elena se tensó al otro lado de la puerta al reconocer aquella voz. ¿Era posible que fuese…?

—No con la misma fuerza —se plantó el dueño de la corchera—. Deberías estar en la escuela, muchacha. ¡Qué prisa tienes en meterte en faena!

—En la escuela no me pagan. Tiene a cantidad de críos en las cuadrillas, cortando árboles, que es una mijina más arriesgao , ¿no cree? Yo ya no tengo padre, señor. Vivimos con lo que le entra a mi madre de vez en cuando…

—Ven a verme en dos años, cuando puedas rendir.

—Bueno, eso será si sigo viva para entonces. Y, desde luego, no será gracias a usted.

Cuando Carmen salió dando un portazo, con su melena al viento y sus andares felinos, a Elena le dio la impresión de estar viendo a una desconocida, a una versión mitológica de Carmen.

Así es como siempre se había imaginado a la Serrana de la Vera. Salvaje, deslenguada, indómita. Carmen llevaba dentro la montaña: su mirada era el páramo; su boca torcida, la intemperie. Desprendía libertad por los cuatro costados.

Nada quedaba de la niña asustada que Elena había dejado atrás.

Había dado un estirón, le habían crecido los pechos y se le había afilado la cara.

Y el ceño ya no era amable, sino amenazador.

La química le había explotado en las venas y había desen cadenado algo tan bello como atroz.

Deseo, sexo, sometimiento, reproducción, abandono, venganza…

Su inocencia se había desvanecido y estaba asomada al abismo adulto.

Se había convertido en una chica rebelde y oscura, había algo roto en ella. Y lo peor es que, desde que la vio, Elena se dio cuenta de que era culpa suya.

No fue capaz de decirle nada a aquella desconocida. Tan fuerte había sido la impresión del encuentro, tan distinta a lo que esperaba. Se había quedado clavada en el sitio.

Carmen, por su parte, no cambió su gesto de orgullo y desaire.

Quedó trastornada durante unos segundos en que le temblaron las facciones.

¿Elena allí? ¿Por qué? ¿Para qué, a esas alturas?

Su hermana estaba en Madrid, que era como decir que estaba muerta.

No había dudado en abandonarla con el cuerpo de su madre aún caliente.

No la había protegido en los tiempos de la epidemia, que a tantos había matado.

No le había dado de comer, ni había enviado dinero, ni una mísera carta.

No. La había dejado allí para que se pudriera entre cabreros. Su hermana solo había pensado en salvarse ella misma.

La miró de arriba abajo y eso multiplicó su resentimiento: venía con su vestido elegante de viaje, su maletín de cuero y sus botines impecables. Su sombrero urbano. Todo austero, pero moderno, con ese toque de las mujeres de la capital.

Ella jamás se había puesto un traje así, con sus entablillados, su chaqueta abotonada, sus corsés y sus volantes al final de la espalda.

Carmen iba como las otras taponeras que rebajaban el corcho con sus cuchillos de un palmo: vestida de aldeana, con botas remendadas.

Con su falda y su camisa recosida, heredada de Justa, que si se inclinaba mucho se le veían los pechos.

Porque Justa sí que se había quedado. Se había mudado a su casa para no dejarla sola con Prudencio y le había dado comida, ropa y compañía tras su muerte.

Le había cosido paños cuando le bajó la regla por primera vez.

Fue la única que le aseguró que no se iba a morir y la consoló por la pérdida súbita de su niñez.

Gracias a Justa no era una huérfana.

Y mientras, su hermana vivía en la capital, olvidándose de ella.

Carmen pareció flaquear, pero logró tragarse su debilidad. Se sujetó a la medalla de san Crispiniano y le dio la espalda a Elena.

Esta comprendió entonces hasta qué punto había demorado su promesa de volver a por su hermana y supo que iba a pagar cara su marcha a Madrid. Había estado tan centrada en sobrevivir… que podía haber perdido a su hermana del todo. Se sintió más sola que en toda su vida.

Cuando pudo reaccionar, dejó a Konrad en la nave y salió corriendo al patio, solo para darse cuenta de que Carmen ya se había subido en una carreta, con Justa, y que se alejaba por el camino de polvo amarillento.

El último pedazo que conservaba de Mariana se fue detrás de ella.

Solo una pregunta le rondaba la cabeza en aquel momento de pérdida y fantasmas: «¿Es que no recibiste mis cartas?».