Capítulo 14
Julia se desvivía por su padre, a quien las fuerzas le fallaban.
Una de esas noches en que este se retiraba temprano, una vez más, ella lo cogió del brazo mientras se dirigía a su habitación, con una ternura sobrevenida por la fragilidad de quien hasta hacía bien poco había regido los destinos de la empresa familiar con firmeza y con una capacidad de trabajo inmensa.
—Papá, hace tiempo que quería hablar contigo de algo.
—Dime, Julia. Y perdóname tanta fatiga, sé que estoy dejando demasiado peso sobre ti.
La casa, tu hermano, el servicio… —Su mirada se quedó quieta en su hija, ambos parados en medio del pasillo.
Era consciente de todo lo que Julia estaba viviendo desde la muerte de su madre, primero, y ahora con su propia enfermedad.
Con catorce años, la edad en la que debería haberse dedicado a proseguir con sus estudios, al piano y a la vida social, su hija se veía al frente de unas responsabilidades que no le corres pondían, y lo lamentaba profundamente. Ella le sonrió y le acarició el brazo.
—No quiero que te preocupes tanto por mí.
Soy más fuerte de lo que crees, ¿sabes? —Su mirada reflejaba la férrea determinación de los Loewe—.
Mira, sé que no era lo que se esperaba de mí, pero, si te soy sincera, me da lo mismo.
Y perdóname la sinceridad, papá… —Heinrich la miraba, entre perplejo y expectante—.
Quiero pedirte algo: necesito, necesitamos, Enrique y yo, que te recuperes bien, que descanses lo que haga falta hasta recuperar del todo tus fuerzas.
Y, mientras tanto, déjame, por favor, que atienda yo a los clientes, en el taller.
Que sea yo la que dé la cara por ti, por la familia.
—Pero, Julia, es demasiado trabajo para ti, que eres apenas una niña…
—No te equivoques, papá: hace mucho que he dejado de ser una niña.
Y necesito que confíes en mí, porque solo así podrás dedicarte a volver a ser tú, a ser ese padre lleno de energía que tanto echamos de menos.
Papá, han sido semanas muy duras, de mucho miedo a perderte a ti también.
Y ni Enrique ni yo podríamos soportar perderos a los dos y quedarnos solos.
Enrique extraña muchísimo a mamá… Y yo. Tanto que me duele cada día.
—Sus ojos azules brillaban por las lágrimas que pugnaban por surcar sus mejillas, pero pudo contenerlas.
No quería que su padre la viera así—. Por favor, dime que me entiendes. Dime que me dejarás ayudarte.
—Tienes el empuje y el coraje de tu abuelo, la fuerza de los Loewe, Julia.
¿Cómo no voy a confiar en ti, hija? Adelante.
Me admiras, y no podría estar más orgulloso de ti.
—Un suspiro escapó de su pecho, tanto era lo que había soportado hasta ahora.
No, no podía negar que la predisposición de su hija, aunque quizá algo temeraria, llegaba como caída del cielo.
Estaba exhausto—. Si necesitas lo que sea, en cualquier momento, aquí estaré para ti.
Pero voy a agradecer un tiempo de descanso, no te lo puedo esconder más, porque el cuerpo no me responde como yo quisiera.
Conmovida por el gesto de su padre, por su sinceridad y por esa fragilidad que mostraba por fin ante ella, Julia se lanzó a sus brazos y lo estrechó fuerte contra su pecho.
Padre e hija sellaron con ese abrazo un pacto de complicidad, que tendría que ser suficiente para llevar adelante el taller en los siguientes meses.
Una mañana le llegó a Julia una tarjeta, de parte de Florencio Rivas:
Ya que no fue posible inaugurar la tienda en otoño, ruego acepte esta nueva invitación para un refresco en Príncipe, 11.
Era la primera vez que Julia iba a asistir a un acontecimiento social en meses.
No se había quitado el negro y los pendientes de azabache desde el entierro.
Cinco meses de luto y seguía sin poder sentarse al piano.
Le temblaban los dedos en cuanto acariciaba la tapa del teclado y acababa levantándose de la banqueta, estrangulada por el dolor.
Se le había atragantado la música. Sí que había retomado sus clases de Alemán y de Labores, en la Escuela de Institutrices, y las de Caligrafía e Inglés, en la de Comercio, pero no había pisado ni un solo día el conservatorio y no sabía ni cómo iba a aprobar el examen de junio si no conseguía sentarse ante el piano.
A Clara no le habría gustado que abandonara.
Aunque ya no pudiera soñar con una carrera, tenía que presentarse al examen. Debía hacerlo por ella.
Solo cuando escribía en alemán parecía asomarse la Julia tumultuosa que habitaba su corazón.
La caligrafía gótica de sus ejercicios no tenía nada que ver con la del resto de sus asignaturas, que siempre era equilibrada y elegante, abierta.
Con el mismo carácter que mostraba en el taller.
Pero cuando tenía que escribir en alemán, su letra se transformaba.
Se apretaba y se le cerraban las vocales o se le desmelenaba.
Se le escapaba de los renglones hacia arriba y hacia abajo, como los zarpazos de una leona que quisiera escapar.
Era entonces más Loewe que nunca. Después de todo, ese era el significado en alemán de su apellido.
León. Se le alargaban como con colas al final las palabras, invadiendo los márgenes y amenazando con salirse de la página.
Sus caligrafías parecían las de dos personas distintas.
En la lengua de su padre se le traslucía la furia, la pasión creativa y destructiva que albergaba.
Esa misma que antes le salía de los dedos cuando tocaba las piezas de los compositores alemanes.
Su nostalgia de la música se revelaba cuando escribía su nombre: la J mayúscula era igual que una clave de sol.
Se nombraba a sí misma como una partitura.
Para ir a la fiesta de Rivas escogió un vestido de paseo oscuro, en azul noche, como el primer anuncio de un amanecer después de una noche larga.
Un primer asomo fuera del luto. Sin lazos ni volantes, con fruncidos y botones como únicos detalles, y el tableado al final de la falda.
El corpiño llevaba unas solapas a modo de chaqueta, de lo más sobrio que tenía en el armario.
Acudía más como Loewe que como Julia, al fin y al cabo.
Ahora que se estaban abriendo los comercios, si aquel hombre podía ser su competencia, era mejor conocerlo bien.
—Deja que vaya contigo, que una muchacha de tu clase no debe ir sola a una fiesta.
Se lo había dicho Sofía, que se acercaba al tocador con el abrigo en la mano.
Sofía Hofmann era una viuda alemana de treinta y seis años que había nacido en Ravensburg.
Julia la había contratado para que se ocupase de su hermano Enrique durante los meses de pandemia, para que este no tuviera que ir al colegio.
Al final, pues, había tres mujeres en la casa: la propia Julia, Tarsila y la nueva institutriz.
Y, sin embargo, parecía que esta última pasaba más tiempo con su padre que con el niño.
—¿Qué le preparo a Enrique para cenar? —dijo Tarsila.
Julia se estaba poniendo el abrigo y contestó desde la entrada:
—No lo sé. Está muy caprichoso y no quiere nada.
—Los niños tienen épocas —dijo Sofía—. Ya se le pasará.
Ninguna de las dos quería mencionar a la difunta Clara, pero su ausencia siempre se hacía muy presente en la casa, como un fantasma que tuviera volumen y provocase silencio a su alrededor.
Nadie quería reconocer que Enrique empezaba a darse cuenta, tantos meses después, de lo que era perder a una madre, y que su falta de apetito tenía mucho que ver con eso.
Julia se prendió un dije donde, tras un camafeo de marfil, llevaba oculto un bucle del cabello de su madre.
Después se ajustó un sombrero alto con plumas de faisán, como hacían los cazadores, para dejar claro a todos los presentes que ella no tenía nada de presa propiciatoria.
Si el tal Florencio quería pelear por los clientes, iba a tener que sudar sangre.
Florencio Rivas ya tenía el taller de piel en la antigua calle del Lobo cuando Loewe llegó a Madrid con los métodos y técnicas de Offenbach y Londres bajo el brazo.
Tras la separación de los socios, Rivas se había empeñado en hacerle la guerra, ampliando su negocio a camisería y llenándolo de fruslerías de importación.
Cada vez que volvía de viaje salía un anuncio disfrazado de noticia, con tintes tan aduladores y rebosantes de pompa que habrían hecho sonrojar a un obispo:
Nuestro estimado amigo y correligionario D.
Florencio Rivas, dueño de la elegante y acreditada camisería de la calle del Príncipe, ha regresado de su viaje por Francia e Italia, trayendo gran número de novedades y preciosos objetos para su establecimiento.
La camisería y guantería del Sr. Rivas se halla, por su esmerado surtido, al nivel de las más acreditadas del extranjero.
A Julia le daban náuseas cuando se tropezaba con tanta publicidad encubierta.
Ofrecía descuentos cada dos por tres para colocar sus guantes, estuches y monederos, todo de calidad muy regu lar.
Loewe, en cambio, quería ser sinónimo de calidad y artesanía.
Cada pieza era una obra única, hecha por encargo.
Su clientela lo sabía perfectamente y por eso no había dejado de aumentar desde sus inicios en Madrid, lo mismo que su prestigio.
Sin embargo, en los últimos meses se había corrido la voz de que Heinrich estaba enfermo y ya solo retenían a los más fieles.
La gripe había desplomado las ventas y había arruinado a comerciantes y empresarios. La contabilidad estaba en los huesos.
Nada importaba más en aquella ciudad que las habladurías, y Florencio sabía bien a quién tenía que pasarle la mano por el lomo y ofrecerle refrescos y regalos, como los de aquella tarde. Si los periodistas eran felices, él también lo era.
Sofía y Julia iban a salir por la puerta cuando las detuvo una voz.
—¿Es que te marchas, Sofía?