La casa del hilo rojo Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando Celia vio a su suegra cruzar la puerta, seguida de los doctores Sedano y Losada, se lanzó a abrazar a Angelito con una efusividad que Elena no había visto en todos los meses que llevaba allí.

—¡No le des al niño, desgraciada! —gritó la señora de Aldamonte—. ¡No ves que mi nuera no está bien!

Elena, que acababa de salir de la cocina con Angelito en los brazos, se quedó paralizada. No podía apartar la vista de los dos hombres en bata, cuya blancura aterraba, por lo artificial y por todo lo que significaba. ¿Qué hacían allí?

—¡Si no me das a mi hijo, te tiro por la ventana! —la amenazó Celia.

Elena retrocedió, con todo el cuerpo rígido y alerta, puesto que ya había vivido la muerte violenta de su madre y para ella no existían las amenazas vacías.

La madre tenía los ojos tan abiertos que no se le veía el párpado. Daba miedo mirarla. Ahora sí que parecía trastornada.

—¿Ven como es verdad? —La suegra se dirigía a los médicos—. Mi hijo ya se lo advirtió. Primero, los delirios de grandeza, siempre hablando de duquesas, de fiestas y de palacios. Como si ella misma fuera grande de España. Luego, la aversión a sus amigas… ¡Y ahora amenaza al servicio!

—Está delirando, señora Celia, pero podemos ayudarla —dijo el doctor Losada. Hacía un movimiento de bajada con las manos, como apagando una hoguera invisible.

—Sus nervios mejorarán con las aguas… —insistió Sedano, que se entendía con Losada con miradas de soslayo.

—¡No quiero aguas! ¡Ni médicos! A mí no me pasa nada… ¡Solo quiero a mi hijo!

Celia se abalanzó contra Elena, que ya no sabía a quién obedecer.

Era su señora, la que la había contratado.

Le debía lealtad. Pero ¿y si de verdad necesitaba ayuda?

Lo cierto era que llevaba bastantes días un tanto alterada…

¿Y si le hacía daño al niño sin querer? Nunca antes le había parecido que estuviera enajenada, pero ahora mismo era la viva imagen de una lunática.

Con la suegra delante se había transformado, eso era evidente.

No tuvo que decidir porque a Celia la agarraron entre los dos médicos y ella se resistió como pudo.

Se sujetó al tapete de la mesa con tanta fuerza que lo desgarró y volcó un reloj pesado con las figuras de las tres Gracias.

Una de ellas se rompió el cuello contra el suelo y su cabeza de alabastro rodó hasta la puerta.

—¡No me quitéis a Angelito! ¡Soy su madre!

Elena abrazó al niño contra su cuerpo, cada vez más angustiada y confusa.

—Tiene que calmarse, doña Celia…

—¡A mí no me des órdenes! ¡Que te acojo en mi casa y así me lo pagas! ¡Cuando vuelva te vas a enterar!

—La llevaremos de vuelta a Cantabria, doña Celia, a las montañas. Ese aire le hará bien —decía Losada mientras la sacaba contra su voluntad.

Celia ya no tenía fuerzas para luchar, no después de que ambos hombres se le enfrentaran y la sujetaran. La incorporaron y la obligaron a caminar.

—Tomará las aguas de Plombières, que son las mejores… Tienen unas duchas escocesas que son mano de santo.

—Y el bromuro es refinado, de primera calidad —añadió Sedano.

La desgraciada Celia aún tuvo tiempo de aferrarse a una de las cortinas de brocado que había traído de su ajuar de Santan der. Le dio tal tirón que descolgó la barra y estuvo a punto de caerle encima a los médicos. Tuvo tiempo de cargar contra Elena una vez más.

—¡Pobre de ti como estés aquí cuando vuelva!

A la suegra ni la miró cuando pasó por al lado, llevada por los médicos casi en volandas.

A esas alturas estaba resignada a su suerte, humillada por su enemiga, pero seguía siendo la esposa de Juan Eduardo Aldamonte.

Tomaría las aguas si se empeñaban, pero escribiría a sus padres nada más llegar.

No dejaría que le quitaran a su marido así como así. Porque era suyo y de nadie más.

Cuando se marcharon, Elena se quedó a solas con Angelito y la suegra, que se recolocaba los pelos del moño, sofocada por la discusión.

—Esa muchacha nunca se ha adaptado a Madrid —dijo la señora—. Esta es una ciudad donde el ruido de los carruajes no te deja pegar ojo y los tranvías atropellan a los paseantes día sí y día también. Le destroza los nervios a cualquiera. Hay que ser madrileño para soportarlo.

En ese momento entró por la puerta una muchacha, con un vestido sobrio aunque elegante, abotonado hasta el cuello.

—¿Está todo bien? Me ha parecido oír gritos…

—Todo va bien —dijo la señora—. No puede estar mejor.

—Me llamo Julia Loewe y soy su nueva vecina, la del piso y el taller. ¿Es usted la señora de la casa?

—Ahora sí. —Iluminó su cara una sonrisa triunfal—. Pero ya me iba. La acompaño abajo.

Tomó a Angelito de los brazos de Elena.

—Ven aquí, mi niño precioso…

Pasó de largo y salió por la puerta.

Julia se quedó mirando a Elena, que estaba pálida y demudada, aún con el susto pintado en la cara.

Por todas partes había estragos de la escena: el tapete desgarrado, la cortina descolgada.

La recién llegada se agachó para recuperar la cabecita de alabastro de la Gracia que se había roto.

Se adelantó y se la entregó a Elena, que suplicaba ayuda con los ojos, sin llegar a decir una palabra.

Julia salió entonces y Elena acudió al umbral, detrás de ella, y se asomó al hueco de la escalera, por donde vio que estaban subiendo a pulso algunos muebles, envueltos en sábanas blancas y bien amarrados por cuerdas.

—¿Ha visto cómo está de lozano mi Angelito? —dijo la señora de Aldamonte, mostrando orgullosa a la criatura—. Mi hijo era igualito. Con muñecas tan rollizas que se le perdía entre los pliegues la pulsera del bautizo. ¡Más de una vez pensé que se le había caído!

La señora de Aldamonte hablaba sin parar. Hasta entonces, por su enemistad con Celia, había visto al crío con cuentagotas. Ahora la feliz abuela tenía todo el tiempo del mundo.

—Tengo ya unas ganas de que llegue el domingo… ¡Así podré llevarlo al hipódromo y que lo conozcan mis amigas! Se va a dar allí una fiesta fabulosa. Qué falta nos hacía, hija mía, después de todo lo que hemos pasado.

Julia, que escuchaba la perorata por cortesía, se volvió desde las escaleras y cruzó una mirada con Elena.

Ella se estremeció.

Ahora se quedaba sola en la casa.

Al menos hasta que volviera Eduardo.