La casa del hilo rojo Capítulo 29
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Capítulo 29

Julia hablaba muy en serio cuando planteó su plan para que su amiga entrara en el cuartel de alabarderos.

Preparó una buena propuesta para suministrar cinturones y cartucheras a los guardias y Elena se presentó allí.

Cuando entró en el cuartel tuvo que reunir todo el valor del que disponía.

Ella no había vendido nada nunca, y menos en un lugar lleno de hombres, donde las mujeres no entraban ni siquiera a limpiar.

—Buenos días. Me gustaría hablar con algún responsable.

Traigo una oferta de Enrique Loewe, fabricante de artículos de piel de la calle Ave María, para renovar sus cinturones, carteras y otros complementos que puedan precisar —le dijo al portero con voz temblorosa—.

Tengo aquí los detalles, las tarjetas y un retal de cuero, de muestra, para que vean la textura y el color.

El portero estaba leyendo el periódico y no le prestó demasiada atención.

—Está bien. Déjelo todo encima de la mesa y se lo pasaré a mis superiores.

Elena se quedó paralizada. ¿Eso era todo? ¿Se había preparado a conciencia y había hecho el viaje para marcharse así, sin una cita?

—Oiga, por cierto, ¿no conocerá usted, por casualidad, a un muchacho que se llama Sebastián? Es soldado o guardia…, no sé la categoría. Pero suele acompañar siempre al Cuerpo.

—¿Bastianín? ¿Uno que es muy alto y lleva el pelo un poco alborotado? Claro que lo conozco, desde que era un crío anda dando vueltas por aquí. ¿Para qué lo quiere?

Elena se sonrojó violentamente, notó enseguida una ola de calor en las mejillas y una caída brusca de las fuerzas. ¿Para qué lo quería? ¿Cómo iba a decírselo a aquel hombre?

—Tengo algo que es suyo y que se le cayó el otro día en el hipódromo. ¿Podría darle un mensaje de mi parte?

—Sí, claro. Cuando venga por aquí, a ayudar a su padre…

Le tendió papel y lápiz, y ella garabateó un mensaje.

Ven a berme a Ave María. Vibo en el segundo piso. Muchas gracias por las rosas.

—Pues cuando lo vea, se lo da. Qué orgullo debe de sentir, con un padre alabardero.

—Oh, orgulloso lo está seguro porque un hijo siempre ve a su padre como un héroe, pero no es alabardero, ya quisiera él. Que no es que ser criado tenga nada de malo, ¿eh? Y el sueldo es estupendo…, pero no es lo mismo, ya sabe usted.

Ven a berme a Ave María. Vibo en el segundo piso. Muchas gracias por las rosas.

Sebastián no podía creer que Elena, una mujer que hablaba cuatro idiomas y era experta en Geografía, Historia, Ciencias, Filosofía y Literatura, hubiera escrito un mensaje con tantas faltas de ortografía. Tenía que haber un error.

—¿Me la describes otra vez?

—Pelo castaño, ojos castaños. Ni alta ni baja. Una chica normal…

—Podría ser cualquiera.

—Pues parecía muy interesada. Y se puso como un tomate hablando de ti.

—Después de cómo me trató, creo que no debería ir. Le faltó decirme que me esfumara. Que me largara de su vista. Que me fuera a paseo, vamos…

—Bueno, bueno, basta de tanto drama, que esto no es una zarzuela. Las muchachas son así, volubles. Cambian de opinión. ¿Quién las entiende? Lo mismo en aquel momento le dio vergüenza, parecía bastante tímida. Y lo mismo cuando vio las rosas se le derritió el corazón.

—Mis buenos duros me costaron, desde luego.

—Ahí lo tienes. En el amor hay que insistir mucho, Bastián, que no se ganó Roma en un día.

—Si llegas a ver su mensaje, no pensarías así. No estoy yo para hacer más el canelo…

—El canelo lo vas a hacer igual si te quedas aquí sentado y sin hacer nada. Tienes que ir y punto.

—Que conste que ya ni quiero ni me apetece ni nada. Lo hago solo porque te empeñas tú.

—Bueno, pues hazlo por mí entonces. Y cuando te dé lo que te dejaste en el hipódromo, pues te acuerdas de mí y de mis ancestros.

Sebastián se arregló y se puso en camino. Sí que quería y sí que le apetecía. En el hipódromo se había dejado tantas cosas… La ilusión, el primer beso, la promesa de una vida.

Cuanto más se acercaba a la casa, más le parecía estar desandando los caminos del tiempo y volviendo a ese lugar donde habían logrado detenerlo juntos. Sebastián llegó al portal de Ave María y casi se lo traga la tierra al ver al portero.

—¡Así que ha vuelto usted! Me consta que la señorita Julia entregó sus flores. ¡No se rinde, ¿eh?! Eso está muy bien. Ahora Elena vive en el segundo piso, como criada de los Loewe.

—No es su criada, sino su institutriz.

—Oh, no, la institutriz es Sofía.

—¿Sofía?

—Claro. Pasó el otro día por aquí, a dejar maletas. ¡Aún se están mudando y eso que llevan un mes arriba y abajo! Ese piso parece la obra del Escorial…

Así que se llamaba Sofía y no Elena. ¡Por eso le habían estado rechazando la cartas! ¡Ni siquiera las había estado dirigiendo a la persona correcta! ¿Cómo había podido ser tan estúpido?

Con brío renovado, reescribió en su mente y en su corazón todas las letras de su amada: S-O-F-Í-A. La esperanza regresó a su pecho como una bocanada de aire fresco.

—Tiene un acento rarísimo cuando habla —siguió el portero—. Casi no le entendí nada de lo que me dijo.

—Eso es porque habla muchos idiomas.

—O porque es alemana de nacimiento, hijo. Que se apellida Hofmann. De Ramenburgo o algo así me dijo.

—¿De verdad? Pues nunca lo hubiera dicho, a mí me pareció muy de aquí.

Eso explicaba las faltas de ortografía. Estaba claro que aún se estaba haciendo con el idioma, que ni siquiera era su lengua materna.

—Oh, sí. Y las alemanas están hechas de otra pasta, créame. Esa mujer llevaba cantidad de peso en las maletas, y eso que debe de rondar ya los cuarenta.

Sebastián palideció. «Qué bien se conserva entonces». Aquello sí que era un contratiempo. No era una mujer casadera como había pensado. ¿Cuarenta años? ¡Aquel hombre no sabía lo que decía!

—Yo creo que se acabará casando con el señor Loewe. —El portero había cogido carrerilla—. Porque se echan unas miradas de cachorro que es como si ya lo estuvieran.

Sebastián ya no podía más con todo aquello. Agobiado, con la corbata cerrándose en su cuello cada vez más, decidió subir las escaleras y verla en persona. Dejarse de cartas, mensajes, rumores y opiniones de porteros metomentodos como aquel.

Al llamar a la puerta, le abrió Elena en persona. «No tiene cuarenta años ni en broma».

—Sebastián…

—Sofía…

—Elena…

—Elena, lo que yo decía. Ha sido el portero, que me ha con fundido.

Ella sonrió.

—Recibí tu mensaje en el cuartel —dijo él.

—Ah, sí. Quería darte las gracias por las flores.

Él pensó en mencionar las cartas, pero le daba tal vergüenza haberse visto rechazado que mejor ni mencionarlo. Entonces se dio cuenta de que ella llevaba puesto el delantal, con un trapo colgado.

—¿Cómo van las clases?

—¿Qué clases?

—Las de los niños…

Elena bajó la vista, pues no sabía muy bien de qué le hablaba.

—Me dijeron que le hablabas ya en inglés y francés a Angelito. Que estabas estudiando en la Asociación de Enseñanza para la Mujer… Y que pronto le enseñarías caligrafía, gramática, ciencias…, todas esas cosas.

—¿Y quién te dijo eso?

Quiso el infortunio que en ese momento bajara las escaleras la señora de Aldamonte, que había tenido que volver de visita para ver a su nieto. Iba acompañada de una amiga.

Sebastián la señaló.

—Ah, pues esa señora de ahí. La que estaba con el bebé.

Ambas mujeres salieron hablando del piso y no se callaron ni un segundo.

—El mejor teatro, para mí, se está haciendo en las mansiones particulares. Mucho mejor que ir al Real, que tiene grietas por todas partes y se cae a pedazos… O que al Teatro Español.

—Sebastián, creo que no deberíamos molestarlas… —disimuló Elena, angustiada.

—No, no, si tienen que pasar por aquí igual. No creo que sea molestia.

Terminaron de bajar las escaleras y la señora de Aldamonte miró a Elena tan por encima del hombro que su nariz puntiaguda apuntaba al dintel de la puerta.

—Vaya, si es la de las espantadas. ¿Ahora trabajas para la ve cina? ¡Cómo es la lealtad de algunas, que te dejan tirada en el peor momento!

—Fue una emergencia… —se disculpó Elena.

—Será que un niño pequeño, malito del estómago y que se ha puesto perdido no lo es.

—Y que lo digas —la apoyó la otra señora.

—Fue usted la que me habló de su institutriz, Elena… —dijo Sebastián.

—Bueno, eso fue lo que me contó mi nuera. Cuando llegó a la casa ni siquiera tenía referencias. Pero, claro, venía recomendada por el cura y ya sabes, Amelia, que nosotros somos muy piadosos… Así que nos tragamos todas sus mentiras.

—Yo no he mentido a nadie —se defendió Elena.

—Pues lo mismo el cura lo dijo por favorecerla, no sé. Pero ya ve el resultado. Una muchacha inepta, incapaz de cumplir con el más mínimo deber.

Entonces Amelia se adelantó un paso.

—¡Y encima de mentirosa, ladrona!

Para Elena fue una puñalada en el pecho. Aquella humillación… y delante de Sebastián. Se le vino el mundo encima.

—Dio un escándalo a las puertas de la iglesia. Fue capaz de robarle a su misma familia. Que vino su padre, desde el pueblo y en carreta, a reclamarle todo lo que se había llevado.

Elena tragó saliva, aplastada por las acusaciones y sin saber ni cómo empezar a explicarse. San Lorenzo estaba a solo un par de calles. Era de esperar que el cotilleo se extendiera.

—Yo no… Eso no fue…

—Es un milagro que los Loewe le hayan dado trabajo de criada. Por pura misericordia con una descarriada. No sé ni cómo se arriesgan a meterla en su casa.

Elena estaba absolutamente abochornada. Habría deseado desaparecer.

—Sebastián, si me disculpas… Ya nos veremos.

La joven se retiró y cerró la puerta con cuidado, avasallada por las dos mujeres que la habían dejado en evidencia. Nada más cerrar, se sentó en el suelo, se cubrió con las manos y rompió a llorar en silencio.

—Hay que tener muchísimo cuidado, joven. —Oyó decir a la de Aldamonte—. Alguna gente no es lo que parece.

Elena escuchó, desde el otro lado de la puerta, el eco de los botines bajando las escaleras. Pasó un rato largo en el silencio más absoluto, casi diez minutos en los que contuvo la respiración, atenta a cualquier movimiento.