Capítulo 23
Lo que salió de ese armario fue una amazona fuerte y ágil que trepaba las peñas como si hubiera nacido entre una y otra.
Dejó atrás su cueva de oscuridad y se puso a trepar la pendiente, agarrándose a las rocas con las manos desnudas, colocando sus botas monteras en los huecos.
Esas botas eran su mayor orgullo, pues se las había cosido ella misma, con la piel de una yegua, y eran tan resistentes que le permitían recorrer los montes con su ballesta al hombro, sin detenerse durante días.
En su ascenso por el barranco la salpicaba una cascada, cubriendo de gotas brillantes sus brazos fuertes y su pelo, como un firmamento de estrellas. Haciéndola parecer poderosa.
Salvaje e indómita, dueña del paisaje. Ama de sí misma.
Cuando tiene gana de agua, se baja pa la ribera; cuando tiene gana de hombres, se sube a las altas peñas…
La canción resonaba en la cabeza de Elena y la hacía gemir en sueños. Mariana volvía a contarle la historia de la Serrana de la Vera:
—Isabel de Carvajal iba a casarse con el sobrino de un obispo de Plasencia y estaba tan enamorada que ambos tuvieron amores por toda la Vera.
Recorrieron la sierra de la mano y dicen que se acostaron en cada rellano de los que forman los montes, bajo promesa de matrimonio.
Sin embargo, el día de la boda el sobrino habló con su tío y este le ganó de nuevo para Dios y lo convenció de que retomara los hábitos.
La novia quedó humillada y deshonrada. Se arrancó los vestidos en la misma iglesia, abandonó el pueblo y se echó a los montes con ansias de venganza.
Se cubrió con la piel de una yegua, que mató y despellejó con sus manos y dientes, y consiguió una ballesta para vivir de la caza, en libertad.
Pero no eran animales lo único que cazaba…
En lo alto de las peñas, Elena vio cómo la Serrana apuntaba a un pastor, un muchacho fuerte, en la plenitud de la vida y de su cuerpo. Le disparó una flecha envenenada, que lo sumió en un profundo sueño pero no acabó con su potencia sexual, que siguió intacta.
Montó sobre él, lo violó entre la retama, que parecía florecer a su alrededor. A la orilla del río que pasaba y que llenaba el aire con su música. Lo hizo como siempre, como una amazona.
Y después, agarrándolo del pelo, lo arrastró hasta su cueva para devorarlo.
Elena se despertó en el interior del armario, sofocada por el calor y en una oscuridad sepulcral.
Aterrada por el roce de unas telas que eran solo las batas de los operarios del taller.
A la luz de la luna se veían fantasmales, de un blanco encantado.
Aún se le mezclaba la intensidad del sueño y se alegró de no estar en la cueva de la Serrana, con los harapos de hombres que ya no existían, rodeada de huesos y de carne descompuesta.
La luz entraba por las puertas de los balcones y el taller le fascinó. Todo allí estaba pulcramente ordenado, ni una caja fuera de su sitio, la viva imagen de la eficiencia. Los objetos, envueltos en grises, parecían dormidos. Todo transmitía una gran paz. Le habría encantado quedarse allí.
Al nuevo taller le faltaba apenas nada para abrir: los anaqueles con sus cajas de diferentes tamaños, algunas grandes como maletines y otras tan finas que podían ser de pañuelos.
Las lámparas esperando el gas para iluminarse.
Los dos largos mostradores y hasta las macetas con sus plantas. Estaban en vísperas de la inauguración.
Dejó atrás la recepción y le impresionó lo organizado que estaba el cuarto de trabajo, tan grande y tan bien iluminado por la luz plata de la calle.
En una esquina tenían la carpintería, donde se armaban los moldes de madera que luego se forraban con el cuero.
Sierras, martillos y volúmenes de todos los tamaños, como el juego de construcción de un niño.
De la pared colgaban los planos de diseños, hasta el artículo más sencillo era tratado como una obra de ingeniería, medido al milímetro, puntada a puntada.
Junto a ellos se desplegaban auténticas colecciones de herramientas, muchas de medición, y tantos cortadores y punzones como Elena no había visto nunca.
Olía a cuero, a barnices y a colas de pegar.
Se dirigió a la parte que conocía mejor: la de guarnicionería.
Abrió los cajones llenos de hilos encerados de distintos grosores y colores, y de agujas curvas, largas, cortas, gruesas y finas.
Decidió que de alguna manera debía pagar por el refugio que le habían prestado aquella noche los vecinos y rebuscó en la papelera unos recortes que habían sobrado.
Empezó a coser y eso, como solía pasarle, la distrajo de sus penas y de sus malos pensamientos.
No sabía qué sería de ella a partir de entonces.
No podía volver a la casa de los Aldamonte, eso estaba claro.
¿Cómo iba a conseguir dinero ahora? ¿Dónde iba a vivir?
Decidió que al día siguiente volvería a la iglesia de San Lorenzo a hablar con el padre Andrés.
Vuelta a la casilla de salida… Y Carmen allá, en el pueblo, esperándola.
Tenía que salir adelante por ella, para traerla consigo a Madrid.
Se lo había prometido. Se sentía tan mal cuando pensaba en su hermana…
Estuvo dando puntadas toda la madrugada, hasta que se quedó dormida sobre la mesa.
Julia se había quedado dormida sobre la tapa del piano.
Abrió poco a poco los ojos a la luz de la primera hora, acostumbrándolos a aquel piso lleno de cajas.
Todo respiraba paz y los cantos de los pájaros la avivaron y le infundieron ánimo.
Se sentía como una persona nueva, más madura y más capaz de llevar consigo el peso de la tristeza.
Cuando se dio cuenta de la hora, se levantó con energía y fue a buscar la ropa embalada para cambiarse.
La mudanza había acabado y era el primer día en que el taller abría al público.
Seguía determinada a ponerse en primera fila, detrás del mostrador, y a atender a los clientes personalmente.
Debía tener una relación única con cada uno de ellos, hacerles saber que les comprendía, que aquella casa era su casa y que podían confiar en ella para entrar de la mano en el moderno siglo xx sin descuidar la tradición y el buen hacer.
Habían puesto un anuncio en el periódico, avisando de que E.
Loewe estaba de nuevo disponible para encargos y era imprescindible que todo fuera como la seda.
Se recogió bien la melena negra, se miró al espejo y se enjugó los ojos azul vivo. Ya lloraría otro día. Intentó sonreír.
Salió de la casa y bajó las escaleras del edificio, dispuesta a ponerse en primera fila de batalla y vender lo que hiciera falta. Demostraría por qué debían ser los proveedores de palacio más pronto que tarde. Con Nati o sin ella.
Dio la vuelta a la llave y entró en el taller o, como empezaba a llamarlo el propio Heinrich, «la fábrica».
Estaba desierto. Sintió una oleada de orgullo por el aspecto de la recepción, la viva imagen del orden, la armonía de las líneas, la elegancia en los colores…
Tan sobrio todo, tan comprometido con la esencia del trabajo.
La mudanza había sido un éxito. Nada más que lo justo, pero de calidad exquisita.
Cuando pasó a la zona de trabajo casi se cayó de espaldas. ¡Había una mujer dormida sobre una de las mesas!
—Pero ¿qué haces aquí?
La muchacha se incorporó, desorientada, y se frotó los ojos con el puño.
—Elena…
—Perdóneme, señorita Julia. Ha sido una emergencia.
Julia ya no pudo decir más. ¿No había sido una emergencia lo de la tarde anterior? ¿Cuando Elena había faltado a sus deberes por estar con ella? Le debía una… y era justo ayudarla.
—¿Qué ha pasado?
—Ya no puedo estar más tiempo en casa de los señores…
—¿Por qué?
Advirtió enseguida que era una pregunta incómoda, pero necesitaba hacerla. Algunas criadas se llevaban cosas que no eran suyas o metían la pata en asuntos domésticos graves… Necesitaba saber qué había pasado de verdad.
Elena se retorció las manos, avergonzada. ¿Cómo podía hablar de algo tan humillante e indecoroso como lo que había pasado? Encima con una muchacha de tan buena familia como aquella.
—Al señor no le gustó lo que pasó con Sebastián. Lo del beso. Le pareció indecente. Se lo ha tomado como algo personal.
—Oh…, ya veo.
Julia se cruzó de brazos. Había muchas familias que intentaban controlar las vidas del servicio conforme a su propia moral, para que los escándalos no los salpicaran…
, aunque aquello era excesivo. ¡Por un beso!
Un beso que, además, por lo que decía Elena, había sido precioso.
¿Los desfavorecidos no tenían derecho al amor?
¿Es que no eran personas los criados para emparejarse?
Quizá tanto encono por meterse en medio era para que no se les fueran al casarse.
—Pues me parece muy mal por su parte.
Elena suspiró aliviada al verse apoyada por esa joven que parecía brindarle algo parecido a una amistad, mucho más de lo que había estado acostumbrada en los últimos años.
—No sé qué voy a hacer.
—Aquí no puedes quedarte… Es un lugar de trabajo.
—Lo entiendo.
—¿Tienes algún sitio adonde ir?
Elena asintió. Le apuraba mucho confesar la verdad.
—Iré a la parroquia de San Lorenzo. El cura me conoce y me conseguirá algo.
—Bien.
Elena se levantó y se estiró las faldas.
No podía ni subir al piso a buscar la poca ropa que tenía, así que no le quedaba más remedio que seguir con lo puesto.
Eduardo estaría furioso y Elena sabía bien que un hombre como él no se conformaría con quedar por debajo.
Que no pararía hasta sentir que el orgullo dejaba de escocer.
Se podía aceptar la humillación de otro hombre, un igual o un superior, pero ¿de una mujer? ¿Y encima una criada? Eso nunca.
—Muchas gracias por no denunciarme.
Julia asintió, algo turbada. Era una palabra excesiva. Ni se le había pasado por la cabeza algo así.
—Que tengas mucha suerte.
En cuanto cerró la puerta y se quedó a solas en el taller, Julia empezó a darle vueltas a la cabeza.
Tendría que haberle ofrecido algo para desayunar.
O algo de dinero. La situación la había sorprendido tanto que la había dejado sin palabras, y ahora empezaba a comprender y a asimilar lo ocurrido.
Al entrar lo había hecho con toda la energía de la apertura, de las ventas, los clientes…
, sumado a que había dormido apenas nada.
Pero ahora tenía remordimientos. Se había portado como una ingrata con Elena, que tanto la había ayudado en la víspera.
Lo mismo incluso aquel despido formaba parte de la venganza por que se hubiera marchado con ella en el carruaje. Se sentía responsable de su suerte.
Hizo un gesto como dispersando esas cavilaciones y decidió que lo mejor era centrarse en el día que tenía por delante. Se dispuso a comprobar que todo estaba en su sitio, antes de que llegaran los operarios y también los clientes.
Entonces lo vio, en el suelo, junto a la silla en la que Elena se había sentado.
Era un bolsito menudo, muy sencillo y algo contrahecho, pero lo que era increíble era el pespunte.
La costura tenía una factura que bien podría haberla hecho una máquina.
Tanto la unión de los cueros como la costura decorativa eran excepcionales.
Al rato llegó Andrés García Fernández, el jefe del taller, atusándose el bigote aceitado para asegurarse de que las puntas quedaran hacia arriba.
Se puso una bata blanca, no un delantal, porque quienes trabajaban en Loewe no eran artesanos, sino técnicos, operarios.
Lo suyo estaba más cerca de una ciencia que de un trabajo manual.
En el taller trasero Julia examinaba la pieza. Solo podía haberla cosido Elena.
—¡Bueno! ¡Pues ya estamos en marcha! —saludó él, lleno de energía.
—Nos espera una etapa brillante, estoy segura. —Sonrió Julia.
Entonces le tendió el bolsito.
—Andrés, ¿esto a ti qué te parece?
Mientras tanto, a unas pocas calles, el padre Andrés acogía a Elena de nuevo en la iglesia de San Lorenzo.
Lo primero que ella le pidió fue la confesión, para librarse del peso de todo lo sucedido con Eduardo. Los momentos en que le había desnudado y rozado, aunque fuera por salvarse… Sentía repulsión al recordarlo.
Por supuesto, todo pasó por el confesionario con disimulo, en forma de vaguedades, bajo la conveniente etiqueta de los actos impuros, sin entrar en detalles ni mencionar un nombre propio.
—Recuerda, hija mía, que una confesión a medias solo concede un perdón igual…
Pero Elena no soltó más prenda, por miedo a las consecuencias. Si mencionaba el nombre de los Aldamonte, ya no podría volver a silenciarlo. Era una caja que debía permanecer sellada.
—Te quedarás aquí esta semana, mientras te buscamos algo.
Pero el cura temía que, en Madrid, Elena se perdiera y se repitieran hechos como los que le había revelado en confesión. Si se guía en la capital, acabaría siendo la barragana de alguien o, peor aún, una vulgar prostituta.
Aquella misma noche, escribió una carta al pueblo:
«Tu hija está conmigo y necesita tu ayuda».
Iba a nombre de Prudencio.