Capítulo 15 #2
Julia se quedó sin aliento. Nunca había visto el trabajo de su padre como algo superficial. Un regalo, un objeto de prestigio, aquello que es duradero y resiste al tiempo… La belleza en la factura y la calidad. Todo eso era importante.
Pero aquel hombre hablaba de una forma que inspiraba respeto y admiración. Su fuerza interior la abrumaba.
Alfredo no pudo aguantar más y acudió al rescate, advirtiendo a Konrad con la mirada.
—Las piezas de cuero de los Loewe, las que elabora el padre de Julia, no son fruslerías. Son dignas de marqueses y duques…
—En el fondo usted y yo pretendemos lo mismo, señor Stauffer —lo interrumpió Julia—. Hacer nuestro trabajo con el mayor esmero posible y logrando un resultado excepcional. Llevarlo un paso más allá. Con nobleza y arte.
Konrad se retiró un poco para digerir la respuesta. Entendió, por fin, que había metido la pata hasta el fondo. Así que a eso se dedicaba la familia, a hacer carteras de piel. Lamentó que Alfredo no le hubiera informado mejor.
—Discúlpeme. He sido profundamente ofensivo con mi comentario.
A veces paso tanto tiempo tratando con la malta y en el laboratorio que se me olvida cómo comportarme en sociedad.
Le prometo que me pasaré por su taller. Sería un privilegio tener una cartera suya.
Y ahora, si me disculpan, debo irme a descansar.
Se levantó, saludó con un gesto del sombrero y se marchó del café. Julia lo vio alejarse con largos pasos, esquivando las mesas y a los camareros. Como si el sol estuviera cayendo a plomo y él tuviera que acostarse antes del último rayo.
—Nosotras también tenemos que irnos —dijo Sofía—. Se está haciendo de noche y no quiero que Heinrich se preocupe.
—Parece un hombre misterioso —dijo Julia. Lo siguió con la mirada a través de los cristales que daban a la acera.
Había dicho que no sabía comportarse en sociedad.
—Alguien así tiene algo de salvaje —siguió ella—, pero no en un sentido incivilizado, sino más bien agreste y puro. Como la montaña.
—Es un maestro cervecero excelente, pero una terrible compañía —dijo Alfredo—. Eso sí, trabaja de sol a sol, como empleado no se le puede pedir más.
Julia se dejó invitar por Alfredo, que se quedó a jugar en los billares, y se marchó con Sofía de vuelta a casa.
Pasarían tres años hasta que volviera a ver a Konrad.
Poco podía imaginar entonces que Florencio Rivas había acertado de pleno y que acabaría casándose con él.
Cuando llegó a casa se encontró a su padre en la puerta, vestido con pantalón, chaqueta y chaleco de lanilla. Se estaba anudando la corbata para salir.
—¿Qué haces tan arreglado?
—¡Me voy al teatro! ¡Y Sofía se viene conmigo!
—Pero… acabamos de volver de un recital.
—¡No sabía yo que Florencio Rivas era pianista!
Julia y Sofía se miraron boquiabiertas.
—De lo que se entera uno, ¿verdad? Toda la vida creyendo que conoces a tu socio y resulta que tenía un talento oculto… ¡Un virtuoso de la música, nada menos! Menos mal que siempre hay alguien que me pone al corriente de las noticias de sociedad.
Echó una mirada de reojo a Tarsila, que se agachó y se ocultó en la cocina como si estuvieran cayendo chuzos de punta.
—¡Nos has seguido! —protestó ella.
—Julia no le dijo nada por evitarle un soponcio… —la defendió Sofía.
Heinrich estaba enfadado de verdad. Hacía mucho que Julia no lo veía con tanta energía. Se puso su abrigo, tiró de las solapas para ajustarlo y se lio la bufanda al cuello.
—¡No sé lo que hacías en la tienda de ese sinvergüenza! Pero ¿sabes qué? Ya se acabó. A partir de ahora ni reposo ni leches. Haré las cosas a mi manera.
—¿Qué iba a hacer en su tienda? Pues ver cómo lleva el negocio, por si podemos aprender algo de él…
—¿Qué vamos a aprender de ese mediocre?
—Para empezar, deberíamos poner una tienda a pie de calle. Y atender a un público mayor. Abrirnos un poco, ampliar. Me he encontrado con Alfredo Mahou y ¿sabes lo que me ha dicho? Que nuestros artículos eran para marqueses y duques…
—¿Y eso qué tiene de malo?
—¡Pues que marqueses y duques hay muy pocos!
—¡Pero todos quieren ser como ellos!
Julia bajó la cabeza y la movió hacia los lados, frunciendo los labios. Entendía la postura de su padre, no debían perder exclusividad, aunque…
—Necesitamos más clientes.
—¡No somos tenderos, Julia! Si hacen falta más, habrá que buscarlos en la alta sociedad.
Entre quienes puedan pagar algo como lo que hacemos.
Habrá que salir a buscarlos, a sus fiestas y a sus palacios.
Aunque hay una cosa en la que sí tienes razón, que es lo de ampliar.
Hace falta irse de aquí. A un sitio mejor y más grande.
¡A la calle del Príncipe, donde los teatros!
Somos lo que parecemos. Y en este edificio parecemos pequeños.
Julia asintió con una mezcla de convicción y tristeza.
Su etapa en aquel piso, el que había compartido con su madre, había llegado a su fin.
En el fondo sabía que era lo mejor para Heinrich, alejarse de los recuerdos.
Olvidar a Clara, acercarse a Sofía. Empezar una nueva vida.
Era lo mejor tanto para él como para Loewe…
, pero aún no estaba preparada para dejar la casa atrás.
Sus ojos se fueron al piano de cola. Esperaba poder llevárselo. Habría que bajarlo por la ventana con cuerdas, hasta el suelo, y luego subirlo al piso nuevo. Era un instrumento único, que no podía sufrir ningún daño. ¿Habría sitio suficiente en el nuevo salón?
Al cabo de algunas semanas ya estaban instalados en el que sería su nuevo hogar y taller. No pudo ser en la calle del Príncipe, aún no podían asumirlo, pero Heinrich no quería esperar.
Se mudaron al número 6 de la calle Ave María y alquilaron el edificio entero: el piso principal para el taller y el segundo como vivienda familiar.
El tercero no porque ya pertenecía a un abogado, Juan Eduardo Aldamonte, y a Celia, su mujer.
Llevaban poco de casados y tenían un niño pequeño, de algo más de un año.
Sin embargo, la primera persona que Julia conoció allí no formaba parte de la familia: se trataba de su criada, Elena. Y desde el primer momento supo que la joven necesitaba ayuda.