La casa del hilo rojo Capítulo 24
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Capítulo 24

Tres cosas había que Sebastián no quería de su futura mujer: que fuera una ladrona, que fuera una mentirosa y que fuera una criada.

Lo primero y lo segundo iban de la mano, puesto que una mentira robaba la confianza y la estabilidad del mundo. Lo hacía tambalearse. La regla número uno de un futuro alabardero era la honestidad.

Lo tercero ya no venía del prejuicio, sino de la propia historia familiar: su padre había sido criado toda su vida, uno de los cuatro que servían en el Cuerpo de Alabarderos del Palacio Real, y en cuanto llegaba a casa no hacía más que quejarse de los rigores del trabajo.

«Bastián, tú fórmate para que puedas hacer algo más en esta vida que limpiar».

«Bastián, ser criado embrutece, que te lo digo yo.

Cada vez tengo menos paciencia para nada».

«Bastián, la vida de criado te hace invisible.

¿Tú me ves? ¡Ah, pero pobre de ti como se te eche en falta!

¡Que enseguida se te busca hasta en el fin del mundo!

». Todas las quejas del día a día que reprimía en presencia de los alabarderos las despachaba ante su mujer y su hijo, que andaban con las orejas echando humo.

La madre siempre lo disculpaba «porque, pobre, lleva así el día entero desde que sale el sol hasta el toque de oraciones, y todo por el sueldo de ochocientas diez pesetas anuales del que disfrutamos los tres».

El poco tiempo de que disponía el hombre se lo pasaba en un perpetuo desahogo, echando pestes y pestes del trabajo hasta que le tocaba la hora de marcharse con su seguro firmado en la mano, que era el papel que le permitía entrar y salir del edificio.

Aunque solo se trataba de un criado, era igualmente soldado y estaba sujeto al reglamento del Cuerpo y a las ordenanzas del Ejército.

Solo por eso, el pequeño Sebastián ya lo miraba como si se tratara de un héroe nacional.

Iba siempre uniformado y le tocaba limpiar las dependencias del cuartel y cuidar del alumbrado.

Sacaba brillo a cada espada en la sala de armas de palacio, subía la leña y el agua, y cuidaba, en definitiva, de que a los sargentos no les faltara de nada.

De esta forma, el niño creció rodeado de alabarderos. Se asomaba a sus vidas como desde un balcón y los admiraba de tal modo que su único sueño era ingresar en el Cuerpo, aunque no como criado, sino como guardia verdadero de las Reales Personas.

Ciertamente, su padre habría deseado también esto mismo, pero el requisito principal para el ingreso era la altura y ya en su adolescencia supo que estaba fuera de su alcance.

No fue por la genética, de la cual andaba sobrado, sino por defectos en la alimentación infantil, que le habían dejado un raquitismo que ya no tuvo solución.

Sebastián, en cambio, no había sufrido hambrunas porque había sido niño recién estrenado 1870 y crecer bajo la sombra de la tercera guerra carlista no era lo mismo que hacerlo bajo la segunda.

Al ver el padre a su primogénito había dicho de él, como si fuera una bendición: «Este hijo mío llegará muy alto», y con esas palabras había proyectado en él aquel destino que no pudiera cumplir por sí mismo.

Sebastián se esforzó por comer bien, hacer ejercicio y dormir todo lo que pudo para alcanzar toda la altura que su sangre le permitiera.

Y todo para portar, algún día, la ansiada alabarda en presencia de Sus Majestades.

Sin embargo, desde que había besado a Elena en el carruaje solo ella ocupaba sus pensamientos.

No dejaba de volver al momento de la carrera donde todos estaban pendientes de los caballos y él estaba en otro mundo, el mundo de ella, y el tiempo pareció volar.

Aquellos minutos, ¿ha bían sucedido de verdad?

En aquel momento no podía oír nada, no veía a la gente.

La multitud no era más que un borrón de colores que los envolvía.

Era como si no existiera más que como un lienzo de fondo.

¿Podía el amor hacer tal cosa? ¿Llevarte en volandas por la vida y tratar al reloj como si fuera su juguete?

Necesitaba volver a ver a Elena, como fuera.

Y lo mejor y lo peor era que sabía bien dónde encontrarla, en Ave María, 6, pero no reunía el valor.

No había ni una prenda ni un guante, pañuelo, sombrilla o carta que sirviera como cimiento para construir esa esperanza.

Todo ese anhelo que acumulaba hora tras hora en su mente.

El beso que se habían dado era un tesoro brillante que lo hacía todo real.

Se habían encontrado y tenía motivos para la ilusión.

Pero si hasta ahora no había hecho nada era porque no quería precipitarse.

Aquel era su mayor defecto: que era impetuoso y a veces arruinaba sus propios deseos por no saber esperar.

Su madre, que era muy supersticiosa, decía que habían tenido un incendio en el cuartel y que a ella la había pillado en mitad del parto, por lo que tuvo que traerlo a este mundo con premura y a base de empujones.

Desde entonces, según ella, Sebastián tenía prisa por todo: por ascender en la carrera militar, por tener un caballo, porque le creciera un bigote frondoso para que los guardias le tomaran en serio y también por echarse una novia formal que pudiera ser su esposa.

El reglamento del Cuerpo lo decía bien claro: «El guardia Alabardero ha de tener siempre presente que el Cuerpo exige de sus individuos una conducta intachable, tanto en la parte moral cuanto en su aseo, buen porte y marcialidad, observando un trato sostenido y decente en todas sus relaciones».

El librillo lo consultaba Sebastián como si fuera su Biblia y lo tenía en la mesilla de noche.

Aunque tuviera solo dieciocho años no ansiaba más que una reputación de persona de bien y de orden y, con las ganas que tenía de tener una novia, no había hombre más ordenado que el formalmente prometido y luego casado.

Decidió que, siendo institutriz y teniendo una educación tan esmerada, lo mejor con Elena sería una carta.

Él no hablaba cuatro idiomas como ella, ni entendía de lírica y poemas, pero su instrucción tampoco era mala.

Lo habían educado con los hijos del personal de palacio: criados, caballerizos, cocineras y demás asistentes de poco rango.

Las buenas maneras, la correcta expresión, el conocimiento de la historia y la geografía se cuidaban con esmero.

Logró hilar cuatro frases correctas. Más que una carta completa, le quedó apenas una cuartilla donde se decía lo fundamental: que no podía quitársela de la cabeza y que, si le parecía bien, le gustaría volver a verla. Después del punto y final se arrepintió y añadió «pronto».

La envió a Ave María, junto con todas sus esperanzas.

Por su parte, Julia había desistido de seguir buscando las cartas de su madre.

Lo había pensado bien y no tenía sentido: las guardadas en su casa eran las cartas recibidas, las llegadas de Inglaterra, escritas por su tía.

Las cartas de Clara, las de las confesiones, tenían que estar en alguna cómoda de Londres.

Esa misma tarde, tras haber pasado el día en el mostrador del taller y justo antes de salir corriendo para sus clases de Comercio, garabateó unas letras para Mrs. Hinton: «Querida tía».

Le contó que estaban bien, que el taller inauguraba una nueva etapa, que Heinrich estaba más recuperado y que Enrique mejoraba en sus estudios. Y después fue directamente al grano:

Me gustaría mucho tener conmigo las cartas de mamá. Es muchísimo lo que la extraño y poder conocerla un poco mejor a través de las cartas que envió durante su vida será como tenerla de nuevo junto a mí. Las necesito y te pido que me las envíes a la mayor brevedad.

Your affectionate niece,

Julia Loewe