Capítulo 25
Julia le preguntaba al portero día sí y día también, cada vez que entraba y salía de la casa: «¿Hay cartas de Londres?».
El portero ojeaba la correspondencia y siempre le contestaba que no.
Durante aquellas semanas solo llegaron cartas para Elena, hasta tres de ellas, que el diligente empleado entregó puntualmente a Eduardo para que se las diera a su criada, a la que no veía desde hacía días, por lo que dedujo que estaría guardando cama.
Al pequeño Angelito tampoco se le oía ya en el edificio, puesto que se había quedado a cargo de su abuela.
Libre al fin de su mujer y su hijo, Eduardo se había hecho justicia a sí mismo y disfrutaba del piso de soltero que los amigos de su entorno habían gozado durante años y que a él se le había hurtado en su momento.
Ahora tenía su propio dinero, el del bufete, y ya no necesitaba tragar con las presiones de nadie.
Tan solo era un respetable hombre casado que, como tantos, había tenido la desgracia de juntarse con una mujer delicada de los nervios, que no había soportado los aires vigorosos de Madrid y que convalecía en un sanatorio.
Con ello daba la razón a los que le decían que, para amar la capital, había que ser madrileño: vibrar con el chocolate, los teatros, los carruajes, la lumbre de las farolas y el recién oficializado schottisch , esa polca alemana o escocesa, nadie lo sabía bien, que se bailaba muy pegado y al son del organillo.
Los que venían de fuera, en cambio, languidecían recordando sus valles de origen, sus montañas, sus mares y sus bosques, sin acabar nunca de acostumbrarse a los tranvías, las prisas y la esclavitud del reloj, porque en Madrid siempre había mil cosas que hacer.
La pobre Celia había caído, sin duda, en este tipo de melancolía y su marido había hecho bien en velar por ella y mandarla bien lejos.
Por supuesto, las cartas no llegaban enteras al tercer piso.
En cuanto pasaban de las manos del portero a las de Eduardo, este se daba la vuelta y rasgaba el sobre hasta que conseguía extraer la cuartilla.
Entonces, mientras subía los escalones, pasaba los ojos por encima de las líneas con furia contenida, antes de romperlas hasta no dejar más que tiras de papel en sus manos.
Señorita Elena:
Atentamente le envío una nueva carta temiendo que no le haya llegado la primera y en la esperanza de que no la considere inconveniente.
Sería mi deseo más querido el poder verla de nuevo y que me diga en persona si es justo que me siga aferrando a una ilusión.
De usted depende que se convierta en algo más, aunque ya me dio la impresión en nuestro primer encuentro.
¿No le parece que hubo algo más que aire entre nosotros?
En la mayor de las esperas hasta su respuesta.
Suyo,
Sebastián
Cuando llegaba al final de la escalera, después de entrar en el piso, Eduardo lanzaba los pedacitos restantes y se quitaba la chaqueta como si nada.
El tal Sebastián no podía ser ni más apuesto ni más listo ni más rico que él.
Con su comportamiento, Elena no hacía más que demostrar lo necia que era.
Había que serlo para preferir a un soldado de mala muerte a todo un abogado de un gran bufete de Madrid.
Que fuera una ignorante redomada no le daba ningún consuelo. La herida en su orgullo era demasiado grande y, aunque durante esos días de soltería recuperada había seducido a otras, volvía a punzarle con cada carta.
Odiaba leerlas y, a la vez, no conseguía evitarlo. Era casi compulsivo: en cuanto sabía de la existencia de una nueva, el despecho volvía con fuerza y, aunque intentaba negarlo y distraerse, repetirse que estaba por encima, se lo comía por dentro.
Se recostaba en el diván y fantaseaba con que Elena no se le había escapado.
Con que ella misma reconocía su error y se le entregaba hasta el final.
El tal Sebastián sufría una derrota sin paliativos.
Aquellas tardes se acariciaba pensando en ella y se aliviaba hasta quedarse rendido.
Durante aquellos momentos era solo suya y calmaba, a un tiempo, el deseo y la necesidad de ganar.
Así, en su mente, recuperaba el lugar que le correspondía.
Porque de Juan Eduardo Aldamonte no se reía nadie.
Mientras, en la «parroquia de las chinches», Elena ayudaba a las mujeres a coserle a la Virgen un mantón chinesco.
En la fiesta del patrón era cuando todas las mujeres del barrio sacaban sus mantones a la calle, como una curiosidad, pues estaban demasiado pasados de moda para ponérselos en cualquier otro momento del año.
Pero la de San Lorenzo era la fiesta más antigua y popular de todo Lavapiés y merecía ser también la más colorida.
La verbena se montaba los tres días: antes, durante y después.
Se adornaba el barrio con cadenetas de papel y farolillos a la veneciana, y por todos lados se prodigaban los puestos de melones y sandías.
No había un minuto en que no se oyera música, tan solo interrumpida por los gritos de la tómbola en beneficio de los pobres.
Y, como momento estrella, por las calles angostas, se sacaba en procesión al santo en un trono con palio, rodeado de flores y con sus mejores galas.
Aún quedaba tiempo para el 10 de agosto, pero todo el barrio, y en especial la parroquia, ya se preparaba para aquellos tres días de fiesta y devoción.
Las mujeres habían dicho que, si ellas iban a llevar mantón, ¿cómo iban a dejar a la madre de todos sin uno que ponerse?
Por eso, habían aprovechado la habilidad de Elena con las agujas y la tenían bordando las flores del paño, con el dibujo bien marcado y los flecos ya anudados.
Se sentaban en los bancos del patio de piedra, cuajado de enredaderas, y aprovechaban la luz natural para trabajarlo entre varias.
Los pequeños pasillos del patio eran un refugio de paz en mitad de Madrid.
Escondido en el interior de la iglesia, al atardecer se llenaba de las fragancias de las flores y se escuchaba el canto de los pájaros del tejado.
A esa hora, el padre Andrés regaba los tiestos bajo el pilón y llenaba sus muchos jarrones de cristal para las flores del altar.
Tenía tantos que habían destinado una capilla para almacenarlos.
Elena, que se estaba quedando a dormir con la limpiadora del templo, le preguntaba a menudo al padre Andrés si ya tenía algo para ella.
Él le decía que estaba siendo difícil, puesto que aquella era una parroquia humilde y los fieles de San Sebastián, mucho más pudientes, no querían acoger a una criada que no había cuajado en otra casa.
Al irse de tan mala manera, Elena no tenía cartilla de sirvienta.
Carecía de historial y de calificación de otros patrones.
Pasaban los días y el cura seguía dándole largas y diciéndole que estaba haciendo lo posible.
Poco podía imaginar que Prudencio estaba ya en camino.
Por su parte, Sebastián empezaba a perder las esperanzas.
Tres cartas había escrito ya rogando a Elena que le dijera algo y no lo dejara así, sumido en la incertidumbre.
Al final, decidió acudir él mismo a llevar la última, no fuera que el cartero se estuviera liando con la dirección.
Tenía que asegurarse de que alcanzaba su destino.
Se fue a la casa de baños y se puso su uniforme, impecable, se peinó bien el pelo y se echó unas gotitas de colonia.
Pasó treinta minutos lustrándose las botas.
Después, se hizo con media docena de rosas, puesto que, ya que iba a arriesgarse a un todo o nada, era mejor que ese todo mereciera la pena.
Redactó las últimas líneas, en las que se dejó lo que le quedaba del aliento:
Señorita Elena:
Esta será la última carta que un servidor le escriba, ya que las otras tres quedaron sin respuesta y no deseo perturbarla más con mi insistencia.
Estos días he vivido pendiente de unas letras suyas, pero ahora le pido que tenga V.
la bondad de darme una respuesta, bien para reunirse conmigo en persona, o bien para no prolongar más lo inevitable.
No me iré sin saber cuál es su deseo, que por fuerza ha de ser el mío propio.
Suyo,
Sebastián
A su llegada al edificio, el portero se sorprendió de verlo tan peripuesto.
—¿Busca usted a la señorita Julia? —dijo el hombre, convencido de que venía a visitar a la señorita Loewe.
—Vengo por Elena.
—Ah, usted es el de las cartas.
—¿Se las ha entregado?
—Hasta la última de ellas.
Aquello le cayó a Sebastián como un jarro de agua fría. Ya no podía refugiarse en un error del cartero. Si le habían llegado las cartas y había dado el silencio por respuesta…, no tenía sentido nada de lo que estaba haciendo.
Se había precipitado, como le pasaba con todo en la vida, y se había engañado como un tonto.
A pesar de todo, ya había llegado hasta allí. Mejor oírlo de sus propios labios y gozar de poder verla una última vez.
—¿Podría entregarle usted esta última carta? Dígale que la estaré esperando aquí mismo, en el portal.
—Ojalá que la muchacha se anime a bajar, porque últimamente se la ve muy poco.
—¿Por qué? ¿Es que le pasa algo? ¿No habrá vuelto la gripe?
—Espero que no. Imagino que estará muy ocupada con las tareas del hogar. Ya se lo imagina.
El portero subió los escalones y dejó a Sebastián cavilando sobre las últimas frases.
Porque una institutriz no se dedicaba a tales cosas, sino a la formación de los niños de la familia, a guiarlos con paciencia como una segunda madre y a prepararlos para el mundo y la vida.
Bien mirado, esa labor también podía considerarse una «tarea hogareña», aunque no propiamente «tarea del hogar», para eso ya estaban las criadas.
Y comparar a una institutriz formada como Elena con una simple criada era comparar un nardo con un cardo borriquero.
El portero tardó un buen rato en bajar y, durante los minutos que siguieron, Sebastián se atusó el pelo cinco veces, se desabrochó y volvió a abrocharse la chaqueta, se dedicó a retorcer las hojas de las rosas y las hubiera dejado sin pétalos de los puros nervios de haber tardado el hombre un poco más.
El hecho de que bajara él mismo, con un sencillo sobre en la mano en lugar de la propia dama, ya le hizo tragar saliva. Una mala señal.
Gracias por todo, Sebastián, pero mi respuesta es no. Te ruego que me olvides y que no me escribas más.
Le faltó el aire ante un golpe tan directo, sin cortesías de ningún tipo para amortiguarlo.
Nada de rodeos. No se había molestado en envolver su negativa en el piadoso sudario de una excusa.
Solo había una explicación: Elena debía de estar terriblemente molesta para dirigirle unas palabras tan tajantes.
No había dobleces en ellas, ningún rincón donde la esperanza pudiera guarecerse.
Había sido una derrota colosal.
Solo le quedaba aceptarlo, recoger los pedazos de tanta promesa rota y volverse a su casa, a recuperarse de su desengaño.
Debía olvidar que alguna vez la había besado. Que había soñado con ella. No podía seguir insistiendo.
Salió del portal cabizbajo, abandonando las seis rosas sobre el mostrador.
Eduardo lo vio salir desde el balcón de su piso, por los ventanales. Todavía estaba limpiándose las manchas de tinta con el pañuelo de seda.