La casa del hilo rojo Capítulo 16
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Capítulo 16

Elena no podía complacer a Celia porque, cuando el interior de una mujer se desordena, no existe orden ya en ninguna parte.

Aunque se manejaba bien con la casa y con Angelito, no era suficiente para aplacar los nervios de la señora, pues Eduardo había aprovechado la separación para volver a hacer su vida.

Aquella gripe había impedido que ella ejerciera sobre él la vigilancia y la presión propias de una esposa, y ahora se le iba de las manos.

Eduardo había vuelto a sentirse libre, como cuando era soltero, y no quería renunciar y someterse a la rutina casera y familiar.

Y Celia no podía soportarlo. Veía cómo se distanciaba más de ella, hasta el punto de que se pasaba días sin dirigirle la palabra. Iba a ser cierto al final lo que le decían las amigas, las que tenía antes de ser madre: que era una desgracia tener un novio feo, pero peor aún era un marido guapo.

Lo cierto es que Celia no recibía visitas.

Su familia era santanderina y su madre estaba delicada y no tenía hermanas, solo hermanos.

Había cometido el error de enamorarse de un hombre de la capital y ahora debía apechugar sola con todo.

Las amigas que había hecho no aparecieron por varios motivos.

Primero porque ninguna de ellas era amiga de la infancia, sino que las había hecho todas al llegar a Madrid y se trataba de amistades convenientes, con las que buscaba una posición en sociedad.

Puro interés. Los círculos ya estaban hechos y ella había sido la última en llegar.

Además, despertaba no pocas envidias por haberse ca sado con Eduardo, que había dado esperanzas a muchas, pero al final solo había podido elegir a una, forzado como estaba por su padre.

Y por último, pero no menos importante, había sido la primera en ser madre, por lo que, con el reposo, se había descolgado de los planes de sus amigas.

Le había cambiado el cuerpo y ya no le cabían los vestidos de baile; se sentía avergonzada hasta de salir a la calle.

Ahora le tocaba hacer vida social de madre, con otras madres, mujeres a las que no conocía en absoluto.

Tenía que empezar de cero con esas otras que parecían de una clase diferente, con sus propios intereses, opiniones, desvelos y rituales.

Le tocaba hablar de educación, de institutrices, de medicamentos, de cochecitos y de las últimas muñecas y autómatas de la fábrica de Jumeau.

Por todo ello, sus antiguas amigas la evitaron desde el principio.

Nada les parecía más aburrido que una madre primeriza hecha un manojo de nervios que hablaba todo el rato de su rorro.

Celia, en cambio, estaba desesperada por recuperar algo de lo que había tenido antes, de escapar de aquella vida de madre en la que se había metido sin saber.

No quería hablar de Angelito, sino de literatura, teatro, ponches y bailes.

Pero todo el mundo la empujaba una y otra vez a su nuevo papel e insistían en enterrar a la antigua Celia bajo toneladas de mantillas y pañales. «Es lo que te toca».

Elena la escuchaba y asentía a todo mientras calentaba el juego de planchas de hierro, que le daba un calor sofocante en pleno verano.

Fantaseaba con planchar de noche y en paños menores, pero no podía permitírselo.

Una criada tenía que asegurarse de que su señora la viera siempre atareada y trabajando.

Si hubiera hecho de noche lo que le tocaba de día, a la mañana siguiente se habría caído por las esquinas.

La llamarían gandula y la dejarían en la calle.

Además de que dormía en la despensa, que era contigua a la cocina, y no tenía forma de cerrar ninguna puerta.

No disponía de intimidad y encima estaba Eduardo.

Tras su primer encuentro, Elena había padecido una forma extraña y desagradable de deseo, que es la que va de la mano del peligro y la desgracia.

Él había sido el primer hombre joven que se había exhibido así ante ella, que la había provocado con sus palabras y que la atravesaba con los ojos cada vez que tenía ocasión.

Se divertía con las reacciones de Elena, que lo reafirmaban en su poder seductor.

Le hacía gracia ver cómo se ponía nerviosa, cómo tragaba saliva, cómo se le cambiaba el color de la cara y cómo le miraba cuando creía que él no la veía.

No la consideraba más que una niña tonta que siempre perdía en los pulsos del deseo, pero había logrado colarse en sus sueños y conseguía dejarla en ridículo cada dos por tres.

Elena tenía un sueño recurrente con su primer encuentro, solo que ahora él se lo quitaba todo.

Se despertaba angustiada en la despensa, donde entre la oscuridad distinguía las formas cuadradas y redondas de las conservas y las frutas, las ristras de ajos y pimientos colgando del techo, los manojos de hierbas aromáticas y los sacos de guisantes y judías.

Su cuarto olía a cebollas y a naranjas, y solo cuando respiraba agitada, al despertar, recordaba dónde estaba.

Eduardo solía llegar muy tarde, pensando que así encontraría dormida a Celia. Sin embargo, su mujer lo esperaba despierta y cargaba sobre él sus reproches. A Elena le llegaban, hasta la despensa, las frases sueltas:

—¡Déjame en paz! Sabes que necesito descansar para seguir ganando dinero.

Luego, llegaban los gritos de Celia, más ahogados, de manera que no los entendía. Y seguía Eduardo:

—¡Deja de agobiarme con tus tonterías o me voy a dormir con mi madre!

Más protestas de Celia y luego:

—¿Es que no sabes cuál es tu lugar como esposa? ¡Yo no soy tu dama de compañía!

El barullo de fondo de Celia y entonces él:

—¡Pues si tan mal te sientes por mí te puedes ir a Santander!

—¡Aquí estoy aislada del todo! —Esta vez sí la oyó.

—No seas cría y deja de decir estupideces. Todo lo que te pasa es de lo más normal. Les pasa a todas. Y no se ponen como tú.

En momentos como aquellos, Celia odiaba a Angelito.

Notaba que la estaba convirtiendo en alguien que no quería ser: una mujer angustiada, temerosa, juzgada por todo y por todos.

Que si el rorro llevaba demasiadas mantillas o demasiado pocas, que si balbuceaba o no, que cómo no gateaba todavía, ¿seguro que está bien alimentado?

El crío era, como siempre, de la madre para criar y del resto del mundo para opinar.

Las escasas veces que salía a la calle prefería no cruzarse con nadie conocido para evitar el acoso.

Tal llegó a ser su aversión que empezó a rumorearse en los salones si la señora Celia no estaría tan mal de los nervios que no podía hacerse cargo de su casa.

Esto lo comentaba principalmente su suegra, que había estado en contra de Celia desde el noviazgo.

Cuando Eduardo iba a dormir con sus padres, malmetía diciendo que su mujer estaba enfermando y le daba argumentos para sus discusiones.

«Te lo dije, Eduardo, y no me hiciste caso.

Con tantas mujeres bien asentadas como había en Madrid y tuviste que buscarte a una en Santander.

Y de mimbres quebradizos». Fue ella la que le insinuó primero que, si seguía siendo tan controladora, tendría que llevarla al médico porque podía estar experimentando una neurosis.

Él le daba la razón: no estaba dispuesto a vivir en el infierno y había muchos sanatorios por ahí donde seguro que la aceptarían, como a tantas que no sabían estar en su lugar.

«La gripe esa y todo el encierro no han hecho más que ponerla peor».

En una de esas noches a Elena le costó dormirse por los gritos de las discusiones y tuvo un sueño inquieto.

Se despertó de madrugada y se encontró a Eduardo en la despensa, mirándola fijamente.

Estaba apoyado en los anaqueles, iluminado tan solo por un quinqué de la cocina, por donde llegaba el resplandor intermitente de una llama.

Ambos se quedaron en silencio, sin hacer ni decir nada más, porque desde ese momento quedó claro que él podía entrar allí cuando quisiera, que podía mirarla a placer y que ella no podía hacer nada.

No tenía control sobre aquel espacio, sobre su propio sueño ni sobre la visión de su cuerpo.

Desde entonces perdió toda sensación de seguridad y refugio.

Se despertaba en medio de la noche, con el corazón sin freno como un tictac de reloj que se acerca sin remedio a su hora fatal.

Intentaba descubrir su figura en la oscuridad y lo imaginaba cada vez más cerca, sentado en su cama, adivinando su cuerpo a través del camisón.

Entonces se cubría con la sábana hasta por encima de la cabeza, en aquella casa donde no podía esconderse.