Capítulo 30
A Konrad no le gustaban las fotos, pero se lo había pedido Alfredo y no le iba a decir que no al jefe. Se sentó ante los focos, se abotonó la chaqueta hasta arriba, se ajustó el pañuelo cerca del corazón y se estiró la pajarita. Miró a la cámara serio y relajado, seguro de sí mismo.
Habían conseguido su primera cocción de cerveza y tocaba inmortalizarlo.
En realidad, Alfredo aprovechaba cualquier excusa para llevar a los trabajadores de la fábrica a la parte de atrás, donde tenía el estudio de fotografía, que nombraba con su acrónimo, Almayso.
Retrataba a los trabajadores, a sus esposas e hijas, a los proveedores…
Cualquiera podía verse asaltado por la cámara en el patio, en la terraza.
Ponía a visitantes y empleados a simular un pícnic campestre o una escena costumbrista.
—Ahora estate muy quieto. No te muevas.
Konrad abrió las manos sobre las piernas y contuvo la respiración.
Alfredo quedó satisfecho con la sesión: había logrado capturar el gesto enérgico de Konrad. Aquella determinación que había conseguido poner la fábrica en pie y abrirla a tiempo, aunque coincidiera con el peor momento histórico para iniciar un negocio.
El año 1890 había sido el de la ruina. Argentina se había hundido, arrastrando a todo Londres, que era como decir a toda Inglaterra, que les había prestado un dineral para hacer trenes.
Se había llevado por delante a la mitad de Latinoamérica y había pro vocado un rescate de la banca inglesa y un crac de la bolsa como no se había visto nunca.
Los inversores estaban aterrados, el dinero había volado de los bancos y nadie quería financiar nada.
La burbuja había explotado. No había dinero.
Pero la crisis económica y la falta de negocio no asustaban a los Mahou. Con los viñedos muertos por la filoxera, llegaba su oportunidad de oro.
—Donde antes hubo vino serviremos cerveza —decía Alfredo—. En cada mesa de restaurante, en cada bar, en cada casa.
Konrad aceleró las obras y puso las calderas a cocer cuanto antes: inmensas cúpulas negras en cuartos de azulejos, que podían albergar hasta veinticinco mil litros de caldo.
Ya se estaban preparando, también, las botellas de tres variedades: la Múnich negra, con etiqueta azul; la Pilsen rubia, sin etiqueta, y la Pilsen especial, con etiqueta roja.
Solo había un problema: tenían que conseguir mucho corcho para taparlas y el corcho siempre escaseaba.
Les habían dicho que por la zona de Badajoz había muchos alcornoques, solo hacía falta enviar a un buen contacto comercial, la persona adecuada… Todavía no la habían encontrado.
—Ya está. Listo.
Konrad por fin pudo respirar. Llevaba todo el día atareado, pasando de una sala a otra de la fábrica.
—Y cuando te cases y vivan aquí tus niños, me ocupo yo de las fotos, ¿eh?
—Claro —dijo Konrad—. Por supuesto. Cuando me case…
Tomó su sombrero y se despidió de Alfredo. Caminó hasta su piso, que estaba dentro del recinto, mientras pensaba: «¿Y qué mujer va a querer vivir en una fábrica de cerveza?».
Julia pasó todo el primer curso de Comercio yendo y viniendo de la Asociación con Elena, pero dejó definitivamente la Escuela de Música.
Cuando no estaba en el taller, pasaba su tiempo libre con la comunidad alemana: veladas musicales en la Sociedad Germanía de Pontejos, paseos en bicicleta con Sofía, la celebración del cumpleaños del káiser, la del árbol navideño Weihnachtsfest , los oficios en la capilla evangélica…
Los expatriados alemanes tenían su propio mundo, dedicado a preservar la esencia de la patria y a alimentarla con sus celebraciones.
Echaban de menos su casa, que no era España, y aprovechaban para recordarla en cada ocasión.
Cantaban sus canciones alemanas, a las montañas y los paisajes, sus himnos y sus marchas militares.
Leían sus poemas y tocaban sus partituras germánicas.
Y, dentro de la comunidad alemana, se dividían por gremios.
Los industriales y comerciantes se consideraban familia, pues se enfrentaban a los mismos desafíos en tierra ajena.
Llegó mayo y, con él, la gran celebración del gimnasio alemán, el Deutsche Turnverein , que Carlos Knappe había fundado con cuatro socios y que ahora incluía a casi toda la comunidad expatriada.
Hasta cincuenta o sesenta hombres salían de trabajar cada tarde y, ni cortos ni perezosos, cambiaban sus trajes de chaqueta y corbata por un atuendo de camisa y pantalón blancos y un cinturón negro, y se entregaban a los ejercicios de gimnasia: barras fijas y colgantes, paralelas, escaleras, trapecios, anillas, potros…
Todos desfilaban marciales ante la atónita mirada de los españoles, especialmente los periodistas, que se maravillaban de que uno pudiera dedicarse a la educación física después de ser niño y de que los alemanes practicaran la gimnasia… ¡también en la edad adulta!
La tradicional gira campestre de mayo celebraba el aniversario de la fundación del gimnasio.
Julia y su familia acudieron puntuales a la fiesta, en el pinar del Plantío de los Infantes, una finca al noroeste de Madrid.
Allí había grandes explanadas de verde, entre pinares dispersos, con árboles de copas muy elevadas.
En otoño el suelo se llenaba de pinocha, pero en primavera lucía con un color espléndido, que servía de alfombra para los torneos de tenis, rugby , bolos y levantamiento de pesos.
La sie rra de Guadarrama, al fondo, era el telón más parecido al de los Alpes bávaros.
Las fiestas del gimnasio siempre se abrían con una vieja canción que recorría Alemania y que tenía una melodía muy alegre. Heinrich y Sofía eran los primeros en dejarse los pulmones:
Was ist des Deutschen Vaterland?
¿Cuál es la patria alemana? ¿Es Prusia? ¿Es Suabia? ¿Es donde, en el Rin, florecen los viñedos? ¿Es donde, en el Belt, las gaviotas migran? ¡Oh, no, no, no! ¡Su patria debe ser más grande!
¿Cuál es la patria alemana? ¿Es Baviera? ¿Es Steierland? ¿Es donde pasta el ganado del Marsi? ¿Es donde la gente del Mark moldea el hierro? ¡Oh, no, no, no! ¡Su patria debe ser más grande!
Y así, iban describiendo los territorios y sus gentes y, con la mano en el pecho, se crecían cada vez más.
Y de repente, por la magia de los himnos y la música, con la banda tocando en directo, ya estaban en Alemania, porque Alemania era el mundo entero.
Corrían los niños, vestidos con sus trajes tradicionales, a devorar las tortas de Leipzig, las berlinesas y los strudel de manzana. Julia y las demás chicas sacaron las coronas de roble que llevaban toda la semana trenzando y les ataron las cintas con los colores de Alemania.
La primera prueba contó con dos equipos para tirar de la cuerda y, en cuanto dieron a los ganadores, Julia corrió a coronarlos. Las pruebas fueron pasando, hasta que ya solo le quedó una corona por entregar.
Entonces lo vio. Apartado, contemplando la prueba cruzado de brazos, estaba Konrad.
— Guten Tag! Al fin coincidimos. ¿Sabe que lo estuve esperando? ¿Por qué no se pasó por el taller?
Él señaló el barril de cerveza bok que acababan de abrir para refrescar a los deportistas.
—Me temo que he estado muy ocupado. No ha sido nada fácil tener este barril a tiempo.
—¡Anda! ¿Ya la están sirviendo? Muchas felicidades… Lo ha conseguido.
—Gracias.
Se quedaron callados durante algunos segundos.
—¿No participa usted en las pruebas? —rompió ella el silencio.
—Prefiero no hacerlo.
Él estaba vestido de traje de arriba abajo, como un día más en la fábrica. Con su sombrero, que le hacía parecer aún más alto.
—¿No le gusta el deporte?
—Oh, sí, me gusta mucho. Pero allí.
Señaló con la cabeza las cumbres nevadas de Guadarrama.
—¿Camina hasta allí usted solo y vuelve a bajar?
—Me gusta estar solo. Escuchar el silencio, sentir el viento de las cumbres, contemplar lo grande que es el mundo… Soy un hombre solitario.
A Julia le recordó a aquel cuadro genuinamente alemán y romántico de Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes . Sin duda podrían haberlo pintado con él de modelo. Pelirrojo, trajeado, de espaldas. Sereno frente al infinito.
—Konrad, te toca hacer el brindis… —lo llamó Alfredo.
—Creo que me reclaman —se disculpó con Julia.
Se acercó y levantó la primera jarra de cerveza. Era tradición que lo hicieran los hombres que habían cumplido los treinta años durante ese curso. Era una edad importante. Julia tomó conciencia entonces de la brecha tan grande que los separaba. Tenía el doble de su edad.
Hoch, hoch, hoch! Tras terminar el brindis en honor al káiser, ella se le acercó con su última corona entre las manos.
—Quédesela. Creo que la merece de sobra por sus méritos en la montaña… y, por supuesto, por habernos devuelto la cerveza.
Él hizo un gesto de saludo con el ala del sombrero y le tomó la corona de las manos.
—Muchas gracias. Aunque todavía no podemos decir que hemos triunfado.
Estamos teniendo muchísimos problemas con el corcho, y sin corcho no hay botellas que valgan.
No podemos acceder al mercado portugués, los catalanes lo necesitan todo y los andaluces lo venden fuera. Nuestra última posibilidad es Badajoz.
—¿Y han pensado en enviar a alguien?
—No tenemos contactos allí…
Julia se quedó pensativa y se le ocurrió algo.
—Pues yo creo que tengo a la persona adecuada —le dijo con una sonrisa—. ¿Conoce usted a mi empleada, Elena?