Capítulo 29 #2
Y luego la pisada suave de Sebastián, bajando lentamente y alejándose de ella. Había decidido marcharse y eso acabó de romperle el corazón.
Él se dirigió al cuartel confuso y con mucho por asimilar. De repente, Elena se había transformado, públicamente, en las tres cosas que más detestaba en una mujer: mentirosa, ladrona y, además, era una criada.
Y no sabía cómo iba a reconciliar todo aquello con la imagen de la Elena que tenía en su mente y con la que se había besado una tarde de mayo.
Cuando Julia llegó a casa, se encontró a Elena todavía llorando a lágrima viva, reclinada en el sofá y sin consuelo posible.
Ella le contó lo que había pasado: la visita de Sebastián, la humillación de la matriarca Aldamonte, las acusaciones de robo…
y, sobre todo, la vergüenza que había pasado al reconocer que ni era institutriz ni hablaba idiomas ni estudiaba en ningún sitio.
En el pueblo había aprendido las cuatro reglas, y a duras penas a leer y escribir.
—Bueno, lo de los estudios tiene remedio. Y lo vamos a solucionar ahora mismo.
La tomó de la mano para sacarla de la casa. Apenas le dio tiempo a Elena a quitarse el delantal y dejarlo en el mostrador de la entrada.
—Pero ¿adónde vamos?
—A la Asociación de Enseñanza de la Mujer, obviamente.
—Pero yo…
—Pero tú nada. Allí no hacen distinciones mientras pagues las quince pesetas mensuales. Y no vas a tener problema porque las voy a pagar yo.
—Pero, Julia, no…, es demasiado.
—Es formación de una empleada. Ahora mismo estás en la parte trasera del taller, cosiendo, aunque nunca se sabe.
Si en algún momento yo falto en el mostrador, me gustaría tener a alguien de confianza, una mujer que tratara con las clientas, al igual que los hombres lo hacen con los caballeros…
Y para eso tienes que leer y escribir bien y saber algo más de cuentas.
Ambas irían juntas desde Ave María, a las nueve de la mañana, y luego Elena tendría clase hasta las doce y Julia hasta la una.
No estarían juntas porque Elena debía ir a la Escuela Preparatoria.
«Allí hay muchas chicas como tú, a las que dejaron a medias en la escuela para ponerlas a hacer pan y cuidar vacas».
Por suerte, la inscripción en la Escuela podía hacerse en cualquier momento del año.
—Han tenido suerte —les dijo la secretaria—, porque las cuarenta plazas suelen estar llenas. Pero este año, con la epidemia, hay chicas que no se atreven a venir. O no las dejan en su casa, no lo sé.
Allí, Elena aprendería Lengua, Aritmética, Geometría, Geografía, Historia, Religión y Moral, Higiene, Dibujo y Labores y también Francés.
Sebastián ya no podría avergonzarse de ella.
Tendría que hacer un examen, pero aún le quedaba una prueba todavía mayor: no se podía ir a la Escuela sin vacuna. Porque a la infausta epidemia de gripe le había seguido otra de viruela.
Durante aquel 1890 habían muerto más de dos mil quinientas personas. La enfermedad no daba descanso a los madrileños.
Y Elena, tras el mal episodio con Eduardo, le había cogido miedo a las cuchillas.
Fueron ese mismo día a Duque de Alba, donde tenía su instituto el doctor Balaguer, que, al contrario de sus competidores, contaba con el prestigio de vacunar a los pobres para el Ayuntamiento, por un lado, y para la Casa Real, por el otro.
La burguesía hacía cola frente a sus puertas.
Sin embargo, les dijeron que ese día ya estaba completo el turno y que no tenían citas hasta dos días después.
—No podemos esperar tanto —dijo Julia—. Las clases empiezan mañana.
Así que tuvieron que alquilar un simón y llegar hasta la calle Goya, donde estaba el Instituto de Vacunación del Estado.
Cuando Elena entró en la sala y vio a la ternera en el centro, encadenada a la mesa con grilletes en el cuello y las patas, la náusea casi le costó un desmayo. El olor del animal, mezclado con el de la enfermedad y el desinfectante, era espantoso.
Allí había poca gente, lo cual causaba los lamentos eternos de los médicos:
—La cooperación de las clases populares es nula.
—Hay quien dice que la vacuna te enferma de la sífilis. O que te pone peor.
—Dicen que es antinatural. Que contagiarse de los animales va contra la ley de Dios.
Todas estas cosas se escuchaban en la calle, e incluso había quien consideraba que el dinero con que se gratificaba a los médicos y a los dueños de las terneras bien se podía emplear en paliar el hambre y que, más que vacuna obligatoria, debía imponerse el cocido obligatorio: «Un hombre o una mujer picados de viruelas son tipos desagradables; pero tampoco son agradables un hombre o una mujer flacos, amarillos, hambrientos.
Entre un flaco limpio y un gordo picado de viruelas, es preferible el gordo».
Elena no tenía opciones: si quería asistir a la Asociación, no tenía más remedio.
—Yo creo que me lo voy a pensar, Julia.
—¿Qué dices? ¿Cómo que lo vas a pensar? Yo lo hice y no pasa nada, no pienses en ello. ¿O quieres quedarte con los números básicos toda la vida? Venga, que yo te acompaño.
—Es que no sé. En mi pueblo hay historias… de gente a la que no vacunaron bien y se murió.
—Pues se morirían de otra cosa, porque de vacunas no se muere nadie. Venga, que ya nos toca. Tú no mires.
Elena se abrazó a Julia mientras extendía el brazo. El médico tomó la lanceta, hurgó en la pústula infectada de la ternera e hizo luego un corte en el brazo a la paciente, que se estremeció sin poder evitarlo.
Elena vio la sangre manar de la herida. Aguantó el tipo y salió de allí hiperventilando, pero nada más llegar a la calle tuvo que arrodillarse y vomitar. Aún no podía creer que, para acceder a la sabiduría, fuera necesario infectarse con el pus de una vaca enferma.
Esa noche tuvo pesadillas y se sintió fatigada y con febrícula.
—Todo esto es normal —le repetía Julia—. A mí también me pasó. De verdad que no te vas a morir… ¡Te lo prometo!
Pero Elena había tenido suerte con las enfermedades, siendo niña, y no estaba acostumbrada. Lloraba de pura angustia, pensando en que algo podía salir mal.
Julia la dejó dormir en su cama y así, abrazadas, las encontraron los Loewe cuando entraron por primera vez en el piso, al día siguiente.
El pequeño Enrique escuchaba embelesado a Sofía mientras esta le contaba un cuento muy conocido en Alemania: La pastora de gansos , de los hermanos Grimm.
El favorito de todos, inspirador de cuadros, bordados, grabados, cerámicas y de todo tipo de artesanías.
Y, por supuesto, el favorito de Kassel, el hogar de su padre.
Era un cuento que hablaba de una vil criada y de una prin cesa traicionada por ella.
—¿Y cómo acabó la historia? —dijo en voz baja, pues los ojos ya se le cerraban por el sueño.
—Pues que el príncipe se casó con la princesa y gobernaron el reino con paz y prosperidad.
El cuento lo habían contado en el salón, donde Tarsila estaba recogiendo y Elena ayudaba en lo que podía. La otra criada estaba recelosa de que le estuvieran pisando el terreno y la joven veía que no tenía sitio allí.
Sofía hacía sonar la caja de música Symphonion. Retiró el disco de metal de la mazurca y puso el del vals, que empezó a sonar al pasar por encima el doble peine y tropezar con los dientes en relieve, poco a poco, con cada vuelta de manivela.
—Por eso es tan importante saber con quién se relaciona uno, Enrique. Uno debe andarse con mucho cuidado y no meter en su casa a desconocidos —le dijo la institutriz al heredero de los Loewe.
—Y vigilar a quién se contrata —dijo Heinrich, que no había levantado la vista del periódico—. Por eso, vas a quedarte tú al frente del taller, porque nadie lo va a cuidar mejor que tú.
Y era muy posible que estuvieran hablando de la lealtad de sus empleados, de la confianza necesaria y de los peligros de contratar a un enemigo, pero Elena se sintió intimidada.
De algún modo, pensó que quizá se referían a ella, que había entrado en aquella casa poco más que de la noche a la mañana.
Se preguntó si acaso el padre de Julia y la institutriz pensaban que era una arribista, una aprovechada…
Era tanta su inseguridad, su fragilidad, fruto de tantos sinsabores que le había deparado la vida, que pensó que allí estaba fuera de lugar.
Se dio cuenta de que quizá había cruzado líneas rojas con Julia y que no era conveniente seguir viviendo en la casa como su protegida, ocupando un lugar que no le correspondía.
Después de todo, Julia y ella no eran de la misma clase.
Ella era la hija de un zapatero, del hombre que había matado a su madre, de alguien violento, que podría reapa recer en su vida en cualquier momento.
No, Julia no se merecía eso. Ya la había ayudado una vez, y le estaría eternamente agradecida, pero no podía seguir allí.
Al día siguiente se mudó a una pensión, ante el desconcierto de su amiga, que nada pudo hacer para que cambiara de opinión.