Capítulo 15
Aunque Alfredo Mahou era el hijo bastardo de una criada, ya tenía la autoestima de un magnate. Tanta como para dirigir la fábrica que había heredado de su padre, Casimiro.
El patriarca se había quedado viudo a los cuarenta y cinco años cuando contrató a Brígida Solana, con apenas veintidós, para servir en su casa.
Pese al cariño que le profesaba y al evidente roce, no accedió a casarse con ella hasta bien avanzado su tercer embarazo.
Por lo tanto, Alfredo, que había nacido ilegítimo y que lo fue durante años, dejó de serlo y se convirtió en el orgulloso heredero de Mahou.
Si bien su sensibilidad lo llevaba por derroteros más artísticos, de los que se consolaba con su propio estudio de fotografía, pronto asumió su responsabilidad en la Fábrica al Vapor de Colores, Barnices y Hielo Artificial Viuda e Hijos de Casimiro Mahou.
Precisamente por el hielo había acudido al refrigerio que ofrecía Florencio Rivas aquella tarde.
Iba a estar hasta arriba de periodistas y nada le horrorizaba más que la mala publicidad.
¿Qué iban a escribir si el hielo que servía no llegaba en condiciones o si se acababa y tenían que beberse las sodas calientes?
No podía permitirse un fracaso así en un día de tanto calor.
Por ello, miraba constantemente por el rabillo del ojo a sus repartidores, que habían sacado el hielo esa misma mañana del depósito de Jacometrezo y ahora lo picaban en la acera, enfrente del local.
Cada uno llevaba su arpillera al hombro y el gancho de sujeción clavado en la barra congelada.
Alfredo temía que chorrearan tanto que se formara un charco en la entrada y los invitados se fueran a mojar los zapatos o, no quisiera Dios, a resbalar en la puerta.
—Debería usted conocer a los Loewe. —Señaló a Julia—. A partir de ahora se los va a encontrar en todas partes.
En Madrid los alemanes expatriados solo se juntaban entre ellos, y con los de similares gremios, además.
Todo el tiempo de ocio lo pasaban juntos.
Ya era duro pasarse el día entero hablando en español, una lengua tan distinta, como para encima hacerlo cuando descansaban.
Y estaba la cultura, por supuesto: los cantos, los bailes, los poemas, las fiestas nacionales, el cumpleaños del káiser y todo lo demás.
Tenían sus círculos aparte. Sus obras de teatro en alemán, su gimnasio alemán y, muy pronto, su colegio alemán.
Pero Konrad acababa de llegar, aún tenía muy fresca su vida en la madre patria y no tenía nostalgia ni ganas de socializar.
Pasaba sus días entre la pensión y las obras de la gran aventura de los Mahou, el sueño del patriarca: abrir la primera fábrica de cerveza en Madrid.
Sobre Konrad, como maestro cervecero, recaía buena parte del éxito de la empresa.
Una vez terminadas las obras, debían despachar cerveza en cantidades industriales, hasta seis mil litros al día.
Con su horno, sus carboneras, sus cuevas, sus cubas y sus compresores de frío…
, mucho importado de Alemania, con la mejor tecnología.
Beck & Rosenbaum se encargaba de todo desde Darmstadt.
Ellos mismos habían recomendado a Konrad.
Pero el maestro cervecero no era de mucho salir. Alfredo había tenido prácticamente que arrastrarlo a la fiesta.
—Parece que la muchacha no está demasiado a gusto —musitó, en un alemán cerrado.
Julia parecía cada vez más incómoda y el dueño, más crecido.
—Es muy joven —la disculpó Alfredo.
En ese instante Rivas le puso la mano en el hombro y la chica retrocedió. Konrad podía sentir su tensión incluso desde el otro lado del local.
—No me gusta lo que veo. Voy a intervenir.
—¡Pero si no sabes español! —exclamó su amigo.
Alfredo apuró de un trago la soda, se secó los bigotes con el dorso de la mano y se retorció ambos extremos, para curvarlos hacia arriba.
Ya pintaban canas, pero estaban impecables.
Konrad, altísimo como era y delgado como un poste, le sacó una buena delantera a base de zancadas hasta alcanzar a Rivas y a Julia.
Habló con ella en alemán, pellizcándose el ala del sombrero gris y levantándolo en señal de respeto.
—¿La está molestando este hombre?
—¿Lo ve? ¡Ya tiene un pretendiente! —exclamó Rivas en español—. ¡Lo que yo decía! Déjese de jugar a empresaria, que en unos años le hará falta un buen marido.
Julia bajó la vista, disgustada por sus insinuaciones.
Que ella no estaba preparada para Comercio ni para Loewe…
¿Que cómo iba a estar presente en la Cámara?
¿Que si lo que tenía que hacer era casarse?
¿Es que era el mundo al revés? Que para qué comprar una escribanía, que eso no era para mujeres.
No lo soportaba ni un minuto más. Y entonces había aparecido Konrad, aquel gigante germánico, el más alto de la tienda.
Claramente de otra raza. Pelirrojo, con el pelo del color del fuego recién hecho y los ojos grises.
La mirada seria, desprendiendo fortaleza y serenidad interior.
Le echó unos treinta años. Le respondió en alemán.
—No se preocupe, todo está bien. Dankeschön .
—Me ha parecido que la estaba molestando…
—Florencio Rivas es insufrible. Un minuto a su lado parece una eternidad.
Konrad sonrió y Alfredo, que acababa de llegar, se quedó muy sorprendido. Era la primera vez que le veía hacerlo. No sabía que ese hombre supiera sonreír.
Ewigkeit , había dicho Julia. Una palabra que Konrad comprendía bien. Para sostener la eternidad hacían falta cantidades inmensurables de pasión. Y la pasión era la esencia de Alemania.
Rivas los miró alternativamente, sin decir palabra. Aquel idioma endemoniado…, era imposible saber lo que decían. Julia le dedicó su mejor sonrisa y le habló en la lengua de Cervantes:
—Le explicaba a…
Señaló a Konrad, que no entendía. Ella le animó a hablar con un gesto de la mano, pero él seguía sin responder. Le preguntó directamente:
— Wie heißen Sie?
—Konrad. Konrad Stauffer.
—Le decía al señor Stauffer que es usted un anfitrión excepcional.
—Ah…
Florencio sonrió, agradecido, y se relajó. Mientras tanto, Alfredo Mahou, en segundo plano, no sabía si taparse la boca escandalizado o permitirse reír abiertamente.
—Pues entonces voy a seguir saludando a mis invitados, no vaya a perder mi reputación hospitalaria.
Señorita Julia, nos vemos en los meetings de la Bolsa…
, cuando vaya usted del brazo de su padre, el señor Loewe.
Salúdelo de mi parte y dígale que se recupere pronto de lo que sea que tenga.
¡Aufídersen! —le soltó con su acento más castizo.
Cuando se dio la vuelta, Alfredo ya se había decidido por la carcajada y el bigote se le movía de arriba abajo. No aguantaba más.
Julia se lo quedó mirando hasta que Konrad decidió por los dos.
—¿Nos vamos?
Caminaron hasta el Café de la Iberia y se instalaron en el jardín del patio interior.
Estaba a rebosar de madrileños desesperados por dejar atrás aquel invierno de gripes y encierros, ansiosos por llenar las terrazas y volver a vivir.
El dueño del local, que lo sabía, había contratado a un cuarteto de cuerda.
Julia pidió un té de trébol rojo, Sofía, una infusión de melisa, Alfredo, un café y una tostada de medio panecillo, de los franceses largos, y Konrad, una cerveza. Al último lo miraron como si viniera de la luna.
—Nada, que en Madrid no va a haber cerveza hasta que la hagamos nosotros —dijo Alfredo, dándole unas palmadas en la espalda—. ¿Ves por qué te decía que era urgente? ¡Los españoles se están perdiendo lo mejor de la vida! Tráigale un agua de cebada, por favor.
La camarera se alejó pensando «qué hombre tan excéntrico».
—¿Van a fabricar cerveza? —Julia se dirigió a Alfredo—. ¿Y qué pasa con las pinturas y el hielo?
—Ambos siguen. Pero algo habrá que hacer con todo el hielo que nos sobra, ¿no? Aunque sea para pagar los impuestos, que por cada kilo se lleva diez céntimos el Ayuntamiento… Y así no se puede.
—Pues me deja más tranquila. Nos hacen falta los barnices para el taller.
—El sueño de mi padre siempre fue el oro líquido. La Pilsen. Konrad se está ocupando de todo. Tenemos planeada hasta una maltería.
A Konrad se le había comido la lengua el gato. No era por el idioma, ya que hablaban en alemán todo el tiempo. Solo que parecía muy reservado. Serio y alto como un ciprés. Como si ver el mundo desde su altura le hubiera dado mayor perspectiva, más elevada y menos apegada. Tenía un aura espiritual.
—¿Acaba usted de llegar a Madrid? —le preguntó Julia, en un intento de arrancarle una palabra.
Él asintió.
—De Darmstadt —añadió Alfredo—. Me ha costado sacarlo de su guarida.
Konrad se revolvió en la silla.
—Me gusta estar solo.
En ese momento dejaron de hablar porque terminó el Minuetto más famoso de Boccherini y los tertulianos rompieron a aplaudir.
—¿Y qué hace cuando está solo? —preguntó Julia cuando se apagaron los aplausos.
—Me gusta la montaña.
—Como a todos los alemanes, entonces. —Sonrió Alfredo.
Los músicos pasaron junto a su mesa, de retirada. Aquel había sido el último número del concierto.
—Es hora de marcharme… —dijo Konrad—. Mañana tengo que madrugar.
Sacó su portamonedas para pagar el agua de cebada, que se había quedado intacta en la mesa. El cuero de la cartera estaba brillante en las partes de más uso, ennegrecido en los bordes, y en las costuras se había escapado más de una puntada.
Julia no pudo evitarlo. Le saltó de dentro como una liebre.
—¿Le gustaría ver otras carteras?
—Prefiero no gastar en fruslerías.
Ella se retiró como tras un zarpazo.
—¿Una buena cartera es una fruslería?
—Caprichos, sí.
Alfredo quiso intervenir, pero Julia lo detuvo con la mano.
—Hay quien diría que ese tipo de detalles… dicen mucho de un hombre.
—El mundo de las apariencias no me interesa, señorita. Me interesa el amor a mi trabajo. No asustarme de él. Intentar hacer el bien y no ser negligente, que es el mayor peligro de ser hombre. ¿Cree usted que eso dice mucho o poco?