Capítulo 13
Los cerdos fueron en el pueblo las primeras víctimas de las medidas contra la enfermedad, ahora conocida como gripe rusa, pues directamente se les expulsó de allí por provocar infecciones, es decir, por sucios.
De nada sirvió que el veterinario los defendiera y asegurase que aquello no tenía sentido, que la epidemia se contagiaba por el aire y que solo había que ventilar.
El problema eran los cerdos, ya se había decidido: no entrarían en el pueblo hasta finales de verano, para la matanza.
Al veterinario se le acusó de tener intereses en el asunto, así que se le expulsó de la Junta de Sanidad.
Ya solo quedaban, alrededor del alcalde, un propietario, un industrial y un comerciante. Ninguno sabía nada de enfermedades.
Según la ley, faltaban en la Junta un veterinario, un médico, un farmacéutico y un cirujano.
Al primero lo habían echado por los cerdos y no iban a pedirle ahora que volviera.
Los tres médicos estaban ausentes: don Abdón era ya anciano y no se le podía exponer, don Anselmo se había contagiado y don José no daba abasto con las visitas.
Los dos farmacéuticos, los hermanos don Hilario y don Federico, se habían atrincherado en la botica y se negaban a asistir por puro orgullo, ya que el alcalde los había amenazado con multas graves si seguían arrojando aguas sucias a la calleja de la Fragua, y les iban a sacar las vergüenzas y a publicarlo en un bando en esa misma reunión.
Por todo ello, solo se les ocurrió llamar a Justa. La única mujer en una mesa de hombres.
Carmen la esperaba fuera, sentada en el escalón contra la pared recién encalada, sin moverse de la sombra que le daba el balcón del primer piso. Debía tener cuidado de no pegar la espalda porque se había ordenado pintar todas las casas del pueblo, por dentro y por fuera, para frenar el contagio.
—¿Tú me cuidarás si me pongo malita, Carmen?
Aquella mañana, a primera hora, habían recibido el aviso del recadero para presentarse en el Ayuntamiento.
Justa se había metido en los bolsillos alcanfor, mostaza, pimienta y un frasco de láudano líquido, solo por si acaso.
Habían recorrido juntas el camino de tierra y ya hacía un sol de justicia cuando subían la cuesta despoblada del camino de la Jarilla, que siempre parecía que llevara a la nada.
Se quedaban atascados tantos carruajes que había ruedas y hasta pedazos de eje tirados a los lados del camino.
—¿Me darás mis medicinas y te quedarás junto a mi cama?
Mientras esperaba en las escaleras, Carmen se tapaba la boca con un pañuelo doblado en triángulo, tal y como le habían enseñado a hacer.
Esperaba que, gracias a él, no la reconociera doña Ana, la maestra de niñas, que acababa de salir a barrer la fachada de su casa, como se exigía a todos los vecinos diariamente.
Pasó un cortejo funeral cuando la esfera del reloj daba las diez, con hasta doce posas hasta la calle de la Encomienda. En cada encrucijada se paraban a rezar y a cantar responsos.
Mariana no había tenido nada de eso. Carmen apenas recordaba nada de los días posteriores a su muerte, únicamente el vacío.
Y no solo de su madre, sino también de Elena, que la había dejado atrás para ir a hacer su vida a Madrid.
No le había importado lo que fuera de ella al lado de un hombre como Prudencio.
Y no podía entenderlo. Habían compartido tanto, ella había confiado siempre en su hermana con los ojos cerrados, y entonces…
la dejó allí, como si supusiera una carga en su huida.
Solo Justa se había apiadado de ella. Se había quedado para hacerle de algo parecido a una madre, aunque le repetía siempre las mismas preguntas:
—¿Y me harás mis sopitas cuando sea vieja? ¿Te quedarás conmigo siempre?
Los días posteriores a la muerte de Mariana, Carmen vagaba sin comprender, como si el pueblo no fuera el mismo pueblo y el paisaje ya no fuera conocido. Era como si estuviera viviendo una vida que no era la suya. Su cuerpo le parecía el de otra persona.
Mariana no había tenido posas de rezo. Ni misas por su alma, pese a la manera horrenda en que había muerto. Un entierro de tercer o cuarta clase.
—Venga, que tenemos trabajo.
Justa acababa de salir de la reunión donde se habían repartido las tareas: un grupo fue a hacer los bandos y edictos; otro a vigilar las entradas del pueblo para largar de vuelta a todos los forasteros, que por ser lugar de baños y de balneario siempre había alguno; a Justa le había tocado lidiar con los farmacéuticos atrincherados.
Llegaron hasta la calle de la Plaza, frente a la casa parroquial, donde estaba la botica, y durante todo el camino no se cruzaron con un alma.
—Escúchame bien, Carmen, porque esto tenemos que hacerlo entre las dos. Esa botica no es lo que parece. Por detrás del mostrador hay una trastienda y más allá un biombo, que disimula una entrada. Necesito que te asomes y me digas si allí hay alguien.
—¿Y cómo voy a entrar?
—Yo distraeré a don Hilario. O a don Federico, el que esté de los dos.
Ese día le tocaba a Federico, que llevaba su bata blanca abrochada hasta el último botón y el bigote bien atusado con aceite hasta las puntas.
—Buenos días nos dé Dios.
En cuanto entraron, Carmen hizo lo que le había pedido Justa y se escurrió hacia un lateral, disimulando y observando con avidez las balanzas, los morteros y todos aquellos dibujos de plantas, hierbas y flores que decoraban los tarritos de porcelana expuestos en las vitrinas.
Justa, por su parte, sacó el frasquito de láudano.
—Creo que lo que me vendió el otro día no es láudano. Y si lo es, no lo parece.
—¿Cómo que no lo parece?
—Tiene un color extraño. Un verde como si estuviera en mal estado…
—¿Qué dice? Déjeme ver…
—Pero venga a la calle, que hay más luz, porque aquí no se ve bien. Yo en el interior no lo notaba, pero con el sol…, ¡vaya si se nota! ¡Es que tiene un color terrible! Traiga usted uno de los suyos y lo comparamos.
Logró sacar al boticario fuera y entonces Carmen se escabulló. El biombo estaba en mitad de la pared, cubriendo efectivamente una puerta. Al abrirla, se quedó de piedra.
—Me he encontrado a esta ratilla merodeando, Fede.
Lo había dicho Hilario, que empujaba a Carmen fuera de la trastienda. Al verse descubiertos, los hombres apartaron el biombo. Justa se cruzó de brazos.
—De verdad que debería daros vergüenza.
Aunque estaba prohibido reunirse con los vecinos, y más en interiores poco ventilados como aquel, los hombres ya no habían podido pasar ni un día más sin su tertulia, sus juegos de naipes y sus aguardientes.
—Justa, esto es insoportable. Prefiero morirme a vivir así, encerrado y en mi casa.
—No, si está claro que en el plan que estás no vas a durar mucho.
La mujer se adelantó, pasó por su lado sin amedrentarse y apartó el biombo de un tirón.
Estaban allí todos, al completo: el maestro don Francisco, que se suponía que debía dar ejemplo, el secretario don Miguel, el propietario Benito y hasta el cura, don Fernando. Con la timba de cartas sobre la mesa y los vasos hasta arriba.
Justa negó con la cabeza.
—Las mujeres fregando las fachadas de las casas, lavando las ropas de los críos a doscientos metros de la fuente y racionando la comida y ustedes aquí, festejando la enfermedad.
—Venga, Justa, no seas así…, que las miasmas del invierno ya se han ido.
—Llevamos seis meses sin echar unos naipes. ¡Seis!
—Yo no aguanto así hasta el final del verano. Vamos, para eso prefiero que me pase ya algo y que me quite de en medio. Esto no es vida.
—Hay que recuperar la normalidad. Que somos hombres. ¡No ratas!
—Bueno, señores —dijo Justa—. Pues aquí se va a hacer lo que ha ordenado la Junta.
Y de normalidad nada. Ustedes, los boticarios, como vuelvan a tirar aguas sucias por la calleja de la Fragua ya se pueden ir preparando, porque todos estos remedios, todos estos que tienen aquí, no van a salvarles del soponcio de la multa. ¿Me han oído?
No fueron capaces de replicarle.
—Ea, todos para afuera. ¡O llamo a los guardias!
Fueron saliendo, uno a uno, y se dispersaron por las calles camino de sus casas, murmurando: «Qué mujer más desagradable», «Ya se la podría llevar el diablo».
—Hija mía, a los hombres hay que ponerlos en su sitio día sí y día también. Les pierde el juego, la apuesta, el ver si se salen con la suya…, ¡incluso con la muerte! Como críos.
Para Carmen, lo que había hecho Justa era una proeza. Los hombres la obedecían. Le había dado toda una lección de respeto y de poder. Estaba claro que era una mujer de muchos recursos. No era como Mariana, solícita y amable. Justa tenía veneno en el cuerpo.
—¿Me darás mis sopitas cuando yo sea mayor? ¿Serás el báculo donde pueda apoyarme?
Todavía se lo dijo una vez más, camino a casa. Hasta a las personas con más poder les tiemblan las piernas en algún momento y tienen que buscarse algo para cuando lo pierden. Ninguna coraza dura para siempre. «Hija mía», le decía aquella mujer que no había tenido hijas.
Pero a Carmen lo que le gustaba era mirar la luna e imaginar que esta ponía esa brillante luz a sus pies.
Que podía colarse por las ventanas para repartir la desgracia.
Porque, desde que tenía uso de razón, pero sobre todo desde la muerte de su madre, un impulso destructivo se había apoderado de su voluntad.
Y cuando veía los cortejos fúnebres de la gripe siempre pensaba: «Ojalá sea la madre de Inés, ojalá la de Micaela, o la de Teresa…», y así hasta la última niña de su clase.
Y es que Carmen quería tener alguna amiga en la triste pérdida, alguien que la comprendiera. Eso sería lo justo: que todas las madres del pueblo murieran para que todas sus hijas fueran como ella, puesto que Carmen ya no podía volver a ser como las otras.
En el fondo sabía que siempre estaría sola.
Sola con la luna. Porque ninguna otra mujer había tenido en el pueblo una muerte tan espantosa como la de Mariana.
«Un horrible accidente», decía Justa. Pero Carmen no podía saber lo que había pasado porque no la había visto morir.
Elena la había privado de la verdad, al dejarla fuera.
«Fue un accidente horrible», insistía Justa.
La muerte de Mariana era del tipo que engendra fantasmas.