La casa del hilo rojo Capítulo 27
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Capítulo 27

—En tu vida va a haber, por lo menos, tres mujeres, y dos de ellas seguramente van a ser la misma.

La primera se va a parecer a ti, a tu familia, porque todavía no tienes muchas fuerzas para buscar a alguien distinto y apenas te estás asomando al mundo.

Con esta no vas a comprometerte. Una relación fácil, distante, algo fantástica.

Luego, la de tu matrimonio, que es tu complementaria.

Alguien opuesto a ti, la que te conviene para engendrar los hijos porque los opuestos se atraen, eso es así.

Una vez engendrados, os convertiréis en enemigos.

Y luego está la última, la que te recuerda a tu madre y a la que vas como un cordero en cuanto te flaquean las piernas.

Y esta última es la que puede coincidir con la primera.

Eso se lo había dicho a Prudencio su madre cuando era adolescente, y lo había cumplido como si fuera a misa. En aquellos tiempos en que empezaba en el oficio de zapatero, harto de estar descalzo, trabajando en el campo con las plantas de los pies negras de tierra y más duras que un leño.

Cuando conoció a Justa, supo que era como él.

Tan como él que a veces le parecía estar hablando consigo mismo.

Pero se casó con Mariana, la que le convenía.

¿Quién habría querido convivir con una mujer como Justa, tan impetuosa que no dejaba ni hablar?

Le había atraído desde el principio, pero solo porque la veía poco.

Porque cuando se encontraba con ella era todo una locura de entrega y de reproches, de discusiones y de viajes al paraíso con cada reconciliación.

Fuego con fuego, decía. No podían estar juntos.

La medalla de san Crispiniano se la había dado la primera noche que estuvo con ella y nunca se había arrepentido.

Pero Justa no era una mujer que pudiera encerrar en su casa, porque tenía su trabajo de partera y una familia sólida que la apoyaba y a la que siempre podría volver, y esas dos cosas la hacían poderosa.

Uno no quiere a una mujer poderosa en su casa, ni mucho menos a una igual, porque eso es el infierno.

Por eso siempre había sabido, también, que no se podía casar con ella.

Para Mariana, en cambio, él era el mundo porque era la única comida y la única familia a la que tenía acceso.

Sin él, Mariana se moría. Las mujeres, le había dicho su madre, son como las vacas.

Van por los cercados que tú les pones, ni más ni menos.

Y si no los pones, ellas te los ponen. Mariana no tenía adónde ir ni dónde comer, y eso era todo.

Nada de esto lo había pensado entonces, cuando el instinto le había llevado a la iglesia del brazo de Mariana, mientras Justa se comía los puños de rabia cuando ayudaba al enésimo niño a venir al mundo.

Sin embargo, ahora lo veía con la misma claridad del día, con la misma con la que veía el paisaje en el camino de vuelta al pueblo.

Volvía por los caminos pardos de La Mancha y Extremadura, sin Elena en la carreta, pero con un buen dinero en los bolsillos. Y se acordaba de todo lo que le habían dicho sobre las mujeres. Y, por fin, lo entendía.

Hacía un par de años que se le había asomado a las entendederas la intuición de la vejez y de la enfermedad.

Algunos temblores al sujetar el martillo y los clavos.

Puntadas fuera de su sitio. Plantillas mal cortadas.

La queja de algún cliente. Lo que le costaba caminar hacia la fábrica de corcho, adonde llegaba cansado y resoplando.

La flojera del miembro por las mañanas. Mariana ya no le servía ni para eso.

La necesidad de Justa volvió de nuevo. Ella sí que conseguía excitarle con el mero pensamiento, con el recuerdo de sus primeros encuentros, en la juventud, y con la privación que había sufrido de su cuerpo, al que nunca había tenido acceso de continuo.

Y Justa era fuerte, de cuerpo y de carácter.

Se imponía a lo que fuera. Tenía una fortaleza animal que la ayudaba a llevar los par tos a término y había derrotado a la muerte infinidad de veces.

Seguro que también podía defenderlo a él de la enfermedad, de la vejez y de la muerte misma.

Justa lo convertiría en un hombre nuevo, le devolvería el deseo y las ganas de vivir.

Y, en última instancia, lo cuidaría. Justa tenía una familia grande, con hermanas, primas, una buena casa.

Incluso sus imposiciones le parecían bien a aquel nuevo Prudencio, más vulnerable, más flojo e inseguro de todo.

Notaba incluso que la mente, en ocasiones, le fallaba.

Ensoñaciones, delirios, olvidos… Justa, con sus dictados de hierro, con su seguridad y confianza infinitas, sería capaz de poner cercas también a su mente débil y protegerlo de la locura. De los fantasmas. De la culpa.

«Lo de Mariana» había sido un desgraciado accidente, como todos en el pueblo sabían.

No se le podía culpar por discutir y forcejear con una mujer que lo frustraba y que no le hacía feliz.

Le había desobedecido y su madre, la matriarca de los Borrallo, había muerto por su infausta visita a la casa.

Mariana había precipitado su trágico deterioro.

Nadie podría decir que no se lo merecía.

Sin embargo, Justa tampoco estaba respondiendo a sus expectativas.

Desde que se había instalado en la casa parecía haberlo hecho solo por Carmen, esa niña a la que había ayudado a nacer a última hora, a regañadientes.

Solo le prestaba atención a ella y a él lo ignoraba.

No podía exigirle nada, puesto que sabía que, frente a ella, no tenía ningún poder.

Justa era libre, porque tenía familia y trabajo, y podía marcharse cuando quisiera.

Así que tenía que conformarse. La mujer solo vivía para ganarse el afecto de Carmen, cuando él la había traído para que lo cuidase, para que le hiciera de madre, ahora que la otra había muerto.

Solo quería sentirse protagonista otra vez.

Lo más importante del mundo para alguien.

Pero para Justa solo parecía existir Carmen.

¡Cómo le había decepcionado! ¿Podía sentir celos de su propia hija?

Al fin dejó atrás los caminos interminables, las posadas, los campos de secano llenos de arbustos, y empezó a encontrarse los familiares alcornoques de la región, las aisladas casas de pastoreo, el cementerio con sus cipreses. Ya estaba cerca.

En ese momento le sorprendió la sangre de una oveja, que estaba medio destripada en el suelo, en mitad del camino.

Al acercarse se dio cuenta de que había tres más, descomponiéndose y llenas de moscas.

Estaba claro que las había atrapado algún animal salvaje y había hecho con ellas una escabechina.

No quería arriesgarse a pasarles por encima con el carro, por lo que, poniéndose una tela sobre la nariz, se bajó y empezó a tirarles de las patas para sacarlas del camino.

Estaban tan descompuestas que se hicieron pedazos al apartarlas y, con mucho asco y náuseas, Prudencio tuvo que desplazar con el pie los costillares y las vísceras.

Se arrodilló para sacar la última y entonces lo vio: el Lagarto de las Peñas lo miraba entre las rocas y sus ojos amarillos le estremecieron de pies a cabeza.

El animal abrió las fauces, enseñando sus hileras de dientes, y luego las cerró, en una sonrisa siniestra. Se deslizó, susurrando entre las rocas y los juncos, con movimientos sinuosos, como hacen las serpientes.

Prudencio caminó unos pasos como hipnotizado y se internó entre la hierba alta y seca, hacia los árboles. Estaba cayendo la luz y no estaba seguro de haber visto bien. Aquella criatura inmensa y maldita parecía invitarlo a que lo siguiera.

Tan obnubilado estaba que no se dio cuenta cuando metió de lleno la pierna en el cepo de hierro.

El grito rompió el crepúsculo y Prudencio cayó al suelo y se abrazó la pierna horrorizado, con los dientes de metal cerrándose en su carne, enterrándose hasta el hueso. La sangre le teñía la ropa y caía en regueros hasta el suelo, manchando la hierba y salpicando todo alrededor.

Intentó alejarse hacia el carro, arrastrándose, pero pronto descubrió que el cepo estaba encadenado a un alcornoque, para que no se lo llevaran.

Entendió que quien lo había puesto ahí había colocado también las ovejas sacrificadas.

¿Era para un lobo? ¿Para un zorro? ¿Para el propio Lagarto?

Sin duda una pieza mayor, digna de poner en el dintel de una casa o presidir un salón.

Pero él, Prudencio, era el cazado esa vez.

No estaba lejos de casa y solo tenía al caballo para que avisara.

Cuando vieran que volvía solo sabrían que algo le había pasado.

¡Arre! ¡Arre! El caballo echó a andar y Prudencio se dio cuenta de que, en verdad, el que le había mirado era el Lagarto de las Peñas, del que decían que impartía una justicia cruel a aquellos que la merecían.

¿La merecía él acaso? Lo que estaba claro era que la desgracia le había caído encima.

Al sentir que se le iban las fuerzas, y por miedo a que le robaran, hizo un hueco con las manos y enterró en él las seiscientas veinte pesetas que Julia le había dado por la libertad de Elena.

Cegado por el dolor y acechado ya por la noche, se sumergió en una negrura aún más profunda.

Al abrir los ojos se encontró allí a Justa. Como estaba tirado en el suelo, con la cabeza de lado, la veía girada. Había venido con la Marcas.

—Justa… Menos mal que has venido. Me… me estoy desangrando.

Ella se agachó y observó sus heridas. No era un cepo normal, sino uno mucho más grande y de dientes profundos. Destinado a atrapar a una bestia de gran tamaño y fuerza.

Además de la pierna, Prudencio se había destrozado las manos en el intento de librarse de la trampa. Estaba claro que ya ni como zapatero iba a servir, y eso era lo único que requerían de él sus vecinos: que fuera buen artesano, que cumpliera con sus encargos. Su única utilidad.

Justa iba a tener que mantener a un lisiado, viejo y de mal humor, un lastre que le había negado el matrimonio cuando aún era joven y tenía algo que ofrecer como hombre, incluidos los hijos. Y ahora, ¿le iba a tocar a ella echárselo a cuestas cuando su único interés estaba en Carmen?

—Yo a esto no le veo ningún remedio. No vas a pasar de esta noche —dijo con rotundidad.

La Marcas la miró horrorizada y retuvo el aliento. Pero luego miró a Prudencio y recordó todo lo que le había hecho a Mariana. Su mezquindad, la falta de justicia. Cómo lo había amañado todo. La separación y la huida de Elena. La soledad de Carmen.

Se cruzó de brazos.

Justa asintió.

—Los dientes son profundos y la sangre no coagula. Le ha alcanzado la arteria por detrás de la rodilla. Tú vuelve a casa, que yo me encargo de esto.

—No. Yo me espero en el camino. Y, si aparece alguien, le digo que dé un rodeo, que hay un loco suelto.

Pero ya era de noche y nadie oyó los gritos de Prudencio, que al principio fueron intensos. Pasadas un par de horas, empezaron a apagarse y a transformarse en gemidos, mientras se le iba la conciencia como por un desagüe. Justa esperó, paciente, a que pasara la noche.

Para cuando la luz de la mañana reveló los ojos en blanco de Prudencio y su rostro cenizo, las mujeres ya se habían marchado. Por primera vez en su vida Justa, en lugar de traer vida, había decidido traer muerte.

«Se desmayó y no pudo avisar». «Mala suerte». «Estuvimos toda la noche dando vueltas. Para cuando lo encontramos…» fueron las versiones oficiales. Y todos en el pueblo respondían: «Qué lástima. Con los buenos zapatos que hacía». La muerte de Prudencio fue una faena, aunque no una pena para nadie.

—Ya solo estamos tú y yo —le dijo Justa a Carmen en el entierro.

—¿Y Elena? ¿No venía con él desde Madrid?

Llevaba mucho tiempo esperando aquel momento, hambrienta de su hermana, preparándose para cuando volviera a verla.

—No ha venido y no va a venir, Carmen. Solo estamos tú y yo. Y yo estaré contigo para siempre, cuidándote, haciéndote compa ñía. No te preocupes por nada, que nos tenemos la una a la otra.

La niña echó al fuego la muñeca hecha de cueros que su hermana le había cosido como regalo de nacimiento.

La desilusión le había arrebatado la niñez.

Algo se rompió dentro de ella ese día, algo irreparable, sin vuelta atrás.

Elena había elegido su vida en Madrid, por encima de ella, una vez más.

La había relegado y abandonado por enésima vez.

Un fogonazo de fatalidad despertó en ella para quedarse.

El papel de las seiscientas veinte pesetas ya se estaba pudriendo bajo tierra.