La casa del hilo rojo Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Se dio por vencida y se puso a recorrer el camino de vuelta.

Media hora cavilando, sin reparar apenas en las calles ni en las personas con las que se cruzaba.

Sin darse cuenta de sus pasos. Hasta que cruzó las puertas de San Lorenzo y las sombras se hicieron carne.

Porque allí estaba Prudencio. Y sintió cómo el pasado se le metía dentro de golpe.

Tras las puertas de palacio, Sebastián cerró el grifo de la manguera y salió a ayudar a su padre, que tenía en el suelo un cubo con un montón de trapos. Hacia el final del desfile se había puesto a fregar las columnas de arriba abajo, hasta los techos.

—Menos mal que estás tú aquí, porque está la plaza buena. Entre la pólvora, las pisadas de la gente y las semillas esas, voladoras. ¡Cómo se nota que es primavera! ¡Y encima se nos ha colado un perrillo a última hora, en la última compañía! Y allá que se ha hecho sus cosas.

Sebastián se puso a frotar la columna con los trapos, en silencio, con la fuerza que le daba su rabia contenida.

Tras el rechazo que había sufrido con Elena no quería decir ni una palabra.

Al final, no podía hacer más que eso, dejar las columnas tan blancas que a la próxima guardia los madrileños se quedaran ciegos de mirarlas.

Aquel día había acudido un montón de gente, justo el día en que los otros tres criados habían caído enfermos.

Su padre sabía cómo odiaba que le pidiera hacer «cosas de criado» cuando él estaba intentando separarse lo máximo posible de semejante destino.

Lo único que quería era llegar algún día a sargento y luego a alabardero.

«A mí pídame cosas de sargento, padre. Que lo otro no me interesa».

Pero en un día como aquel, de tanta necesidad, tenía que echarle una mano.

Limpiar las columnas le pareció un castigo justo por haberse enamorado de quien no debía.

Nunca debió entregar sus esperanzas a una muchacha desconocida… Se lo merecía, por estúpido.

—¿Qué te pasa, hijo? ¡Que como sigas dándole tan fuerte se va a gastar la piedra, y mira que es vieja!

Sebastián apretó los labios. La de aquella mañana había sido su última carta de amor… No pensaba volver a enamorarse en la puñetera vida.

—Tú te vienes conmigo para el pueblo hoy mismo —dijo Prudencio—. O te denuncio por ladrona.

A medida que él avanzaba, Elena retrocedía un paso tras otro, volcando las sillas. El ruido de la madera al caer retumbó contra la bóveda. Llena de espanto, miró de reojo a la Virgen, como si así pudiera obtener alguna ayuda. El párroco la había traicionado.

—¿Por qué abandonaste la casa y a tu hermana?

La sola mención de Carmen alteró a Elena hasta el punto de hacerla temblar.

Muchas noches se había preguntado si había hecho lo correcto, si había sido valiente dejando a su hermana.

Necesitaba huir y hacerse fuerte, conseguir ganarse el pan.

Si no, las autoridades nunca dejarían que se la llevara… Pero, por otro lado…

Buscó la salida por la puerta lateral, pero el padre Andrés la estaba bloqueando.

—Sé razonable, niña. No puedes seguir aquí. Nadie te ampara y acabarás mal…

Elena se sintió atrapada. Estaba en un pasillo de piedra, en penumbra, y sintió que el mundo le daba vueltas y el corazón se le desbocaba.

Entre aquellos dos hombres no tenía posibilidad alguna.

La sombra de Prudencio, bloqueando el paso, le trajo recuerdos del terrible día en que empujó a Mariana.

No tenía posibilidad física frente a ningún hombre, esa era una certeza que se le había quedado bien grabada. Necesitaba salir de allí como fuera.

Cayó al suelo con las rodillas dobladas, para protegerse de un golpe invisible que, en su recuerdo, bien podía ser mortal.

—Te llevaré a la carreta a rastras si hace falta —rugió su padre.

Prudencio la sujetó del brazo para obligarla a levantarse y la llevó hacia el pasillo central.

Elena no opuso resistencia alguna. Se dejó llevar, sumisa e, incluso, sorprendida y agradecida de seguir viva.

De que la sombra hubiera pasado, al menos de momento.

Seguía respirando, podía caminar. La luz la deslumbraba y tenía una sensación de absoluta irrealidad, como si no fuera ella misma la que caminara con sus piernas.

Era como si lo hiciera otra persona y lo estuviera viendo desde fuera.

Todo era fantasmal. Su cuerpo avanzaba solo, con paso anodino, hasta la salida, hasta la carreta.

Se subió en ella sin pensar, como una autómata.

Estaba sobreviviendo. Debía moverse lo menos posible y mantenerse en silencio.

—Es por tu bien, Elena —insistió el padre Andrés—. Madrid es una ciudad hostil si no tienes familia ni amigos. Yo estoy amparado por la Iglesia. Pero tú…

¿Qué otra cosa podía hacer? No podía vivir en la calle, debajo de un puente. Acabarían matándola y tirándola al río. O algo peor. Sin embargo, la sola idea de volver a aquella casa donde su madre había muerto, en el pueblo…

Pálida, con la mirada perdida, no encontraba la manera de responder a aquellos hombres. Estaba indefensa, más que nunca en su vida. Como decía el padre Andrés, no tenía familia ni tampoco amigos…

—Elena, ¿ya te vas? ¡Pero si acabas de llegar!

Una bicicleta se detuvo ante la carreta.

—He venido a buscarte antes y no estabas.

—Señorita Julia…

—Se vuelve al pueblo —dijo Prudencio—. Se acabó la broma, que bastante ha durado ya. Señorita, soy su padre, y Elena se vuelve a casa conmigo. Fin de la historia.

—¿Y no vas a volver? —Julia, resignada ante la agria rotundidad de aquel hombre, inclinó un poco la bicicleta para asomarse por detrás de Prudencio—. ¿Y qué pasa con…? Ya sabes, con las flores. Las que te traje antes.

Elena estaba pálida y desorientada.

—Oiga, me parece que no se encuentra bien —dijo Julia a Prudencio.

—Tú apártate, muchacha, que nos estás demorando. Y el camino hasta Badajoz es largo.

—Es que no debería viajar así, enferma… ¿No puede esperar a que se recupere?

—Tengo el campo desatendido, niña. Tú de estas cosas no entiendes. —Le lanzó una mirada despectiva.

—Bueno, entiendo que una enferma no puede viajar. Porque se puede poner mucho peor.

—¿Qué flores, Julia? —dijo tímidamente Elena, que no se tenía en pie.

Ambos dejaron de discutir y la miraron. Solo había sido un hilo de voz. Lo primero que había dicho.

—¿Qué flores?

—Sebastián te trajo rosas a la casa.

Aquello despertó a Elena de su letargo. Las palabras se le infiltraron en la sangre como la primavera: al principio de forma sutil y luego con una fuerza desesperada.

Un barrido luminoso de esperanza, que le devolvió el color al rostro y la vida a los gestos de la cara.

Se le asentó sobre los hombros algo de la determinación perdida.

Recordó las rosas rojas a los pies de la Virgen, cuando la había mirado en busca de socorro.

Seis rosas de sangre que ahora bombeaban en su corazón y le permitían seguir con la vida, moverse, apearse de aquel carro infame.

Dirigirse hacia un destino. Aunque ese destino la alejara por el momento de su hermana.

Le partía el corazón, pero se sentía incapaz de volver al pueblo con aquel monstruo en que se había convertido su padre. Sencillamente, no podía.

—¿Adónde te crees que vas, Elena?

Ella apretó los labios. Aún no tenía valor para contestarle ni enfrentarse a él, pero siguió dando pasos, hasta apoyar los pies al borde de la carreta.

—¡Tienes que volver a casa, a trabajar y a ocuparte de tu hermana! ¡Desagradecida! ¡Y devolver lo que nos robaste!

Se refería al dinero de Mariana, que Elena se había llevado de la lata de la cocina. Era de su madre y, por lo tanto, de su padre. Así eran las cosas.