Capítulo 19
Aunque había conquistado su libertad por la fuerza, para Eduardo no cambiaron las cosas.
Su padre lo tenía en jaque y, en cuanto Celia desapareció, volvieron las viejas amenazas: «El nombre del bufete es lo más importante.
Ni se te ocurra volver a las andadas». Lo tenían cercado en cada reunión social y las antiguas amigas estaban todas relacionadas.
A veces fantaseaba con irse a Filipinas, donde no le conociera nadie.
Veintidós años y enjaulado, así se sentía.
Por eso, el café siempre estaba muy frío o muy caliente, sus libros de derecho no estaban donde él quería, las camisas tenían arrugas y la comida estaba siempre sosa.
Estaba irritable, malhumorado, y Elena tenía culpa hasta del colapso bancario internacional y de la epidemia de la filoxera, que había puesto el vino por las nubes.
Ante sus reproches, Elena solo decía: «Sí, señor» y seguía con sus tareas.
Después de ver lo que le habían hecho a Celia, hacerla pasar por enajenada para alejarla de su marido y de su hijo, tenía pavor a llevarle la contraria y, aunque él la reprendía de continuo, se mantenía callada. Diecisiete años de pura discreción.
Achacaba su malcontento al calor intenso que, en plena primavera, había ya en los pisos.
Al menos en el pueblo uno podía salir y bañarse en los afluentes del Guadiana o en alguna poza.
En Madrid, en cambio, los aguadores no daban abasto para aliviar a los transeúntes, que hasta se echaban los cubos por la ca beza.
Todos tiraban de refrescos e intentaban pasar poco rato en las casas.
El adoquinado de las calles y el ladrillo de las fachadas concentraban el calor y acaloraban aún más a sus habitantes.
Cuando Eduardo llegaba del despacho, se quitaba la camisa y se tumbaba en el diván, muy quieto; se llevaba allí un periódico que no leía, pues dejaba sin más que el tiempo se agotara, sin hacer nada, hasta que ya no entraba luz por los balcones.
Elena conocía demasiado bien la nefasta combinación que hacían el calor extremo y el mal humor en la gente. Lo había aprendido del modo más violento posible.
Un día de abril, en cuanto anocheció, Eduardo se levantó de improviso del diván, como si acabara de recuperar la energía. Se fue a su cuarto, llamó a Elena y le señaló el palanganero, en la esquina de la habitación.
—¿Sabes afeitar a un hombre?
Ella se sintió invadida por el pánico, pues temía provocar un estropicio.
Aunque había visto a Mariana hacerlo con Prudencio, no estaba segura de manejar bien la navaja.
Solo tenía práctica en raspar los cueros, la piel curtida de los animales, que era muy distinta a la piel de la mandíbula de un hombre.
—Creo que sería mejor que lo hiciera el barbero, señor.
—Tonterías. Solo hay que rebajarla un poco. No tengo tiempo ni ganas de ir al barbero con este calor.
Elena se acercó al mueble, con su espejito y sus tres patas, y lo levantó con cuidado para no volcar el aguamanil. Lo llevó hasta el borde de la cama y sacó el cajón del afeitado. Dudó de si sentarse junto a él en la cama, pero no quería estar tan próxima, por lo que arrimó una silla tapizada.
Él le entregó un paño limpio, se cruzó de brazos y levantó la mandíbula, ofreciéndole su cuello.
—Muchas sirvientas afeitan a sus señores. Si no sabes, aprende.
Elena agradeció que él hubiera cerrado los ojos, así no podía ver lo asustada que estaba.
Se sentía por completo en sus manos. Empezó enroscando una brocha de cerdas blancas, que estaba nueva.
Después vertió el agua de la jarra en la palangana y la empapó casi hasta el mango de marfil.
Destapó la lata de jabón de almendras y removió la brocha en su interior.
Luego, se acercó aún más a Eduardo, hasta ponerse en el borde de la silla.
Él abrió los ojos cuando sintió la brocha recorriéndole la piel, en círculos.
Le sorprendió encontrar su rostro tan próximo que casi sentía su aliento.
Una gota de agua blanquecina se le escurrió por el cuello, hasta el pecho, y dejó un reguero brillante en su camino.
Ella se la secó con el paño, con toques leves y torpes, como quien presiona una herida.
Cuando agarró las cachas de la navaja de acero, los dedos no le respondían. El metal brillaba con intensidad, pues jamás se había usado antes. Elena la sacó de la caja con un temblor tan evidente que Eduardo temió que la dejara caer y agarró su mano con firmeza.
—Si dudas es peor.
La miró, desafiante. Con la otra mano tomó un espejo circular que había en el cajón.
La fue guiando despacio, agarrando con firmeza la navaja, solo que la mano menuda de ella estaba en medio, atrapada contra el mango de cuerno, forzada a moverse con cada pasada.
Tras un par de pasadas, Eduardo la soltó.
—Ahora tú. Sujétala con fuerza.
Ella temía tanto a las rojeces y los cortes que se asomó de nuevo a su rostro, casi rozándolo. Respiraba tan fuerte, debido a la tensión, que se oía a sí misma y aguantó el aliento para dejar de hacerlo.
Deslizó la navaja con sumo cuidado, desde el pómulo hasta la mandíbula y, después, hacia abajo por el cuello, junto a la nuez. Sentía el miedo en la boca del estómago, taponándole las entrañas. Asfixiándola. El calor y la tensión la hacían sudar. Si él se movía de forma brusca, podía ser fatal.
Eduardo era impulsivo y volátil como la dinamita.
Sus límites eran inconstantes. Le había robado tantas veces la seguridad que ya no sabía qué esperar de él.
Y siempre estaba la humillación, a la vuelta de la esquina.
Ella era inútil, torpe, absurda… ¿Por qué no la despedía de una vez? ¿Por qué no la dejaba en paz?
—¿Qué pasa? ¿Nunca habías visto a un hombre afeitarse? ¿Es que no tuviste padre?
Lo dijo en un susurro, pero la sola mención de Prudencio, a bocajarro, la alteró tanto que le flaqueó el pulso y la navaja le hizo un corte en la mandíbula, casi en el extremo. Apenas era visible. La gota de sangre se formó sobre la piel y ni siquiera cayó.
Elena se retiró, asustada.
—Lo siento… Lo siento mucho.
Él tomó el paño y se cubrió la herida.
—Ha sido error mío. No tendría que habértelo pedido.
Eduardo se levantó de la cama y arrastró el palanganero de vuelta a su esquina, para mirarse en el espejo, enjuagarse en el aguamanil e intentar arreglar aquel desastre. La alcoba se llenó de olor a colonia.
Elena, sin hacer ruido, se fue a la despensa con las manos apretadas ante el delantal, intentando en vano retener las lágrimas.
No habían pasado ni cinco minutos cuando él se asomó por la puerta. Dejó el quinqué sobre una mesilla.
—¿Qué te pasa? ¿Es que ya has terminado tu jornada?
Ella se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se puso en pie, estirándose el delantal hacia abajo.
—Perdón. ¿Qué le apetece cenar al señor?
Él se acercó y le limpió las lágrimas con su propio pañuelo.
—Mira, si no ha sido nada. —Señaló el corte de la barbilla—. No hay que llorar por tonterías. Y no te preocupes, ya mejorarás. La primera vez siempre es la más difícil, cuando más te la juegas. Luego, mejora con la práctica.
Se acercó algo más a ella, despacio, con intención. Su perfume la tenía embriagada.
—Incluso lo disfrutas.
Elena tenía cerrado el paso: a un lado las estanterías y al otro, la pared. Estaba tan cerca que sus ropas se tocaban.
Él le tomó la mano y la llevó hasta la herida.
Se acarició con ella. La observó de arriba abajo con sus ojos negros, siempre tan decididos.
Solo se llevaban cinco años, pero en términos de clase los separaban centurias.
Los dedos de él seguían jugando con los de ella, muy suavemente, sobre la mandíbula. Casi entrelazándose.
Se acercó para besarla y ella intentó retroceder, pero a su espalda solo tenía la pared.
Y la besó despacio, como quiso, y ella sintió que todo su cuerpo se erizaba de confusión, deseo y pánico, todo a la vez.
El estómago se le puso del revés, anticipando peligros y desgracias, todas esas historias que había escuchado.
De muchachas de pueblo que se iban a servir a Madrid y que volvían desgraciadas, con hijos no reconocidos, abandonados en inclusas, excomulgadas, humilladas por todos.
«Puta». Qué lejana le parecía esa palabra a lo que ahora sucedía, qué sinsentido.
Pero, aun así, sabía que era muy real. Esa palabra pegajosa como el sudor ya la notaba reptando sobre su piel.
Tanteó con los dedos la pared a su espalda, buscando algún lugar donde agarrarse, y solo encontró la superficie lisa y desnuda.
Él se separó un poco, lo suficiente para susurrar, con los ojos cerrados, vencido:
—Dime que me deseas. Vamos, lo noto. He visto cómo me miras.
Al retroceder, encajada como estaba, Elena se pinchó con el alfiler de perla, que llevaba siempre en el bolsillo, y eso la despabiló. El sentido de alerta le atravesó la cabeza como si fuera una borrasca. La costura la había salvado, una vez más.
La distancia era leve, pero suficiente. Ladeó el rostro como pudo, cruzándose de brazos para protegerse y cerrando los ojos con firmeza. Giró el cuerpo, en posición defensiva, temiendo la represalia.
Eduardo no podía perdonarse aquel error de principiante. No tendría que haber interrumpido el contacto. Si hubiera seguido besándola, ahora sería suya. Le había perdido la vanidad de arrancar el deseo de sus labios en una confesión.
Retrocedió un paso y la miró con desprecio.
—Oh, vamos. Si quisiera algo más, hace tiempo que lo habría tomado, ¿no te parece?
—Señaló en derredor la despensa—. Todo esto es mío.
Donde comes, donde duermes, el suelo por donde pisas.
No sé qué te has creído, pero tú no eres Celia.
Ni ninguna de las otras, que ya quisieran estar en tu pellejo.
No eres más que una criada sin gracia. Una desgraciada.
Se marchó, dejándola allí. Habiéndose llevado su primer beso y lo que quedaba de su dignidad.