Capítulo 21
Nada podía ser más tedioso y lamentable para la reina que un día en las carreras.
Sentada en la primera fila de la tribuna regia, agarraba la mano de Alfonsito y parecía más pendiente de su colección de abanicos que de los caballos.
Se daba aire bajo el templete de hierro calado al estilo oriental, rodeada de tapices y cortinones, arropada por una marea de hombres trajeados.
Todos competían por ver quién tenía la chistera más alta.
Todos buscando favores reales para sí mismos o para terceros.
Julia no pudo pasar de la valla, custodiada por alabarderos que permanecían firmes en sus puestos.
—Está cansada y no quiere ver a nadie.
Natividad por fin había aparecido y le había comunicado la situación.
—Ya veo.
Sin embargo, lo que decía la vizcondesa contrastaba con lo que Julia estaba viendo unos metros por encima de su cabeza. Había aduladores por todas partes. Se aferró a su cartera, enterró las yemas de los dedos en el cuero y reunió fuerzas.
—¿Y esos de ahí arriba?
—Esos son grandes de España.
—Ya.
Todos eran hombres. Nobles que «sabían de lo que hablaban» cuando hablaban de negocios.
Y ella no era ni grande ni de España tampoco.
Era burguesa, mujer, casi una niña y extranjera, todo junto.
Pero María Cristina era de Habsburgo-Lorena, germánica como ella, hablaba cinco idiomas.
Su alemán lo había refinado en París con el mismísimo Lahmé Schutz.
Estaba segura de poder convencerla, si tan solo le daba una oportunidad…
—Nati, yo pensaba que querías ayudarme —dijo Julia con los puños apretados—. ¿Qué pasa con lo que me dijiste en el cementerio? ¿Es que ya se te ha olvidado? ¿O eran palabras vacías? Sabes que necesito ayuda… ¡Tú vives en palacio!
Las lágrimas de frustración se agolparon en sus ojos. Empezaba a entender que había ido allí para nada.
—Cálmate, Julia. No montes una escena…
—¡No! ¡Tú eres mi única amiga! ¡Esperaba que hicieras más por mí! ¡Sobre todo en un momento en que mi familia se lo juega todo!
Era tan consciente de que un taller como el suyo, de lujo, solo podía sostenerse en la reputación, en el boca oreja, en las influencias…, en los círculos más altos. Ojalá hubiera bastado con la calidad. Pero hacía falta mucho más.
—No seas cría, Julia. Estas cosas no pueden forzarse… Yo no tengo tanta influencia como crees. ¡Soy una dama de perro chico! ¡Una segundona!
Señaló el distintivo que le brillaba en el pecho, con el emblema de la reina y la cinta blanca con una línea roja.
—Solo te pido que me des unos minutos… —suplicó Julia.
—Y además, vosotros…, el taller…
—¿El qué?
—Simplemente, no sois suficiente para la Casa Real.
Esas palabras se le clavaron a Julia en el pecho y desinflaron su ánimo por completo.
¿Cómo que no eran suficiente? El taller, en sus inicios, había sido digno de trabajar para los reyes y habían logrado conservar a algún cliente noble.
¿Tanto prestigio se había perdido en un solo año?
La tragedia familiar les había golpeado y su padre se había descuidado, pero…
¿Es que los clientes no podían concederles un respiro?
El mundo de los negocios era inhumano. Y con esas reglas tendría que jugar, no había otra.
Se tragó los reproches que se agolpaban en su mente y se limpió las lágrimas de los ojos.
—No vas a hablarle a la reina de mí.
Nati se cruzó de brazos y miró a otro lado.
Julia era aún muy joven, le faltaba experiencia y no sabía del mundillo de las influencias y los favores.
Acercarse antes de tiempo o meter la pata podía ser nefasto.
Loewe aún era un taller pequeño, y aunque tenía buenos clientes, estos ya no eran de postín.
—De momento no. No estáis preparados. Tenéis que crecer más. ¿Crees que la reina va a acudir a un local como el de Ave María, en pleno Lavapiés? La familia real no se mueve en esos barrios…
Negaba con la cabeza y abría los brazos, como desesperada porque Julia no entendiera algo tan simple.
La joven se mordió los labios. Había hecho un gran esfuerzo por mudarse al nuevo piso, apenas había desembalado las cosas.
Ni siquiera había escuchado el piano en la nueva casa.
Todo había sido para nada. La calle no era digna de la categoría a que aspiraban.
Era un lugar mediocre. Pero es que el dinero no les había dado para más.
Entonces le salió toda la rabia. El peso de la responsabilidad que le había caído encima, la tensión de la mudanza, la pérdida de su madre, los celos de ver cómo Sofía trataba de suplantar a Clara…
—Ni siquiera eres capaz de decirme a quién amaba mi madre de verdad.
Sé que lo hablasteis en aquella cena. No queríais que lo supiese, pero yo me enteré de todo y ella…
ella se murió y yo solo quiero entenderla.
Solo quiero saber quién era, pero tú me lo impides.
¡Si esa es tu idea de amistad, entonces no la quiero!
Sus sentimientos se desbordaron y se echó a llorar a los pies de la tribuna regia, ocultándose el rostro con las manos para que la gente no la viera.
Nada era peor en la alta sociedad que perder la compostura.
Aquello mataba la confianza y la amistad por interés.
Una mujer que no podía llevar ni las riendas de sí misma… , ¿cómo iba a llevar las de un negocio?
Un alabardero se apiadó de ella y abandonó su puesto en la fila.
—Señorita, deje que la acompañe fuera, le hará bien un descanso…
Julia, derrotada, se dejó guiar por él.
—¡Busca las cartas, Julia! —le dijo Nati, a voces—. ¡Ahí está todo!
En ese momento llegaba corriendo Elena, que había huido de su carruaje con el corazón en llamas y la cabeza confusa como nunca en su vida.
Sentía agitarse todos los poros de su piel, su cuerpo entero.
Sin embargo, tuvo suficiente lucidez como para reconocer a la nueva vecina que se había presentado hacía unos días.
—¿Está bien, señorita Julia?
Ella seguía con el rostro entre las manos y decía que no con la cabeza.
—¿Dónde está su coche?
—No tengo coche propio. He venido en un simón.
Elena se arremangó. No podía dejar a la muchacha allí, en aquel estado. La gente del hipódromo, al otro lado de las rejas, la miraba con esa curiosidad morbosa que despiertan las desgracias ajenas. Empezaban a cuchichear en corrillos.
Pensó en la reprimenda que le echarían los Aldamonte si se iba.
Lo mismo incluso la expulsaban de la casa…
, pero no veía opción. Pensó en Carmen y cómo le gustaría que alguna otra mujer, allá en su tierra, la ayudara si se veía en un apuro.
Y, no podía engañarse, ese era un apuro social de primer orden.
Julia era, además, una vecina, y a los vecinos había que tratarlos como si fueran de la familia porque nunca se sabe.
Entregó al alabardero el maletín con la muda de Angelito.
—Dele esto a la señora de Aldamonte. La reconocerá por el cochecito de los lazos blancos. El de bebé.
—¡Pero oiga, que yo no soy un recadero! ¡Que está usted hablando con un miembro de la Guardia Real!
—¡Pues entonces busque a un criado! ¿No ve que la señorita no está bien?
Elena se metió los dedos en la boca y silbó con la soltura de la práctica en la intemperie extremeña. Allí, en su pueblo, silbaba para todo: para llamar a Carmen, a los perros y a las cabras.
El cochero del simón, que dormitaba en los alrededores del recinto, se despabiló con una sacudida.
—¡Qué pronto se van hoy estos ricos, rediez! ¡No se quedan ni a los premios!
Azuzó a los caballos y adelantó el carruaje hasta ponerlo a su altura.
—A la calle Ave María, 6, por favor —dijo Elena.
Ambas subieron y el látigo restalló sobre los caballos. El conductor sabía que, si las dejaba pronto, podría volver al hipódromo en un suspiro y darse todavía dos o tres viajes más, antes de que la multitud se dispersara.
—¡Espera! ¡No te vayas! ¿Cómo te llamas? ¿Cómo…?
El joven que había besado a Elena llegó justo para verla subirse en el simón y alejarse a toda prisa.
—¡Me llamo Sebastián! —lanzó al aire, como si sus palabras pudieran acortar la distancia que se abría entre él y el carruaje.
Se inclinó hasta apoyarse en las rodillas, sin resuello y derrotado.
—¡Maldita sea! ¡A punto he estado!
Tras el beso, Elena se había asustado por lo que sentía.
Necesitaba salir de allí. Había tirado del maletín y le había hecho un siete al desgarrarlo con los clavos.
Después había salido corriendo. Sebastián habría querido seguirla, pero no podía dejar el carruaje abandonado.
Le había prometido al cochero que lo vigilaría.
Su promesa lo ataba a aquel coche y le estaba haciendo perder, quizá, la oportunidad de su vida.
Ahora veía el simón a lo lejos, llevándose a una muchacha sin nombre y sin dirección.
—¿Cómo la voy a encontrar, con lo inmenso que es Madrid…?
El alabardero lo veía farfullar incoherencias y decidió aprovechar. Le empujó el maletín de tela contra el pecho.
—¡Toma! Llévale esto a la señora de Aldamonte. La reconocerás por el cochecito de bebé. Uno con lazos…
Era el maletín desgarrado y Sebastián vio el cielo abierto. Aquella señora la conocía y se lo diría todo. Era una pista.
—¿No habrás oído la dirección?
—Ave María, 6. Se lo ha dicho al conductor. ¡Me debes una!
Aquel era, sin duda, su día de suerte.
El alabardero le saludó, tocando el ala de su gorro, y se volvió a la tribuna regia, dejando a Sebastián con una sonrisa de oreja a oreja. Este se abrazó a aquel maletín que había sido testigo de su primer beso. Aspiró el tapizado como si preservara aún el olor de ella.
No tardó en encontrar el cochecito entre la multitud, con su capota subida y el niño dormido, junto con una dama más bien estirada y un caballero al lado. Cuando la señora de Aldamonte lo vio llegar, se abrió la caja de los truenos.
—Y Elena, ¿dónde está?
Así que ese era su nombre. Sebastián ya lo tenía casi todo.
—Ha tenido que marcharse. Por lo visto ha acompañado a su casa a una muchacha que estaba muy indispuesta. Ha sido una urgencia.