Capítulo 28
Julia acordó con Elena que se quedaría en el piso con ella, como criada, hasta que pudiera ahorrar algo de sueldo y buscarse una pensión.
Solo sería ese primer mes. La familia seguía sin mudarse, muy cómoda en su hotel de la Castellana, y el piso aún estaba patas arriba, lleno de cajas y con polvo de las obras. Elena la ayudaría a acondicionarlo.
Como el piso de la familia estaba solo una planta por encima del taller, Elena solo tenía que subir y bajar un tramo de escaleras, y se aseguraba de hacerlo a primera y última hora, cuando no había nadie. Nada le preocupaba más que encontrarse con Eduardo y tener que enfrentarse a él.
Sin embargo, ese miedo también se conjuró porque un buen día de ese mes reapareció, por sorpresa y del brazo de su marido, la señora de la casa.
Celia había vuelto del sanatorio, rescatada y reivindicada por sus padres, de nuevo en el puesto que había conquistado por matrimonio y que ahora le pertenecía: del brazo de Juan Eduardo Aldamonte y Palomeque.
Elena y Julia se los cruzaron en el portal, cuando volvían de su paseo.
Él de traje, con pañuelo, y ella con un vestido blanco impoluto, de cuello vuelto con perlas bordadas, sombrero de plumas de cisne y sombrilla con encajes.
Nada más verlos, Elena se refugió instintivamente detrás de Julia, que pudo notar su tensión extrema ante sus antiguos señores. Decidió tomar la iniciativa.
—Me alegro de verla, doña Celia, y tan recuperada, además.
Se la ve muy bien. ¿Sabe que ahora nuestro taller también se ocupa de nosotras, las mujeres?
Ahora que está más animada, me encantaría mostrarle personalmente nuestros bolsos y estuches pensa dos exclusivamente para nosotras.
Y además ahora tenemos también unas trabajadoras estupendas.
Señaló a Elena, que seguía en segundo plano, refugiada en las sombras de la escalera. Con su gesto, Julia le mostraba su protección en público. Su empleo la había hecho intocable.
Elena irguió la cabeza, dio unos pasos al frente y saludó con una leve inclinación.
—Ahora, si nos disculpan…
Julia la tomó del brazo, como si fuera su hermana, y pasaron por delante de los Aldamonte para echarse a la calle. Una vez lejos del portal, Julia rompió a reír.
—¿Has visto qué cara han puesto?
Pero Elena no era capaz de reírse aún. Los tenía a ambos demasiado cerca.
Julia la llevó por Atocha, en un paseo de diez minutos, hasta la calle de la Bolsa.
Allí estaba la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, donde tenía que matricularse de primero de Comercio porque era el último día para llevar los papeles.
«Si se me pasa, me muero. Ich sterbe. I will die ».
A Elena el edificio la deslumbró desde el primer instante, con su puerta artesonada y la inscripción en el dintel, sobre la piedra: año de 1875.
—¡Mira! ¡Si tiene la misma edad que tú!
La estaban esperando allí sus amigas, con las que había quedado para tomar un chocolate porque aquel 1 de octubre, día de Santa Julia, era también el día en que cumplía quince años.
En torno a la mesa de la chocolatería se juntaron cuatro chicas: María de la O Lejárraga, último año de Comercio; María Goyri, que había terminado ya Comercio y estaba haciendo el curso de institutriz; Julia, recién matriculada en primero de Comercio, y Elena.
A pesar de que esta no tenía ninguna formación y ni siquiera era estudiante, la acogieron con alegría. Aunque eran muy jóvenes, las dos Marías eran feministas convencidas y de ideas socialistas.
—El año que viene pienso ir a la Facultad de Filosofía y Le tras —dijo Goyri.
—Ay, María. No te van a dejar…
—Ya verás como sí. Que Matilde ya está de doctoranda. Voy a ir a la Universidad Central, le pese a quien le pese.
—¿Y tú qué vas a hacer? —Señaló a Lejárraga.
—Pues… creo que me quedaré de profesora en la Asociación. De inglés.
—¿Tú? —bromeó Julia—. ¡Pero si tienes un inglés de La Rioja! ¡De San Millán de la Cogolla!
—Oye, aquí la señoritinga de la mother tongue . Bien que me han ofrecido el empleo… ¡Claro, como a ti no te hace falta!
—¿Quién dice que no? ¡Ni que fuera mío el taller, que es de mi padre! Y algún día, será para mi hermano…
—Venga ya. Si te lo estás trabajando como una gata.
—Como una leona —apuntó María de la O.
— Like a lioness! —exclamó Goyri.
Se echaron todas a reír.
—Y, si no, siempre te quedará el piano…, que me han dicho que volviste a sacar sobresaliente y que salió en los periódicos.
—Tuve suerte con el examen.
Julia sonrió, orgullosa.
—Bueno, y de amores, ¿cómo vamos?
—Calla —dijo Lejárraga—. Que a mí solo se me ha declarado en mi vida Gregorito.
—¿Ese crío? ¡Pero si tiene ocho años!
—Ya, hija. Que me quiere mucho, dice. Que no me case con otro. ¡Que le espere!
Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Ay, pobre! ¡Qué malísimo es el amor! ¡Que no perdona a nadie ni aunque haya un abismo de edad! ¿Y tú, Julia, qué?
—Todavía nada. Estoy muy ocupada.
Pese a sus palabras, no podía negarse a sí misma que se acordaba a menudo de Konrad. De su acento cerrado de Núremberg, su pelo rojo y sus ojos grises… De su seriedad profunda y tan se rena. Y de su altura, tan llamativa.
Después de todas las chanzas sobre Gregorito no estaba dispuesta a confesar que ella misma fantaseaba con alguien que le doblaba la edad.
—La que sí nos lleva ventaja es Elena…
—¿Cómo?
—¿En serio?
Las dos Marías se volvieron hacia ella, que no pudo evitar el rubor.
—Pero si casi no ha pasado nada…
—Un chico le ha regalado flores. Rosas rojas. Y se besaron en un landó. Frente al Palacio de la Industria y de las Artes.
—¿Qué dices? ¿En un palacio y todo?
—Bueno, frente a él.
—¡Cuéntanoslo todo!
Entonces Elena, con una gran sonrisa, les fue contando todo lo que pasó la tarde del hipódromo. Y también cómo había buscado a Sebastián en el cambio de la guardia y, después, que él le había regalado rosas.
—Y ahora ya no sé cómo encontrarle —dijo Elena.
—Pues tienes que hacerlo. Si hace falta, nos colamos en el cuartel —comentó María de la O.
—Sí, y en el Palacio Real, si te parece. Y que nos metan en los calabozos —soltó Julia.
—Anda, anda, exagerada. Si asaltamos los muros por amor, está bien justificado. ¿No es lo mismo que hacen los hombres? Como el Tenorio, que ya deben de estar preparando el teatro para ponerlo otra vez. ¿Cuántos años llevan ya? —dijo Goyri.
—Pues como medio siglo.
—Medio siglo asaltando balcones y muros de conventos. ¡Y no vas a poder tú hacer lo mismo! Ya te digo yo que lo hago. Si un hombre puede, yo también —insistía Goyri.
—Cálmense, señoritas. Que esto se nos está yendo de las manos.
Volvieron a reírse todas.
—Necesitamos un plan. Sebastián y Elena tienen que encontrarse.
—No sé ni cómo se apellida. Solo que quiere ser alabardero.
—Algo se nos ocurrirá.
—¡Una oferta!
—Claro…, eso es. Una oferta del taller. Cinturones y cartucheras. Solo para alabarderos y demás soldados. Tú harás de comercial, Elena. Seguro que te dejarán pasar y así podrás verlo.
—Bueno, siendo las tres alumnas de Comercio estaba claro por dónde íbamos a tirar. ¡Por las promociones!
—Prepararé las tarjetas —dijo Julia, con una sonrisa de oreja a oreja—. Será una oferta que no podrán rechazar.
Las Marías tomaron las manos de Elena.
—Y, cuando lo encuentres, nos lo tienes que contar absolutamente todo.
—Y, además, tendrás que casarte antes de la fecha límite.
—¿Qué fecha límite? —preguntó Julia.
—La última vez dijimos que pondríamos una. ¡Para todas! ¿No te acuerdas? Si no la ponemos, no nos vamos a casar nunca, con lo dejadas que somos para los hombres.
—¡Pero aquello era una broma!
—De eso nada. ¿Cuál era el año?
—Pues ¿qué os parece si apuramos el siglo… hasta el final?
—¿1900? Eso cómo máximo.
—Así lo inauguramos por todo lo alto.
—Lo que digáis.
—Es un pacto, ¿eh?
—Es un pacto. Para 1900, todas señoras.
—¡Y licenciadas!
—¡Por supuesto!
Todas brindaron en el centro de la mesa, y no lo hicieron con chocolate, sino con un ponche muy poco apropiado para mozas tan jóvenes.