La casa del hilo rojo Capítulo 20
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Capítulo 20

En cuanto llegó al hipódromo, Julia se dio cuenta de que no iba en absoluto arreglada para la ocasión y que desentonaba entre todas las damas.

Se había puesto un vestido oscuro, de tweed inglés, abotonado hasta el cuello, parecido a los que usaba para ir a la escuela.

Había confiado toda su elegancia y su encanto a un sombrero vertiginoso, de estilo jardinero como los de Inglaterra, que consideraba muy adecuado para lucir en el turf .

Remataba con un par de pendientes largos de su madre, pero el resto de su atuendo era sobrio, profesional, propio de una mujer moderna y dinámica, no de una dama que debe alternar socialmente.

Bajo el brazo portaba una cartera con sus documentos, que había sacado del taller.

Era de un cuero exquisito y su factura era la mejor muestra del trabajo que hacían.

Sin embargo, no dejaba de ser una extraña, poco femenina para algunos, demasiado seria.

Parecía una institutriz. Las aristócratas se lucían ante los fotógrafos con sus vestidos claros, de faldas ampulosas de fantasía, y sus telas pesadas, dobles, que arrastraban por los suelos como una ola de volantes y plisados.

La moda era la silueta de campana, con mangas abullonadas y cierres de botones.

Más allá de las rejas del recinto, las sombrillas de tul y gasas, rematadas de encajes, se abrían como un parterre de camelias blancas.

Los sombreros eran los protagonistas, la guinda del pastel: un despliegue de lazadas enormes y arreglos florales propios de la estación.

Julia miró a su alrededor, pero no encontró a Nati.

Al parecer la reina y su hijo aún no habían llegado, ni tampoco el resto de los miembros de palacio.

Se fijó en una cola de mujeres que esperaban ante la prensa, con el turf detrás, y departían con los periodistas de salón.

Estaba allí la flor y nata de las madrileñas nobles, vestidas de primavera pastel: blanco, azul, rosa y amarillo.

Colores suaves, velados de gasas blancas que contrastaban con el color chocolate de Julia.

Vio murmurar a algunas muchachas que la miraban desde la cola, mientras se daban aires con abanicos de plumas.

«Se tiene que estar asando de calor». Por toda respuesta, ella se desató el botón del cuello y se centró en su propósito.

Contempló las limosneras de tela, los bolsillos bordados que colgaban de las mangas, los guantes largos, que cubrían todo el brazo, y los guantes cortos.

Ninguna mujer llevaba cuero. El cuero era un material de hombres.

Dejó atrás a las hijas de los Loring y a las de los condes de la Patilla.

A Silvia Xiquena y a sus primas de Guadalest, con sus vestidos gris tórtola y verde esmeralda.

Debía centrarse en los caballeros, al menos de momento.

Cinturones, petacas, la cartera cuando alguno la sacara para apostar por su caballo favorito.

Subió las escaleras hacia el área de apuestas, situada en la parte alta de las gradas.

—¿Qué caballos corren hoy? —Puso la cartera sobre la mesa.

Los hombres a su alrededor se quitaron las chisteras y los sombreros de hongo.

¿Qué clase de mujer apostaba en un hipódromo, y más en un Premio Nacional?

¿Es que se había quedado huérfana o viuda?

No sabían que Heinrich confiaba plenamente en ella y le había dado potestad para comprar y, por supuesto, para vender.

El corredor, que no le hacía ascos al dinero viniera de donde viniera, le sacó la lista con los nueve ejemplares y le fue señalando los nombres con un lápiz.

—Están Diva, montada por Jennings hijo, que es incluso mejor que Jennings padre. Y luego, por cuadras, tenemos a Nordcap y a Pretext, del duque de Fernán Núñez, presidente de la Sociedad de Cría Caballar, aquí presente…

Fernán Núñez exhaló una bocanada del humo de su puro.

—Pretext es el mejor, si me permite. Hijo de mi semental, que no hay caballo igual en toda Europa.

—Purasangre inglés. El favorito, sin duda.

El que había contestado era el duque de Osuna, cliente de Loewe desde los inicios. Por fin, una cara conocida.

—Buenas tardes, Julia.

Ella le devolvió el saludo, asintiendo con la cabeza y dedicándole una sonrisa.

—Julia Loewe —dijo—. Su padre fabrica artículos de piel.

—Como esa cartera que tiene en la mano, ¿verdad?

—Es de su taller, ¿verdad, Julia? Él es Manuel Felipe, duque de Fernán Núñez, grande de España.

—Y diputado por Cáceres, para servirle —dijo el duque, saludando a Julia con la cabeza.

La campana sonó frenética, anunciando que la carrera estaba a punto de empezar. El corredor de apuestas aceleró la conversación para asegurar todo el dinero sobre la mesa:

—Aunque siendo el favorito…, el beneficio va a ser mínimo. Está todo el mundo apostando por él… De uno con uno por cada duro, más o menos.

—¿Y qué otros caballos corren?

—De la cuadra de Villamejor están Bubi, Fescop y Ciuti. Y de la Garvey… —Miró en el papel—. Leona, Culebrina y Mocoleto.

—Y Romilda —dijo el de Osuna.

—Romilda se ha retirado.

—Pues apuesto por Leona —dijo Julia con decisión.

Abrió su cartera y puso los duros sobre la mesa.

Los hombres de alrededor se miraron, extrañados. Julia no solo apostaba, sino que lo hacía a una yegua desconocida y llevaba una cartera de caballero, como cualquiera de ellos. Aquella jovencita los divertía.

—¿Y por qué Leona?

—Tengo una intuición.

En ese instante se calló todo el mundo, puesto que la carrera estaba a punto de empezar, y todas las miradas se dirigieron al turf .

Solo Guillermo Garvey, que degustaba en una esquina un vino de sus bodegas, siguió pendiente de Julia.

Tenía fama de no mover ni un músculo, fuera cual fuese el resultado de la carrera.

Salió el jockey de Leona, vestido de rojo y negro, montado en la yegua jerezana. Se dio el pistoletazo de salida.

Elena iba empujando el cochecito tras la señora de Aldamonte, que no dejaba de parlotear con todas las amigas con las que se encontraba.

Acudieron a la zona de las orgullosas abuelas, donde los niños se subían a las sillas de enea para asomarse por encima de la valla y poder ver la carrera, dando gritos de excitación, agitando sus sombreritos canotier .

—¡Qué ganas tenía yo de presentarte a mi Angelito! Mira qué hermosote está.

Como ya tenía más de un año, el niño iba sentado en el cochecito. Con cada presentación, Elena lo sacaba, lo aupaba para que pudieran besuquearlo las señoras y lo volvía a poner en su sitio. El niño protestaba y berreaba todas las veces porque lo único que quería era ir a tocar a los caballos.

La joven notaba el calor del sol penetrando la ropa oscura que llevaba.

La señora de Aldamonte la había vestido elegante, conforme a la ocasión, como si fuera la institutriz del niño, y no solo la criada de la casa.

Las damas a su alrededor iban envueltas en muselinas y terciopelos.

Todas menos una, esa vecina…, ¿Julia Loewe?

, a la que había conocido unos días atrás.

La avistó en la zona de las apuestas, rodeada de caballeros.

Eran las dos únicas muchachas con trajes sobrios y oscuros.

Eduardo iba también de punta en blanco, dispuesto a reforzar las relaciones del despacho.

Su padre no había podido asistir, por lo que todo el peso social caía sobre sus hombros.

Aún estaba escocido por el rechazo de Elena, por lo que las miradas para con ella eran severas.

Ella alguna vez lo sorprendió bufando al repasarla de arriba abajo.

El corte en la mandíbula era un recordatorio insistente de lo que había pasado entre ellos.

Se oyó el tañido frenético de la campana para avisar de que ya nadie podía entrar en la pista. Los asistentes se hicieron con las últimas sodas, que rebañaron de las bandejas de los camareros.

—¡La carrera va a empezar!

Se oyó el pistoletazo de salida.

La reina María Cristina, que acababa de llegar a su tribuna, apretó la mano del príncipe heredero y los alabarderos reales se cuadraron a sus pies.

Muchos de los caballos salieron torpes, en falso y defectuosos. Leona se adelantó desde el principio.

«¡Sí!», pensó Julia, apretando los dientes y el puño en un gesto de triunfo. Miró de reojo a Garvey, que le devolvió la mirada desde su mesa de la esquina. Fiel a su estilo, no hizo ningún otro gesto ni cambió su expresión. Ellos dos eran los únicos que confiaban en Leona.

Pronto la yegua jerezana se situó en los palos.

Muchos se asomaron por encima de las vallas, gritando los nombres de sus caballos favoritos.

Las damas agitando sus pañuelos o sus estolas de armiño blanco, los caballeros zarandeando sus sombreros.

Los niños silbaban y movían los brazos como aspas de molino.

Hubo más de un accidente con los bastones de las sombrillas y más de una limonada echó a perder las faldas de algunas asistentes.

Los cascos de los caballos retumbaban sobre el suelo con un ritmo constante y despiadado, levantando una polvareda a su paso.

Elena, a la que no le interesaban los caballos, aprovechó la carrera para estirar la espalda, dolorida de inclinarse sobre el cochecito y de tanto sacar y meter al niño. Levantó la vista: todo el mundo estaba pendiente del turf , excepto un muchacho que la miraba solo a ella.

Parecían dos almas a contracorriente entre una multitud enloquecida.

Paralizados, solitarios, pero conectados por el hilo de una misma mirada.

Ambos ignoraban la enfebrecida competición, los gritos, la masa agitándose.

Mantenían el contacto visual más allá de los pañuelos y los sombreros, ninguno de los dos conseguía deshacerlo.

Fueron tres minutos y veinte segundos. Lo que tardó la carrera.

En ese tiempo se escapó algún pestañeo, algún latido.

Aunque Elena no fuera consciente, el suyo iba al galope, al ritmo de los caballos.

Le pareció que pasaban tres segundos y veinte décimas, tres meses y veinte días, tres décadas, veinte años.