La casa del hilo rojo Capítulo 26
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Capítulo 26

Aquel día, Julia salió de la Escuela y se encontró en Atocha con Sofía. La institutriz le dijo que había una sorpresa esperándola en su casa.

La joven recorrió volando la distancia hasta su hogar.

Tuvo que esquivar en plena acera a unos taberneros que vendían zarzaparrilla; a otros dos que estaban de cháchara, apurando de pie su café de puchero, y a un tendero, con sus sombrillas de encaje en mitad de la calle.

Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para entorpecerle el paso.

Ojalá hubiera podido viajar con el pensamiento.

Flotando sobre Madrid, como en un globo aerostático.

Logró alcanzar Lavapiés y cruzar las puertas del portal, justo cuando salía un muchacho vestido de soldado. Por un segundo creyó reconocerlo: ¿no era el mismo que había corrido detrás del carruaje el día en que salieron del hipódromo? El mismo que había besado a Elena…

No sabría decirlo. Solo le había visto de lejos y todos los soldados vestían parecido. A saber. Se encontró al portero entretenido con los pasatiempos del periódico.

—¿Y estas rosas rojas?

Entonces se le cayó el alma a los botines. ¿De verdad había llegado corriendo por un posible pretendiente? Estaba tan segura de que la sorpresa venía de Londres que no se imaginaba nin guna otra cosa.

—Eran para Elena, pero aquí se han quedado.

—Pues qué desperdicio tan grande.

—Y que lo diga. Pero lo que tengo para usted es aún mejor.

—¿Cuántas cartas son? Dígamelo, que no puedo aguantar ya tanto misterio. —Se quitó los guantes, tirando de las puntas.

—¿Cartas? ¡Ay, señorita! Siéntese aunque sea en la escalera porque se va a caer usted de espaldas. ¡Que casi me caigo yo y eso que no era para mí!

Julia no sabía qué decir. Si no eran cartas, ¿qué era?

—Pero… pero entonces…

—Espéreme aquí. Espere que se va a llevar la sorpresa de su vida. ¡Las cartas no son más que papel! Pero esto… ¡esto es canela fina!

Julia se cruzó de brazos y esperó a que el hombre diera la vuelta al mostrador y se dirigiera al trastero.

Las cartas de su madre no eran solo papel en absoluto.

Aquel hombre no podía entender nada. Eran la voz perdida de su madre, una parte fundamental de ella, de sus sueños y su historia desconocida.

La parte de su destino que se le escapaba, porque el destino, Julia estaba convencida, entre madres e hijas siempre se repite.

Esas cartas eran lo único que le importaba y necesitaba recuperarlas como fuera. ¿Qué más podría haber venido de Londres? Recordaba habérselo dicho claro a la tía Hinton. No había confusión posible.

—Aquí la tiene, en todo su esplendor —dijo el portero—. ¡El esplendor del acero cromado!

Julia no podía creerse lo que estaba viendo. Si ni siquiera sabía montar…

El portero lanzó un silbido, calculando.

—Doscientas veinticinco pesetas como mínimo.

Era una bicicleta último modelo.

Julia decidió que ella misma le llevaría las rosas a Elena.

No podía ser que ese primer amor, nacido de un primer beso, se quedara agonizando sobre el mostrador de una portería sin que ella lo supiera nunca.

Aprovecharía que la parroquia de San Lorenzo estaba a solo dos calles para probar el vehículo recién llegado.

La máquina era una Elswick cromada inglesa con neumáticos Scottish, ligera, como las parisinas y las londinenses, de tan solo doce kilos.

Julia se agarró bien a sus manillares de corcho, sujetando como podía su bolsillo apretado contra uno y el manojo de rosas contra el otro. Quitó la pata de cabra con el pie.

Avanzó como un pato hasta la plaza de Lavapiés, con las piernas muy abiertas, un paso tras otro, como si anduviera lisiada.

Por suerte, el sillín estaba tan bajo que le llegaban los pies al suelo, aunque las caras de los vecinos eran un poema: la miraban como si hubiera perdido la cabeza.

Si bien ya no era tan raro ver alguna que otra bicicleta a las afueras, en el campo, era una insensatez intentar llevar una en plena urbe, atravesando el tráfico.

¡Podían pasarle mil cosas horribles! Atropellar a los peatones o ser atropellada por carruajes, carretas y tranvías…

Además, venía de la Escuela, con su blusa de mangas abombadas, su falda amplia, que le estorbaba por todas partes, y el sombrero, que a punto estuvo de volarse varias veces.

Pensó en bajarse e ir andando, llevando el cacharro por «los cuernos», pero al girar por la calle Santa Fe decidió arriesgar un poco más y probar su equilibrio. Despegó ambos pies de la calzada.

Fue una auténtica temeridad. Empezó a ir más deprisa, a dar bandazos a un lado y a otro, corrigiendo la dirección con el manillar a trompicones.

Se le cruzó un peatón, aterrado, y tuvo que darle varios timbrazos, con lo que se asustó aún más y se quedó paralizado.

Ella intentó evitarlo, él se volvió por donde había venido y Julia, por no caer en males mayores, acabó en el suelo, todo lo larga que era, con la falda atrapada en los pedales.

Nadie se ofreció a echarle una mano porque a quién se le ocurre hacer algo así.

Raro era que no hubiera acabado en el hospital.

Las señoras que pasaban a su lado se hartaron de murmurar.

Julia se bajó como pudo, con las medias y la dignidad arañadas.

Se sacudió las faldas y se recolocó la blusa; reorganizó el ramo, que estaba deslavazado en el suelo; agarró en el puño la limosnera de tela, a la que estaba tomando una manía insoportable porque le había estorbado durante todo el trayecto; tomó aire y caminó con la máquina a un lado hasta llegar a la iglesia. Enseguida localizó al padre Andrés.

—¿Está Elena, padre? Traigo estas flores para ella…

—La he mandado a la droguería. Hacían falta unos polvos para la plata del cáliz. Y para la patena.

Julia sacó el reloj con cadena de su falda.

Iba mal de tiempo, como siempre. Además de asistir a la Escuela, tenía que atender a los clientes del taller y practicar al piano.

Iba a presentarse a los exámenes del conservatorio ese junio, vaya que sí, a la vez que a los de Comercio…

Se le iba a juntar todo. Miró la bicicleta y pensó que, si lograba hacerse con ella, podría ahorrarse sus buenos minutos cada día.

—Tome. Y dígale que son de su enamorado, el del hipódromo.

Le dejó las rosas en los brazos y se montó en la bicicleta, apretando la limosnera de tela una vez más contra el manillar y pensando: «Menuda porquería». Siguió haciendo el pato por toda la calle, sujetándose fuerte el sombrero con una de las manos, para evitar que saliera disparado.

Al llegar al taller ya estaba hastiada de la limosnera que tanta guerra le había dado.

Abrió el armario de los abrigos, la lanzó adentro con desdén y cerró de un portazo.

Cuando fue a la parte de atrás, donde los operarios ya estaban trabajando, se dio cuenta de que el bolsito que Elena le había cosido, en cuero, aún seguía en la mesa.

Llevaba una cinta para colgárselo, cruzado, sin estorbos. Como si fuera un zurrón.

Mientras, en la iglesia, el padre Andrés se acercó al altar y puso las rosas en uno de sus muchos jarrones, a los pies de la Virgen. Era absurdo decirle nada a Elena sobre un pretendiente cuando su padre, Prudencio, estaba de camino y se la iba a llevar ese mismo día al pueblo.

Elena ya sabía que, a su vuelta a San Lorenzo, le esperaba una buena bronca del padre Andrés: «¿Cómo es que para ir a una droguería te tiras casi dos horas?», «¿Es que has ido a buscar los polvos a Manila?». A pesar de todo, fue incapaz de resistirse.

Corrió y corrió, cruzando medio Madrid, y se le cambió el ritmo del corazón cuando vio la cúpula y los ornamentos del Palacio Real.

Al asomarse a las rejas ya sonaba el pífano de la marcha real fusilera anunciando el Relevo Solemne de la Guardia.

Los músicos empezaron a desfilar ante sus ojos, pero ella no estaba pendiente de centinelas, caballos o cañones.

Solo le interesaba la audiencia: los niños, los jóvenes, los hombres…

Los que miraban con fascinación a todos aquellos soldados serios, con su bigote enhiesto y su perilla.

¿Dónde estaría él? Si tenía alguna posibilidad de verle era allí, en los alrededores de palacio.

Como ya ocurriera en el hipódromo, todos los ojos estaban pendientes de la acción menos los de ella, que buscaban a su alma afín entre la multitud.

Ese alguien con quien cruzar la mirada y comunicarse en silencio.

Que la separara del mundo y creara uno nuevo.

Sin embargo, esa vez estaba sola. Sus ojos no encontraron otros con los que dialogar.

Desfilaron por la plaza de la Armería la guardia entrante y la saliente.

Lanceros, alabarderos, fusileros, piezas de artillería y carrillos de munición…

A cada cambio de compañía, el corazón de Elena se iba desanimando un poco más.

El desfile ya tocaba a su fin. Un criado se puso a regar las columnas con una manguera de chorro tan potente que, con el pulgar a medias sobre la boca, alcanzaba hasta los mismos techos. Un perrillo callejero se coló entre las piernas de la última compañía.

Su búsqueda fracasó durante una hora completa. Sebastián no había acudido.

¿De qué otra forma podían encontrarse? ¿Cómo iba a volver al hipódromo, ahora que ya no servía en una buena casa? Quizá podría trabajar de lavandera o de tablajera en el mercado, a lo sumo. No volvería a pisar un lugar como aquel.

Solo le quedaban los Relevos de Guardia de Palacio, con la esperanza de que quizá algún día vislumbrara a Sebastián entre los asistentes. O incluso desfilando. Entonces sería como aquella primera vez: sus miradas se encontrarían de nuevo y sentiría ese aleteo por toda la sangre.

Con Sebastián a su lado desaparecerían las sombras, incluso aquellas que no se atrevía ni a mencionar en voz alta.