Capítulo 14 #2
Era Heinrich, que había aparecido en el pasillo, envuelto en una bata con bordados.
Julia los miró a ambos, suspicaz. No le gustaba que la institutriz se estuviera metiendo tanto en la familia.
Pasaba demasiado tiempo con su padre. Heinrich apenas había salido de casa en esos meses, abrumado por la muerte de Clara y débil por las secuelas de la enfermedad.
Sofía llevaba un solo mes en la casa y, desde que entrara por la puerta, la actitud de su padre había cambiado.
Se desvivía en atenciones con ella. Se llevaban solo cuatro años y al fin tenía a alguien con quien hablar.
Y eso hacía: hablarle de Clara, del tiempo que pasaron juntos, de sus años de novios en Londres…
No dejaba de hablar de Clara, pero no podía separarse de Sofía.
¡Qué diferente la atención que le prestaba a su nueva amiga en comparación con la que había dado a su madre en los últimos años!
Parecía que si un hombre no tenía algo que conquistar, no se esforzaba.
A Clara siempre la había dado por sentada, no podía imaginarse que iba a morir tan pronto.
Con Sofía, en cambio, ¿qué esperaba conseguir?
Julia sintió la punzada de los celos, mortificándola por enésima vez.
No quería a una extraña sustituyendo a su madre.
No quería que se llevara las atenciones que esta no había tenido en vida.
No le gustaba que aprovechara el buen momento de la empresa, pese a todas las dificultades que atravesaba.
Su madre se había comido todos los malos tiempos, la dureza de los inicios, cuando tenían deudas y había que apretarse el cinturón porque el taller aún estaba saliendo adelante…
, ¡para que ahora lo aprovechara otra! Y, desde luego, no la quería dirigiendo el hogar de los Loewe.
Ella era quien lo dirigía ahora, incluso se había comprado un ejemplar de Higiene y economía doméstica para aprender a llevar mejor las riendas.
No estaba dispuesta a vivir bajo las reglas de una extraña.
—Sofía se viene conmigo, padre.
—Preferiría que se quedara a hacerme compañía… Y así seguimos hablando de Kassel. Y de Ravensburg…
—Lo siento, no puedo ir sola a una fiesta como esta —parafraseó.
—¿Y adónde vas?
Julia no quería preocuparlo. Si le decía que iba a la tienda de Florencio Rivas…, no sabía cómo reaccionaría.
—A un recital de piano.
—¿Y no te puede acompañar Tarsila?
—No, padre. Sofía vendrá conmigo. Ya se lo he pedido.
—Pero ¿por qué?
«Porque lo digo yo».
En el camino a Príncipe, por la plaza de Santa Ana, Julia estaba mortificada.
Miraba a Sofía, a su lado, y sabía que era lo mejor para su padre.
Heinrich estaba progresando, recuperando las ganas de vivir gracias a ella…
Si seguía así de ilusionado, pronto podría volver al taller y hacerse de nuevo con el mando.
Loewe crecería y se fortalecería, por el bien de todos…
Pero no podía evitar comparaciones. Apretaba los puños al pensarlo.
Qué injusta era la vida y, sobre todo, qué injusto era el matrimonio.
Cavilando así, llegaron ante el escaparate de Rivas, sin darse apenas cuenta. De bruces contra la fachada.
Julia se quedó con la boca abierta al contemplarla.
La tienda no era tal, sino un edificio entero: tres pisos con sus correspondientes ventanales y dos puertas. Si fuera un barco, sería un transatlántico.
La joven se mordió los labios pensando en cómo iba a competir con semejante rival.
Se le hundieron los hombros del desánimo, pero se agarró al camafeo de su madre, contó hasta cinco y cruzó las puertas de la tienda, dispuesta a rugir si hacía falta.
Los Loewe no volverían a Kassel con el rabo entre las piernas por nada del mundo.
Julia quería seguir viviendo en Madrid, esa vida burguesa que cada año mejoraba y se volvía más lujosa. Quería una vida todavía mejor.
Fue el propio Florencio Rivas quien la reconoció a través del escaparate. Se adelantó hasta la puerta para abordarla el primero y le señaló el local con un gesto amplio del brazo, como si fuera un torero saludando en una plaza.
—¿Qué le parece la tienda? ¿No es excepcional?
El interior también era deslumbrante. Un pastor y una pastora disfrutaban del campo, pintados directamente sobre el yeso, llenando todo el techo. El lugar aún olía a pinturas frescas, a barnices y a reforma.
—Es del joven Sainz. Si quiere le puedo presentar al artista, que también ha venido. ¿Y ha visto ya nuestro famoso estoque?
«Como para no verlo, si lo tiene plantado junto a la puerta, como si fuera una maceta», pensó Julia.
—Muy bonito.
—Es del matador Ángel Pastor. De la fábrica de Toledo de Aznar Selgas. Mire el labrado de esta empuñadura, mire. Oro del mejor…
«Y encima con celebridades. Acabáramos», pensó Julia.
—Pagué por tenerlo aquí para ayudar a la viuda de un bolsista, que se suicidó hace poco el hombre. Hay que ver cómo el mer cado del dinero te deja la cabeza del revés.
«Y también hace beneficencia. Lo tiene todo, menudo personaje», se dijo la joven.
Julia, en lugar de desanimarse, decidió tomar nota. Florencio era un fuera de serie en lo suyo, que era la reputación, y su tienda estaba abarrotada. Ya que estaba allí, aprendería lo que pudiera. Sería como una clase práctica.