Capítulo 21 #3
—¿Y usted lo compraría siendo mujer? Quiero decir…, ¿un maletín de cuero como el de los médicos o los boticarios?
—Yo no tengo dinero… —dijo Elena, cohibida.
—¿Y si lo tuviera?
—Si fuera a viajar…, no me gustaría que se me desgarrara una bolsa y mis cosas se cayeran por el suelo. La gente anda por ahí con maletas de cartón, que en cuanto llueve te llevas un disgusto.
Julia no hacía más que asentir a lo que Elena decía.
Sí, ¿por qué limitarse a portamonedas y petacas cuando se podía ir mucho más allá?
Y ¿por qué seguir centrándose en los caballeros?
Las mujeres, como decía Elena, ya empezaban a viajar más.
Montaban en bicicleta, estudiaban e incluso algunas iban a la universidad.
Esas mujeres no salían solo por el paseo del Prado a lucir adornos y lazos, sino que iban al banco, hacían deporte, incluso en Inglaterra ya pedían el voto…
Y necesitaban bolsos fiables. Elegantes, pero firmes, que les permitieran ejercer su libertad.
Elena remató con maestría el botín y se inclinó para ponérselo a Julia, con el mismo cuidado que había puesto en quitárselo.
Le hizo una doble lazada para que no arrastrara el cordón.
Vio que Julia aún tenía la mirada baja y perdida.
No conseguía quitarse algo malo de la cabeza… Tenía que improvisar y distraerla.
—¿Quiere que le cuente un secreto? —le dijo.
Julia, por fin, levantó la mirada. Una confidencia siempre despertaba la curiosidad.
—Dime.
Elena se turbó solo de recordar la escena con el joven soldado en el carruaje. Habían estado en una posición muy parecida a la de ellas dos, inclinados hacia delante, frente a frente. A muy escasa distancia.
—Es una cosa muy de mujeres.
Julia asintió, cada vez más intrigada. ¿Qué podía ocultar aquella muchacha?
—No se lo dirá a nadie, ¿verdad? —insistió Elena.
—No, claro que no… Pero háblame de tú, que si me vas a contar algo tan íntimo se me hace raro.
Elena dudó porque aquello rompía todas las barreras sociales, siendo ella criada y la otra señorita. Sin embargo, no tenía a nadie más con quien compartirlo, y asintió.
—Me acaban de dar mi primer beso.
Lo dijo sinceramente. Porque, para ella, lo que había pasado con Eduardo no merecía tal consideración. Para ella, su primer beso siempre sería el del carruaje, con aquel joven de uniforme y con el Palacio de las Bellas Artes como único testigo.
Julia se quedó con la boca abierta.
—¿Y quién ha sido?
—Un guardia.
—¿El que corría detrás de nosotras cuando ha arrancado el carruaje?
—¿Qué dices? ¿De verdad nos ha perseguido?
—¿No lo has visto? ¡Si iba como un loco!
Elena negó con la cabeza muy rápido. Ni se había dado cuenta. El pobre…
—Ni siquiera sé cómo se llama.
—¿Y ha sido bonito?
Elena recordó el momento con todos los detalles. Los labios tímidos y la caricia suave. Tan tensos y con tantas ganas de hacerlo bien. Con todo el cuidado para no estropearlo. Tan vulnerable y tan lleno de esperanza…
—Ha sido lo mejor de mi vida.
Julia se sintió conmovida por la espontaneidad de Elena y, por unos instantes, casi sin darse cuenta, logró olvidarse de su dolor. Entonces cogió a la joven de las manos y la miró a los ojos, todavía borrosos por el llanto.
—Tienes que volver a verle.
Elena se mordió los labios.
—Si ni siquiera sé cómo se llama…
Julia se asomó por la ventana del carruaje.
—¡Oiga! ¿Le dijo el mozo como se llamaba?
—Creo que Sebastián. Me pareció que eso gritaba, allá a lo lejos.
Volvió a sentarse con una sonrisa.
—Pues ya lo sabes. Sebastián.
—Pero ¿cómo voy a verle?
—Pues cuando yo era pequeña y paseaba con mi madre por el Retiro siempre me decía: «Julia, tú, si te pierdes, te quedas donde estás. No te muevas en ninguna dirección, porque si no te pierdes más. Solo siéntate en el mismo punto donde nos hemos separado, y espera a que yo te encuentre».
—Entonces…
—Sí. Tendrás que volver al hipódromo en cuanto haya otra carrera.
—¿Y cómo voy a saber…?
—Somos vecinas, ¿no? Yo te aviso.
Ambas se sonrieron como solo lo hacen quienes, además de vecinas, empiezan ya a ser amigas.
Pero entonces una sombra cruzó el rostro de Julia, y fue tan intensa que le cambió la cara. Para Elena fue imposible ignorarla.
—¿Qué te pasa?
—¿El qué?
—Te has puesto triste de repente.
—Me he acordado de mi madre y del Retiro. Y me he dado cuenta de que ya no podré hacerlo más. Murió el año pasado…
—Vaya. Lo siento mucho. Mi madre también… Es una historia que me duele mucho. Mejor otro día —dijo Elena, súbitamente entristecida.
Ambas se quedaron en silencio el resto del viaje, cada una agarrada a su pena. En una soledad compartida, porque ambas eran huérfanas de madre. Y, sin embargo, sus soledades escondían diferencias radicales.
Julia venía de un mundo en el que una podía morir de una enfermedad de la noche a la mañana. O de algo repentino, que acechaba a la vuelta de la esquina. El desplome del cielo, la grieta bajo los pies. Una fuerza de la naturaleza.
Elena venía de otro mundo, uno en el que un hombre podía matarte por tener un mal día de calor.
Y esa sola diferencia lo cambiaba todo.