La casa del hilo rojo Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Deje… Deje que le enseñe algunas de las cosillas que he traído de mis viajes —siguió Rivas—. Coral de Nápoles, de ese que usan las amas de cría. ¿No quiere uno para ella? —Señaló a Sofía, en segundo plano—. Y estas figuritas de la mismísima lava del Vesubio.

—Me gusta esa escribanía de plata. Esa de ahí. ¿Qué precio tiene?

—Ah, bueno, pero es que eso es para despachos mercantiles y de abogados… Para banqueros y gente que hace cuentas.

—Ah, ¿sí?

Julia se cruzó de brazos.

—Me refiero a que es un artículo para caballero.

Usted sabe muy bien, señorita, que algunos artículos son para un sexo y otros para otro.

En su taller también hacen piezas para caballero, ¿no es verdad?

Lo lleva un hombre como su padre, lo atienden hombres en el mostrador, los operarios son hombres y sus clientes igual…

¡Se imagina que entrara una mujer a llevarse una petaca!

¡Para ella! —Se carcajeó, y a Julia no le hizo ni pizca de gracia.

«Nellie Bly llevaba una petaca en su viaje de la vuelta al mundo. ¿Cómo iba a beber si no?», pensó Julia.

—Mire… mire estas sombrillas y estos abanicos de París, que yo creo que le vendrán muy bien a una dama como usted.

Ella se mordió los labios por dentro. Aquel hombre no podía ser más insoportable y no sabía ya cómo hacer para no desairarlo en su propia fiesta.

—No necesito más sombrillas ni más abanicos, señor Rivas. Tengo de sobra. Y esa escribanía de despacho mercantil la veo muy apropiada para mí misma, que estoy estudiando en la Escuela de Comercio y me examino de Caligrafía el próximo junio.

—¿Que está estudiando Comercio? ¿Y eso por qué?

Julia notaba cómo se le aceleraba la respiración y hasta podía imaginarse cómo se le enrojecían las venas del cuello, con su camafeo y todo alrededor.

Aquel hombre la estaba sacando de sus casillas.

Sofía Hofmann la observaba desde una esquina, temiendo que fuera a estallar en cualquier instante.

No temía un escándalo, era impensable en alguien como ella, pero podía dar el silencio por toda respuesta y largarse sin decir adiós.

Rivas era un hombre mayor y respetado por todos.

¿Qué clase de groserías le estaría diciendo para que pusiera aquella cara?

Julia aprovechó que pasaba un camarero con una bandeja de refrescos para robarle una soda. Le dio un buen trago que le permitiera contestar. No podía confesar que su padre había caído enfermo y melancólico, y que ella no podía dejar la empresa en manos de un niño de diez años.

—Planeo trabajar en el taller. Todo eso que ha dicho antes sobre que solo atendemos a caballeros… dejará de ser así en breve. Yo misma atenderé a mis clientes y le aseguro que vendrán también señoras.

Señaló a algunas de las mujeres que miraban los escaparates desde fuera, como si ya las estuviera considerando para Loewe.

—Pronto tendremos piezas también para ellas.

Julia acababa de improvisarlo, no lo había pensado antes, pero la arrogancia de Rivas la había empujado a aquella bravata.

¿Por qué no? ¿Por qué iban a seguir con esa política de «solo para caballero» eternamente?

Rivas venía de un mundo antiguo, de un pasado casi prehistórico a ojos de Julia.

En los tiempos de la calle del Lobo tenía sentido que hombres y mujeres no se juntaran, que ofrecieran artículos solo masculinos…

Pero ya no estaban en 1846. Las mujeres viajaban, eran profesionales, escritoras, periodistas como Bly.

¿Por qué una mujer no iba a llevarse una cartera sobria para guardar sus papeles y sus tarjetas de vi sita, un portamonedas o incluso una petaca o un estuche de tabaco, si le daba la gana?

¿Es que en pleno siglo xx, en apenas unos años, iban a seguir con esas limosneras y bolsillos de abalorios tan absurdos?

¡En francés se les llamaba reticule , que se parecía mucho a ridículo!

—Me temo que se le va a ampliar la competencia, señor Rivas. Y es muy posible que me tenga a mí enfrente en la próxima reunión de la Cámara de Comercio.

Él se rio a carcajadas.

—Ya veo por donde va… ¡Acaban de abrirla y ya quieren las damas meterse en ella! ¡Pero si es usted apenas una chiquilla!

Julia alzó la mirada con una determinación que sorprendió a su interlocutor. También a ella misma, desde luego.

—No se deje llevar por los prejuicios, señor Rivas. Mi juventud no me hace menos competente. Conozco muy bien el negocio de mi familia, y conozco a las mujeres.

—Ustedes, las mujeres, quieren subirse a todos los carros, a todos los tranvías y a todos los trenes —replicó Rivas—.

Lo que pasa es que no se dan cuenta de lo mucho que les estorban las faldas y todos esos armatostes que se ponen debajo.

Todavía puedo entenderlo de aquellas que estén en necesidad, Dios me libre de juzgarlas…

Pero usted no lo necesita, Julia. Aún es muy joven.

Le puso una mano en el hombro, tomándose una confianza completamente inapropiada.

—No se preocupe. Sus ojos claros tarde o temprano atraerán a algún hombre que quiera casarse. Y también el dinero de su padre, eso por descontado. Si es que, para entonces, todavía lo tiene.