Capítulo 21 #2
—Pero ¿qué hay más urgente que atender a Angelito? ¡Ni que fuéramos un dispensario!
La mujer estaba fuera de sí y Sebastián se sintió como si realmente fuera el santo y estuviera padeciendo bajo el martirio de las flechas.
Todos los cabos estaban en su sitio: el cochecito, la abuela y el hombre elegante que, sin duda, era el padre de la criatura y no le quitaba ojo, severo y altivo. No había que ser muy listo para atarlos.
Era una mujer casada. Y madre, además.
Sebastián había pasado ya por muchas pruebas durante su formación militar, pero en ninguna de ellas el miedo había sido tan intenso y repentino. Pronunció las palabras, como manejando una guadaña:
—Una madre no puede estar en todas partes…
Los ojos de la señora de Aldamonte parecían dos platos de la Cartuja, con todo el hipódromo reflejado en ellos. Las cejas se le fueron hasta el borde del sombrero.
—¿Elena? ¿Esposa de mi hijo?
Se echó a reír a carcajadas y Sebastián al fin pudo respirar, intentando que no se le notara que un hombre de su posición, que debía velar por la seguridad ajena, había perdido en un momento la suya propia.
—¿Es pariente entonces? ¿Una tía?
—Nada de eso —dijo Eduardo, muy serio—. Si no es más que…
La madre lo interrumpió con un gesto de la mano, que dejó sobre su pecho. El torrente de palabras cesó al instante.
—Es su institutriz. Y de buenísima familia, además.
Y lo dijo bien alto para que todo el mundo lo oyera.
Cualquier burgués podía tener criada, de todos era sabido, pero en los hogares que aspiraban a más… una institutriz extranjera, que hablara varios idiomas, daba el mayor de los prestigios. Y cuanto más alta la familia de procedencia, mayor el brillo de quien la empleaba.
—Elena es una muchacha muy culta. Ya le habla a Angelito en francés y en inglés, para que vaya cogiendo oído.
Aunque es muy pequeño y todavía no los entiende, seguro que algo se le queda.
Nuestros buenos duros nos cuesta tener a una mujer tan elevada dedicada solo al niño, pero la buena educación siempre merece la pena.
Asiste a la Asociación de Enseñanza de la Mujer y ya está a puntito de titularse.
Imagínese. Caligrafía, gramática, literatura, ciencias, música…
¡y moral, claro! Que eso es lo más importante en la formación de la persona y en una casa de bien. La educación de un príncipe.
Las amigas, a su alrededor, pusieron la oreja e intentaron que la envidia no se las comiera. ¿Cómo tenía a semejante portento en su casa para atender a su nieto?
Eduardo, sin embargo, no podía soportar aquella sarta de mentiras ni tampoco la presencia de aquel hombre, al que había visto escabullirse tras Elena y que ahora traía el dichoso maletín. ¿Qué había pasado entre ellos?
Se lo arrancó de las manos.
—Usted ya puede irse.
Le ofreció unos duros de propina con el único propósito de humillarlo, para recalcar que era solo un recadero, a pesar de su uniforme militar.
Sebastián saludó con el gorro por toda respuesta. Sabía muy bien que en un lugar como el hipódromo había que andarse con cuidado. Aquello estaba lleno de gente con poder. No podía permitirse una queja a sus superiores. El manual del Ejército era muy claro: cortesía y buenos modos ante todo.
—Ha sido un placer. Mi deber es el servicio. Espero que disfruten de su día.
Se alejó de allí bullendo por dentro, aunque no de rabia sino de entusiasmo.
¿Se había enamorado? Y de toda una dama, además. Culta, formada y de la mejor familia, nada menos.
Le había tocado la lotería.
En el interior del carruaje, Julia no conseguía retener las lágrimas. Volvía a casa humillada, sin haber conseguido ni un solo cliente, sino más bien lo contrario. Se había precipitado en todo y aquellos nobles la habían puesto en su lugar.
Echaba de menos a su madre, tanto que le dolía el pecho de pensar que no iba a tenerla junto a ella nunca más, que no podría consolarla al entrar por la puerta ni decirle que no se preocupara, que todo iba a salir bien.
Clara habría tenido la palabra correcta, el beso preciso, el abrazo fuerte…
La habría dejado dormirse en su regazo. Habría acariciado su pelo y su frente hasta que las preocupaciones se alejaran.
Pero Clara no estaba. Ahora solo estaba la intemperie.
—No llore, señorita Julia. Que seguro que tiene arreglo…
Julia se mordió los labios para contener una respuesta fuera de lugar.
Aquella muchacha bienintencionada no sabía de lo que hablaba.
¡No! ¡No todo tenía arreglo! ¡Clara había muerto y eso era el final!
La había dejado entre dos acordes de piano, entre dos teclas pulsadas, entre un movimiento y otro de una melodía de Bach. En el silencio que quedaba entremedias.
Si algo así podía pasar en el mundo, entonces cualquier cosa era posible.
La tierra podía abrirse y el cielo desplomarse, fulminante, como un corazón que ya no puede más.
Era aterrador vivir con esa certeza, que la había asaltado al volver a casa, tras aquel examen.
Desde entonces supo que el universo podía cambiar en un instante y ser otro muy distinto, más apagado y terrible.
Ya no podía estar segura. ¿Cómo iba a tener arreglo nada?
Su querida madre se había marchado tan discretamente como vivió.
Sin molestar… Había sido una perfecta despedida británica, sin aspavientos. Correcta en todas sus formas.
Un abismo de desesperación se abalanzaba sobre Julia sin piedad. Las lágrimas le abrasaban las mejillas. Elena ya no sabía qué hacer y se fijó en el detalle más nimio.
—Mire, vamos a empezar por arreglarle ese botín, que es tan bonito.
Julia entreabrió los ojos, hinchados del llanto, y vio el dichoso botín descosido. Tendría que haberlo tirado aquel mismo día, el de la muerte de Clara, cuando se empapó con la nevada. Le dieron ganas de destrozarlo con sus propias manos.
—¿Me permite? —dijo Elena.
Julia asintió, sin atreverse aún a quitarse las manos de la cara. Solo quería protegerse ante tanto dolor.
Elena se inclinó y, con mucha delicadeza, desató el botín y se lo puso en el regazo. Sacó el juego de agujas y el hilo de zapatero que llevaba siempre encima.
Entre los párpados dolidos, Julia observó cómo los dedos de Elena trabajaban con la soltura que da la experiencia. Con la naturalidad de quien ha vivido el oficio desde la infancia. Era una aprendiz natural.
—¿Eres guarnicionera?
—Mi padre era zapatero, en el pueblo.
Elena fue incapaz de decir: y yo también. Siguió dando una puntada tras otra y le quedaban todas iguales, sin dudar. Dejó firme la costura y la piel bien sujeta en su sitio. Entonces se acordó del maletín.
—¡Ay! ¡Que no me ha dado tiempo de coserlo!
—¿El qué?
—El maletín con la muda. Se me ha roto al ir a cogerlo… Esa tela es muy bonita, pero malísima. Los hilos de los bordados se enganchan cada dos por tres. Sería mucho mejor si fueran de cuero, como esa cartera que lleva usted.
Julia palpó el portafolios en el asiento. Ya ni se acordaba de que estaba ahí. No recordaba ni haberlo metido en el carruaje, pero menos mal.
Aquella observación le dio una idea.