Capítulo 22 #2
Él llegó con la chaqueta ya quitada y desabrochándose el chaleco.
Estaba asfixiado y se había ido quitando ropa por las escaleras.
El licor en sus venas solo aumentaba todavía más el sofoco.
Tras el hipódromo no habían sido ni uno ni dos vasos con los socios del bufete. Siempre se le iba de las manos.
—¡Elena! ¿Dónde estás?
Ella palideció ante los gritos, sin saber qué era peor, si responder o seguir callada. La agitación turbó sus pensamientos y le dejó la mente en blanco y todos los sentidos en alerta.
Dio igual su silencio, puesto que Eduardo se fue directo a su cuarto y la encontró allí, paralizada.
—¿Se puede saber dónde estabas? ¿Y por qué te has marchado sin avisar?
Ella solo acertó a mover los labios, sin expresar ni un sonido.
En aquel momento Juan Eduardo no era solo él, sino que también era Prudencio y todos los hombres del mundo que se aprovechaban de su fuerza, su tamaño y su voz grave.
La misma postura de amenaza, el cuerpo echado hacia delante, buscando imponerse con el mero gesto, invadiendo el espacio.
La mirada de pura intimidación y la boca arqueada.
Elena sabía muy bien leer todo eso, era algo demasiado animal. Tenía todas las de perder.
—¡Contesta! ¿Por qué no dices nada?
Había llegado a un extremo de total parálisis. Ya solo quería salir de allí sin sufrir un daño físico.
—¿Te das cuenta de en qué posición nos has puesto? ¡Has dejado el nombre de la familia por los suelos! Ha sido un desplante delante de todo el mundo. De nuestros mejores amigos, socios, clientes…, ¡todos!
A Elena todo le daba vueltas.
—Has dejado abandonado a Angelito para irte por ahí con un hombre… No, no me lo niegues… ¡El cochero me ha contado lo que ha pasado en el landó!
Elena vio asomarse a sus ojos el orgullo herido, un despecho animal en bruto. ¿Cómo una estúpida que no era nadie había podido rechazarlo en su propia casa, teniéndolo tan cerca…, para entregarse al primero que pasaba? «Con un soldado cualquiera», parecía decir mientras negaba con la cabeza.
Se le acercó hasta ponerse enfrente y ella le notó el aliento alterado y esos ojos llorosos del que ha cruzado ya el umbral de lo razonable.
Las heridas del orgullo eran las más profundas y peligrosas, las que de verdad se enquistaban.
Lo que tendría que haber sido una nimiedad, un deseo pasajero, con la sombra del otro se estaba convirtiendo en un tormento.
Eduardo le acarició la mejilla con suavidad.
—No sabes cuántas querrían tu lugar ahora mismo.
Él se lanzó a besarle el cuello y el escote con desesperación, abriéndole la camisa y buscándole los muslos.
Ella ladeó la cara, intentando separarse de él con toda su voluntad, pero sin mover un músculo, como si su espíritu fuera más allá de su piel, de su carne y su sangre.
Era incapaz de empujarlo, arañarlo o hacer nada en lo físico.
Aquel hombre, como todos, le parecía intocable, ¿cómo iba a enfrentarse cuerpo a cuerpo?
Ya sabía lo que les pasaba a las mujeres que lo intentaban: morían desnucadas por las escaleras, empujadas por la ventana, ahogadas en la bañera…
Ensartadas en una horma zapatera. Morir en una casa, de puertas para adentro, era lo más fácil del mundo.
No se atrevía a respirar. Siempre parecería un accidente. Nadie sabría jamás lo que pasó.
Cualquier atisbo de deseo que sintiera por él se había transformado en terror y asco. Su perfume, sus ropas, su voz… eran aborrecibles.
Solo le alcanzó el valor para intentar cubrirse el rostro con las manos.
—Ahora ya no quieres mirarme, ¿eh? Con todas las veces que lo has hecho en esta misma casa. Desde que me conociste, en el pasillo. Antes me parecía que no servías para nada…, pero ahora ya lo sé. Porque si has podido ser la puta de un soldado, entonces puedes serlo de cualquiera.
Elena se aferró en su mente al recuerdo de Sebastián.
Cuánto podía cambiar la vida en un solo día.
Aquel pensamiento la ayudó a recomponerse un poco.
Sabía lo que le esperaba si dejaba que aquel hombre campara a voluntad por su cuerpo: acabaría haciéndole cuanto quisiera…
y ella acabaría con un crío a cuestas. Volviendo al pueblo pisoteada y acabada.
«Puta». «Desgraciada». «Maldita». Sin respeto ni lugar donde quedarse, tras dejar a su bebé en la inclusa.
Pensó en Carmen, que seguía esperándola y que dependía de ella. Aún podía callarse, rogar porque todo terminara pronto, rezar para que las cosas no se complicaran más. Hacer como que nada estaba pasando.
El pensamiento de Sebastián fue más fuerte y la despabiló. Tenía que hacer algo, no ya por él, pues nada le debía, sino por ella misma. Por aquel «nosotros» que había germinado hacía tan solo unas horas. Era su derecho a la esperanza. A ser feliz.
Mientras él la besaba, embriagado por su propio deseo, Elena recordó las historias que le contaba Mariana de la Serrana de la Vera, que tanto poder tenía sobre los hombres y era capaz de dominarlos a todos.
Había fantaseado con ella en el bosque y se le aparecía en sueños, clavándole sus ojos oscuros, llenos de rencor.
Ojalá tuviera su fuerza y su coraje. Ese descaro…
Solo necesitaba conseguir algo de espacio, despegarse de aquel cuerpo que la aprisionaba. Ganar una pequeña ventaja.
Intentó relajarse y respiró profundo. Bajó la mano temblorosa hasta la entrepierna de Eduardo.
—¿Y no sería mejor… la cama?
Con eso logró descolocarlo por completo. Sorprendido, se detuvo y perdió parte de su fuerza.
—Eso ya está mucho mejor.
La empujó sobre la cama y ella pegó un grito de sorpresa.
Estaba crecido, seguro otra vez de sí mismo y de su dominio.
Porque la lucha que mantenía, todo el tiempo, no era contra Elena, sino contra la sombra de aquel tipo de uniforme al que solo había visto un instante.
Como enzarzan los cuernos un ciervo o un carnero.
—Ya sabía yo que tenías un lado oculto. No eres más que una rastrera…, pero al fin lo reconoces.
Eduardo se tendió a su lado. Seguía mareado por el alcohol y el cambio de postura le dio vértigo. Elena notaba que estaba más inestable y lento, aunque eso lo hacía más imprevisible y peligroso.
¿Qué habría hecho la Serrana? Los cuentos lo decían muy claro.
—Deja que yo lo haga.
Entonces se escurrió hacia abajo en la cama, sin perder el contacto del pantalón. Se lo bajó hasta quitárselo. Él se relajó con un suspiro y arqueó la cabeza hacia atrás, en espera del placer.
Quería más y la empujó hacia abajo. Elena ladeó la cabeza y disimuló, besándole las ingles, soportando la asfixia que le provocaba aquella situación.
El olor, la violencia, el rechazo… Sin embargo, desde aquella posición podía ver mejor su propósito.
No tardó en hacerse con su alfiler de perla, el que siempre llevaba encima, y no le permitió un segundo más de goce.
Se lo clavó en el muslo.
Eduardo dio un grito de desconcierto. Más que de dolor fue de impotencia, al ver cómo Elena se escurría hasta los pies de la cama y salía corriendo por el pasillo.
—¡Condenada perra, vuelve aquí ahora mismo!
Llevaba los pantalones por los tobillos y se los subía a trompicones por la casa, con tal torpeza que se enredó en la tela y cayó en el pasillo, con un estruendo que retumbó hasta la entrada.
No tardó en ponerse en pie de nuevo, maldiciendo y farfullando.
Mientras, ella salía del piso dando un portazo y bajaba los escalones a un trote veloz, con el eco de sus botines resonando por el hueco de la escalera y el corazón desbocado.
Hasta el piso segundo, luego hasta el primero…
Encontró la puerta del taller abierta, los obreros habían bajado a por uno de los mostradores, que tenían que subir a pulso.
Se coló sin pensarlo y se refugió en el armario de la entrada, el de los abrigos.
No tardó en oír a Eduardo pasar de largo, bullendo de rabia, hasta el portal. Se cruzó con ambos porteadores.
—¿No habrán visto bajar a una muchacha… ahora mismo?
Ellos negaron y siguieron su camino hasta el primer piso, entraron en el taller y descargaron la mesa en la recepción, resoplando y jadeando por el esfuerzo. Uno de ellos silbó al liberarse del peso.
—Bueno, pues esto ya es lo último.
—¡Ya podrían hacer cuero con la piel de mis manos! ¡Que la tengo ya como los colodrillos de tanto subir muebles!
—¡Se dice cocodrilos, zopenco!
—Vamos a la taberna a echar unos chatos, que yo no me voy así a mi casa.
Apagaron las luces, cerraron las puertas y Elena se quedó sola en la oscuridad.
Entre Piornal y Garganta, no muy lejos de Plasencia, relatan viejos romances una historia verdadera…
Se durmió con la canción de la Serrana que le cantaba su madre para arrullarla.