Capítulo 26 #3
—Mi madre lo estaba ahorrando para mí. Para una máquina de coser… —se defendió.
—¡No eres más que una ladrona!
Prudencio azuzó al caballo para presionar a Julia, pero ella no apartó la bicicleta.
—¿Cuánto le debe? —preguntó.
—Mucho. Los ahorros de una vida, trabajando honradamente.
—¿Cuánto es mucho?
Prudencio se puso firme y empezó a pensar. Lo mismo podía sacarle un dinero a la niñata aquella. Miró de reojo a Elena, que no se atrevía aún a saltar del carro. Y luego miró a Julia otra vez, tan bien vestida, con su sombrero elegante y esa máquina de acero que montaba. Lo mismo hasta era rica.
—Ochocientas pesetas.
Elena negaba con la cabeza. Cada vez con más energía en su cuerpo. Estaba saliendo de la parálisis y dio un salto al suelo, de pura indignación. Julia se puso junto a ella, como si pudiera arroparla con su mera presencia. A lomos de aquella bicicleta se la veía mucho más segura e imponente.
—En esa lata no había ni cincuenta pesetas —explicó—. Es todo lo que pudo reunir mi pobre madre…
—Ochocientas o la denuncio ahora mismo a la Policía.
Julia puso sus manos en jarras y negó con la cabeza, al tiempo que sonreía con sarcasmo.
—Es usted un miserable. Le doy seiscientas y se va por donde ha venido.
—Setecientas.
—Seiscientas veinte y ni un duro más.
—Sea.
Era como si el tipo se acabara de comprar tres bicicletas. Le hizo una letra de cambio allí mismo, con vencimiento del día, y le ofreció el papel, sin dejar aún que lo agarrara.
—Y con esto compro su promesa de que no molestará a Elena nunca más.
Prudencio trató de hacerse con la letra, pero ella retiró todavía más la mano.
—Júremelo —le desafió.
—Sea —cedió él.
Solo entonces Julia se la puso al alcance.
—Total, para lo poco que sirve esta muchacha —se justificó él—. Aunque hubo un tiempo, hace años…
Prudencio miró entonces a su hija y ella le devolvió la mirada.
Hubo un tiempo en que la tenía de asistente en el taller, con las guarniciones de los zapatos.
Aquellas tardes en silencio, antes de que todo se trastornara con aquel viaje que Mariana nunca debió hacer.
Ahora ya era irreparable. Pero sí, Prudencio sabía lo que valía.
Él mismo le había enseñado el oficio y había despertado el talento de sus dedos. En esas manos había dinero.
—¡Bah!
Chasqueó la lengua para alertar al caballo y Julia apartó la bicicleta. La carreta pasó de largo, hacia los caminos de las afueras.
—¡Use el dinero para ayudar a Carmen! Cuídela bien, se lo debe a madre —le gritó Elena desde la distancia.
Ambas lo miraron alejarse, con el trote del caballo y el ruido de los cascos y del carro contra los adoquines de piedra.
—No sé cómo voy a pagárselo, Julia… —dijo Elena.
—¿Pues cómo va a ser? Trabajando, como todo el mundo…
Le mostró el bolso de cuero que le había cosido.
—Necesito uno mejor y más grande, con los mejores materiales.
Y con un asa larga, para que no me estorbe en la bicicleta.
Que lo vea bien cualquiera que me pase por al lado.
Hace días que le doy vueltas, y creo que ya es hora de que las mujeres podamos utilizar bolsos prácticos y a la vez bonitos, no estas tonterías de tela que ahora llevamos, faltriqueras feas o bolsitos incómodos y poco prácticos. ¿Qué te parece?
—¿De verdad quiere que trabaje en su taller? ¿Lo dice en serio? —De nuevo, la esperanza se abría paso en el pecho de la joven.
—Pues claro. Y de tú, Elena. Háblame de tú, que allí todos somos trabajadores. ¡Que yo también estoy allí, vendiendo!
—¿Y cuando acabe de coser su bolso?
—Pues coserás muchos más. Los de todas las mujeres que se van a morir de envidia cuando me lo vean.
Acordaron que Elena trabajaría en E. Loewe, sin retribución, hasta cubrir su deuda. Sería la primera obrera que cosería los cueros. La idea de Julia era empezar con una línea de artículos de piel para mujeres, lo antes posible. Ya no serían solo caballeros cosiendo para caballeros.
—La «nueva mujer», Elena. La que está harta de los bolsillos de tela y de los maletines tapizados que se rasgan en los trenes.
Una mujer viajera, como Nellie Bly. Trabajadora, como nosotras.
Que estudia y que necesita que sus pliegos no se mojen.
Que va en bicicleta al campo y a los parques, y no tiene miedo de ir sola por la calle.
Esa mujer del siglo xx que viene. Y nosotros le vamos a dar todo lo que necesita.
Las dos se sonrieron, se agarraron fuerte de las manos y luego empezaron a andar, camino de Ave María. A los tres pasos, Elena se paró.
—Espera un momento, ahora vengo.
Entró corriendo en la iglesia y fue hasta la estatua de la Virgen. Cogió una sola rosa y dejó las otras cinco.
—Perdóname.
Salió corriendo de allí, embriagada por el perfume de aquella sola rosa, que la llevaba directamente a Sebastián y al momento en que se habían besado en el landó.
Aquella noche lloró a mares por todo lo que había vivido. Pero, sobre todo, lloró de alivio y de agradecimiento porque podía decir que, por fin, no estaba sola en Madrid, sin familia ni amigas.
Porque por fin tenía una.