La casa del hilo rojo Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Cuando sonó la campana no sabía bien dónde estaba ni qué había sucedido. Se había diluido en los ojos negros y el pelo castaño de aquel joven, que sostenía su gorro bajo el brazo y que se cuadró ante sus superiores nada más terminar todo.

Era un soldado.

Cualquier mujer sabía lo que eso significaba.

Para Julia fueron tres minutos y veinte segundos agónicos, al ver cómo el favorito de todos, Pretext, adelantaba a Leona y protagonizaba el duelo de la tarde con Bubi.

Los jockeys de ambos pelearon con fiereza por la primera posición mientras ella se mordía los labios de impotencia, al ver que su yegua se quedaba atrás y sus duros se iban por el desagüe.

Oh, cómo odiaba tirar el dinero, con lo que costaba ganarlo.

Cada cliente, cada pieza por encargo, era una pelea, una conquista.

No tendría que haber apostado. Era absurdo luchar contra un favorito tan claro.

Como todos esperaban, Pretext entró por la puerta grande, seguido de Diva y luego de Bubi. Leona quedó la última de los nueve.

Julia miró a Garvey, pero este ya se había marchado. Dudaba de que hubiera visto la carrera completa. Resopló, se envainó el orgullo y le entregó una tarjeta al duque de Fernán Núñez.

—Felicidades por su triunfo. Debí hacerle caso y apostar por Pretext. Está claro que su sangre es la mejor de todas. Venga a visitarnos si necesita algún regalo hecho en piel o algo para usted. Tenemos unos estuches preciosos esta temporada.

El duque tomó la tarjeta y la despidió con una sonrisa satisfecha, de vanidad cumplida. Al fin y al cabo, la chica, tras desoír su consejo, había apostado contra él y había salido escaldada. Se lo merecía.

Julia sujetó la cartera con sus documentos bajo el brazo y se retiró con discreción. A sus espaldas oía los rumores:

—No sé qué pinta una chiquilla como esta apostando en las carreras sin tener ni idea.

—Déjala. No es más que una cría —la disculpó el de Osuna—. Solo intenta ayudar al padre.

—Está fuera de lugar.

Julia se aferró aún más fuerte a su cartera y aspiró el olor firme del cuero, que la tranquilizaba y le daba seguridad. Se tragó las lágrimas y levantó la vista hacia la tribuna de la reina María Cristina. No había ni rastro de Nati.

En cambio, sí que reconoció a los vecinos de Ave María, que al parecer habían traído al niño a las carreras. Allí estaban la abuela, el pequeño y la muchacha que se encargaba de él y que ahora salía corriendo fuera del recinto. Parecía urgente.

El exceso de emociones, sumado a las galletas y las chucherías de la abuela, provocó que Angelito vomitara y se pusiera perdido el traje de domingo. La señora de Aldamonte dio órdenes a Elena.

—Vete al landó y tráele su mudita.

Ella salió a paso ligero, cruzando las rejas hacia la explanada del Palacio de la Industria y de las Artes, que destacaba por su imponente cúpula.

Allí, entre los árboles, había decenas de carruajes esperando con sus correspondientes cocheros charlando y comiéndose el bocadillo de media mañana.

A su lado pasaban las camillas, que salían del que había sido el hospital provisional durante la gripe. Lo estaban desmantelando.

Entonces pasaron dos cosas importantes y Elena no se percató de ninguna de ellas: por un lado, el muchacho vestido de soldado la había seguido; por el otro, Eduardo se había dado cuenta.

Elena localizó el carruaje entre una marea de coches similares, negros como escarabajos.

Algunos tenían la capota abierta para evitar recalentarse con el sol.

El de los Aldamonte estaba cerrado y, cuando el cochero se lo abrió, una nube de calor sofocante la golpeó en el rostro.

Se inclinó sobre uno de los asientos, con cuidado de no tocar las piezas de metal, que abrasaban.

Rebuscó bajo el asiento de enfrente el maletín de la muda, palpando a izquierda y a derecha.

Tenía que estar en algún sitio del suelo…

La portezuela del extremo opuesto se abrió de golpe y ella levantó la cabeza, sorprendida.

—¿Necesita ayuda?

Allí estaba él, con su uniforme. Se retiró la gorra y dejó ver su pelo negro, repeinado. Ella estaba a gatas sobre el asiento acolchado de capitoné, apoyada en las rodillas y los codos y con el moño medio deshecho. El pelo se le pegaba a las sienes por culpa del sudor. Tragó saliva.

—¿Qué hace usted aquí?

—Tengo órdenes de acompañar a las damas. Hay mucho carterista alrededor del hipódromo, esperando a que alguna se descuide. Salir sola es una temeridad…

Ella no sabía qué contestar. Era una buena razón. Palabras sólidas en alguien tan joven. ¿Qué edad tendría? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve? Apenas un par más que ella…, pero la disciplina militar tenía ese efecto en los muchachos. Los uniformaba por fuera y por dentro.

—Igualmente parece que necesita que le echen una mano.

—No hace falta, ya casi está.

Elena tiró de las asas del maletín de tela, que se había enganchado bajo el asiento de enfrente, pero no había forma de sacarlo.

El cochero se dirigió al soldado recién llegado:

—Ahora que está usted aquí, ¿le importa quedarse con la señorita y vigilármelo unos minutos? Y así voy yo a buscar un arbusto donde poder descargar. Es que he bebido mucho y ya me pesa…

—Vaya usted, hombre, que yo se lo vigilo.

Elena estaba sofocada por el calor y el esfuerzo. Seguía tirando de las asas. El maletín tenía que haberse enganchado en los clavos bajeros del asiento, porque no había manera de sacarlo.

—Deje que yo la ayude.

Él entró en el carruaje y se sentó en el asiento de enfrente. Elena aprovechó para enderezarse y tomar una postura más normal. Ambas puertas permanecían entreabiertas, para que corriera el aire. Estaban sentados el uno frente al otro.

—No creo que sea cuestión de fuerza —dijo ella.

Él se empeñaba en tirar también de las asas y ella temía que acabara desgarrando la tela, por lo que se inclinó hacia delante y sus dedos trataron de palpar los clavos.

Se encontraron con los dedos de él, calientes y suaves. Volvió la misma sensación de la carrera, donde el mundo había girado vertiginoso, se había convulsionado, temblaba la tierra y ensordecía la multitud…, pero ellos permanecían detenidos y firmes como un eje. En mitad de todo.

Ahora los dedos se rozaban y Elena sintió una debilidad extrema. Los dos sabían, sin decírselo, que aquel encuentro supondría un cambio de rumbo en sus vidas. Y no había nada que diera más miedo.

Sus manos se buscaron de forma natural, sin conocerse ni nombrarse, y los labios se unieron y sellaron un destino en silencio.