Capítulo 18
Para Julia, primero fue el taller y luego la casa.
Su padre se había encargado de todo el papeleo y los pagos —lo que, según él, no era poco—, pero luego había dejado instrucciones y se habían mudado a un hotel de la Castellana, mientras los mozos lo dejaban todo a punto.
Sofía se había ofrecido a ayudar en la vivienda, pero Julia la había rechazado.
No quería que una extraña lo organizara todo.
Eso era algo que correspondía a la mujer principal de la casa, que tenía que ser ella.
Cuando Julia entró por primera vez en la nueva dirección de Loewe, solo estaban las losetas cuadradas del suelo, más claras y más oscuras, y el papel pintado en las paredes, desde el suelo hasta los techos en la recepción y a media pared en el taller.
Ella misma lo había escogido semanas antes, en un color crema suave, con listones blancos verticales y detalles de flores menudas entre medias.
La luz se arrojaba desde las dobles puertas de cristal, con marcos de madera taraceados a dos colores, y por las grandes ventanas, que los obreros habían dejado abiertas para que se aireara.
Aún olía a la cola del papel pintado y a los barnices de los marcos.
Julia se asomó al balcón enrejado y aspiró profundo el aire que venía de la sierra para coger fuerzas.
A sus pies estaban las macetas de cerámica de los antiguos propietarios, con las plantas muertas que habían abandonado, y un espejo vertical pequeño, que decidió poner en la recepción, algo inclinado junto a los mostradores.
No tenía más de momento. El resto estaba todo por hacer.
Se volvió e intentó imaginarlo terminado.
Quería que fuera acogedor, agradable, pero no ostentoso como la tienda de Rivas, que era un batiburrillo de adornos.
La recepción de Loewe debía transmitir un aire serio, austero, ordenado…
, firme como cada puntada de sus costuras.
Clásica, como los cueros. Tener un aire intemporal, como si hubiera estado siempre ahí.
No pudo evitar acordarse de Konrad. Había algo en él que le era tan familiar…
¿Cuándo volvería a verle? Movió la cabeza como para evadirse de ese recuerdo y se centró en el lugar que deseaba recrear, y que debía transmitir la personalidad de la firma.
En su mente, el espacio cobró vida con lámparas de luz de gas.
En el centro de la recepción, dos mesas largas haciendo de mostradores.
Tras ellos, la pared forrada por entero de anaqueles hasta el techo.
Tendría que buscar a un buen carpintero que se los hiciera a medida, para que no quedara ni un centímetro libre.
La precisión era la marca de la casa, tenía que apreciarse en todos los detalles.
Allí se apilarían las cajas grandes y pequeñas, todas bien ordenadas y etiquetadas, con las piezas terminadas, a la espera de su recogida.
En la parte superior, las impecables cajitas blancas de regalo.
Pondría a la izquierda un mueble alto con el fichero de clientes, proveedores y facturas, y los libros de cuentas arriba de todo.
En el lado opuesto, un armario para guardar los abrigos del personal, de manera que estuvieran ocultos.
Que no se viera nada que no fuera indispensable. Pura sobriedad.
Con la punta del botín tocó la maceta de cerámica en el suelo.
Bueno, podía hacer una excepción y colocar una bonita planta.
Sonrió al pensarlo. Le gustaría tenerla junto a ella, cuando estuviera tras el mostrador, porque en esa imagen del taller ella siempre se veía en el centro, hablando con unos y con otros, empapándose del negocio y poniéndole cara a la familia.
Poco a poco, la realidad de todo lo que estaba ocurriendo en su vida —la muerte de su madre, la enfermedad de su padre, la evidencia de que su hermano era demasiado pequeño para ocuparse de nada— había hecho que Julia fuera orillando sus sueños como pianista, al menos de momento, para centrarse en la única certeza que tenía: si ella no se ocupaba del negocio familiar hasta que su padre se recuperase, el futuro del taller peligraba.
Era muy joven, desde luego, pero no podía mirar a otro lado. Debía asumir su responsabilidad.
Además, si algo se le había quedado marcado a fuego tras la muerte de Clara era que nada podía darse por sentado. Cualquiera podía desaparecer de la noche a la mañana. Heinrich solo tenía dos herederos: ella y su hermano. Tenía que estar preparada.
Sabía que debía recuperar el tiempo perdido esos meses, abrir sus relaciones, fidelizar a los clientes.
Si querían seguir siendo un taller selecto, atendiendo a los nobles y a las élites, era fundamental mezclarse con ellos, ponerse a su servicio, tratarlos con mimo.
Tenía que salir más y exponerse, acudir en su busca.
Aunque no le apeteciera. No podía relacionarse solo con la comunidad alemana.
Tenía que asistir a teatros, conciertos y, sobre todo, a los salones, que eran el corazón de las fiestas de sociedad.
Su encierro había terminado.
Esa misma tarde se fue a buscar a Nati y, durante todo el camino, no dejaba de darle vueltas a qué podía aportar ella al negocio.
El taller había tenido su mayor momento de gloria hacía décadas, en manos de Florencio Rivas, cuando su padre aún ni soñaba con Madrid.
Había conseguido un encargo de la corona, nada menos: los recuerdos de las bodas de la reina Isabel y de la infanta María Luisa.
Carteras y monederos para los invitados.
Quedaba claro, pues, que el verdadero prestigio esperaba tras las rejas del Palacio Real, y que formar parte de los proveedores oficiales abría muchas puertas.
Y Natividad Quindós y Villarroel era la llave.
—Nati, ¿es verdad que el domingo habrá fiesta en el hipódromo? —le dijo en la misma puerta, sin aliento apenas, en cuanto se la abrió—. Me lo ha dicho una vecina. ¿Crees que irá Su Majestad?
Natividad sonrió, feliz de verla con tanta energía y empuje.
El duelo por Carlota Clara había terminado.
—Es el Gran Premio de Madrid. ¿Ya sabes por qué caballo quieres apostar?
—Lo tengo clarísimo —contestó Julia con una sonrisa.