La casa del hilo rojo Capítulo 22
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Capítulo 22

A la media hora, Eduardo ya estaba asfixiado de calor, enfermo de escuchar a la orquesta y harto de los insufribles cotilleos de las señoras.

Incluso cuando intentó juntarse con los de su cuerda a fumar puros, no pudo concentrarse ni en los juicios ni en los negocios.

Los caballos tampoco le habían interesado nunca.

Se sentía fuera de lugar y un pensamiento le seguía molestando.

¿Por qué Elena se había marchado así, tan de repente? ¡Sin ni siquiera pedirle permiso!

¿Y por qué se había alejado con aquel tipo?

Tras ensalzarla en público, su madre le había dicho lo que pensaba en privado.

—Esta descastada no sabe cuál es su sitio y la culpa es de tu mujer, que no supo enseñarla. Lo más importante de una casa es gobernar al servicio. Nos ha dejado aquí a Angelito, con la ropita manchada, y se ha largado sin temblarle el pulso. No se puede contar con ella.

Menos mal que habían conseguido que otra criada, de una amiga, se lo dejara cambiado. Había varios críos alrededor y se entretenían formando cuadros vivos, de Goya y otros pintores populares, que los fotógrafos inmortalizaban ante las risas y el orgullo de sus madres.

—¿Irás a la inauguración del Colegio de Huérfanas de Carabanchel?

—¿Qué hay de esas prácticas de tiro? Siempre decimos de ir y luego nada…

—Me han dicho que hay unas aguas purgantes de Coslada que hacen maravillas.

—Prefiero el teatro de la duquesa de la Torre al del marqués de Casa López. Además de que la calle de Serrano me viene mucho mejor…

Todo el mundo calló a plomo cuando apareció en escena Pilar de León, la famosa cazafortunas, que ahora era la marquesa de Squilache.

Hasta entonces se había mantenido en un aparte, en su tribuna.

La marquesa era una arribista que había trepado en la alta sociedad a base de encadenar maridos cada vez con más renombre.

Había pasado en apenas unos años de un brigadier a un periodista y a un marqués.

Ese último y definitivo escalafón lo había conseguido al casarse con Martín Larios, al cual, desde la misma fecha de la boda, todos sus familiares habían intentado inhabilitar por loco.

¿No había que estar verdaderamente loco para casarse con una mujer tan vulgar como aquella?

—Esa ha sido lista —cuchicheó la señora de Aldamonte—. Tres años ha tenido que aguantar al viejo, nada más, para quedarse con todo.

El todo no era más que un buen pellizco, un quinto de la fortuna del difunto, pero incluía el Palacio de Villahermosa, en pleno paseo del Prado, al que todas las damas influyentes se morían por ir, pues Montecristo, el cronista de salón, lo había convertido en el «imprescindible» de la temporada.

Por eso, en cuanto la marquesa apareció, todas las mujeres se le echaron encima para agasajarla, puesto que sus ganas de figurar y no quedarse fuera eran mucho más potentes que su inquina y su desprecio.

Aunque la señora de Aldamonte estaba en su elemento, Eduardo ya andaba mareado de tanto cotilleo. No encontraba sosiego ni punto de apoyo, solo pensaba en el desaire de Elena. Tenía su rechazo clavado en el orgullo, que es donde peor se le puede clavar algo a un hombre.

—No sé cómo permites estos escándalos en tu casa.

Su madre tenía razón. Había que dejarle las cosas claras.

A medida que avanzaba la tarde se fue obsesionando con que todos se habían dado cuenta de su ridículo y de que se había corrido la voz: los Aldamonte tenían que recurrir al servicio ajeno porque habían acabado con un niño sucio y una bolsa rota.

Se moría de vergüenza. Habría sido imposible acabar la jornada sin las copas de jerez de Garvey.

La señora de Aldamonte se fue primero, con Angelito. No se fiaba de dejar a su nieto con una criada tan negligente, incapaz de cumplir con sus deberes.

Cuando Eduardo fue a desplomarse en el carruaje, al límite de su aguante, le preguntó al cochero qué había pasado durante la ausencia de Elena.

Él se lo contó todo.

Al llegar a Ave María, Julia encontró la casa solitaria y oscura, con todas las persianas echadas.

Olía al pegamento del papel pintado y el barniz de las puertas.

Aún estaban a medio mudarse y las cajas se apilaban sobre el parqué, por las esquinas.

El piano presidía el salón, con las cuerdas de la mudanza alrededor y envuelto en una sábana blanca.

Solo quedaba un mes para los exámenes del conservatorio y aún no había sido capaz de arrancarle ni una nota.

Le subió un arrebato de desesperación por el cuerpo.

«¡Busca las cartas, Julia! ¡Ahí está todo!», había dicho Nati. Pero ¿por dónde empezar? Y, además, ¿qué cartas? ¿Sería su madre la autora… o la destinataria?

Revolvió, agitada, todos los cajones. Rebuscó en todas las cajas de botines, en las sombrereras, en el tocador de caoba de mil cajoncillos, recubierto de espejos y cristales.

Tiró de cada una de las argollas de oro, con la esperanza agarrada a la garganta, como un puño.

Palpó el fondo de todas las maletas donde aún había gurruños del periódico con que habían envuelto los adornos.

Abrió los libros de Clara y agitó las páginas, dejando que las notas y facturas que había utilizado para marcarlas volaran por la habitación.

Sudó, lloró, se le deshizo el moño y los mechones se le pegaron al sudor y a las lágrimas. Gritó de desesperación y se rompió los nervios porque la muerte era un muro y contra los muros solo puede romperse uno, una y otra vez.

Se sentó a llorar sobre la banqueta del piano.

¿Y si las cartas de su madre se habían perdido durante la mudanza?

Imaginó que los mozos las hubieran abandonado en el portal, en cualquier caja, en un receso entre el subir y el bajar.

Que el portero las hubiera tirado a la basura.

Durante aquellos meses, cada vez que se le perdía algo de su madre, un anillo, unas miserables medias…

, cada vez que una figurita se caía al suelo y se rompía…

, era como si le arrancaran un trocito más de ella.

Dolía todas las veces. Se alejaba a través del tiempo y no podía hacer nada.

Cuando se agotó de llorar, miró la caja de adornos a través de los ojos hinchados. Se limpió las lágrimas con la manga del vestido.

Moviéndose muy despacio, dejó caer la sábana del piano al suelo, cargó la caja de recuerdos y la puso sobre la tapa, para verla mejor.

Allí estaban todas las figuritas que Clara había comprado en sus viajes a Alemania: porcelanas de Rosenthal, de Nymphenburg y, sobre todo, de Meissen, protegidas en papel de periódico, esperando a que alguien las desenvolviera.

Colocó sobre el negro reluciente de la tapa un tapete calado circular, tejido por alguna de las antepasadas de la familia.

Fue poniendo sobre él, una a una, todas las figuritas: el niño alemán liberando al jilguero de su jaula, la ternerita echada sobre el prado, los elefantes con la trompa alzada, el káiser Federico de caza.

Al fondo de la caja estaba el álbum de Nellie Bly, que se había quedado en dos noticias, la primera y la última.

No habían podido hacerlo juntas. Clara nunca había visto a Nellie cumplir su sueño, esa hazaña tan importante para cientos de mujeres como ellas.

El peso de la desolación amenazó con hundirla una vez más, cuando ya estaba agotada y pensaba que no le quedaban reservas.

Parecía que, para el dolor, siempre había más.

Lo sintió bajar a plomo como una losa, de repente, sobre el pecho…

Pero se le cayó una lágrima en el periódico y se obligó a reprimirse para no estropearlo más.

En él, recién llegada a su destino, Nellie hablaba del bolso milagroso que había hecho posible su hazaña de setenta y dos días.

El Gladstone de Nellie, de apenas cuarenta centímetros, parecía más grande por dentro que por fuera.

Era de piel oscura, de cocodrilo, resistente y elegante, pero, sobre todo, práctico.

Podía llevarlo sin ayuda y se abría con un clutch dorado, seguro y ágil a un tiempo.

Según decía el artículo, preparar aquel bolso había sido uno de los mayores retos de su vida.

En él había metido Nellie todo lo necesario para dar la vuelta al mundo: tres velos, bolígrafos y papel de escribir, pañuelos, ropa interior, un camisón, dos gorros de viaje, zapatillas, un neceser, un kit de costura, una chaqueta de tenis, una taza para beber y una petaca.

Le había añadido una crema hidratante para el rostro, como toda frivolidad, y eso fue todo.

El resto lo completaba con su vestido oscuro trotamundos, su abrigo de cuadros blanco y negro y un pañuelo en el cuello, donde escondía doscientas libras.

Julia no podía apartar los ojos de la fotografía de aquel bolso mágico y lo comparaba con el bolso desgarrado de tela del que le había hablado Elena.

Loewe tenía que conseguir bolsos así, para mujeres viajeras, para mujeres que deseaban ser libres. Tenía que ayudarlas a volar. El bolso de Nellie estaba tan unido a su historia que era el símbolo de una era y de la nueva mujer del siglo xx, que pronto abundaría en Madrid.

Tomó aire y se sentó frente al piano, sabiendo cuál sería su misión a partir de ahora.

Y las manos volaron sobre las teclas hasta el amanecer.

Cuando Eduardo entró por la puerta del piso, ya se le había juntado en la sangre un combinado nefasto: el calor de aquel día, la hartura de las convenciones, las pérdidas en las carreras y el disgusto de la fuga de su sirvienta.

Elena, que le oyó llegar, supo enseguida que tal portazo no presagiaba nada bueno.

Algunos endriagos la tomaban con quien tenían más cerca y ese alguien nunca era un superior y, rara vez, un igual.

El cuerpo atravesado de Mariana le cruzó como un rayo por la mente y se encogió contra la pared del cuarto de los señores, en cuyo armario estaba colocando la ropa.

—¡Elena!