La casa del hilo rojo Capítulo 12
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Capítulo 12

Quedarse encerrada en la pandemia con Celia era garantía de volverse loca y la pobre Elena a punto estuvo.

Los meses de encierro la desesperaron. La mujer hablaba más que nunca y se frustraba por no poder salir a los cafés ni a los teatros o a encontrarse con otras mujeres, aunque fuera solo para criticarlas.

Ahora tenía que criticarlas de memoria, así que se entregó sin reparos a las revistas de sociedad, repasando todos los números atrasados que había en la casa.

Tenía que recurrir a los viejos, puesto que el correo estaba suspendido y las suscripciones no llegaban.

Desde por la mañana desparramaba los periódicos y las revistas sobre el sofá y hablaba durante horas, intentando que se le vaciara la cabeza de preocupaciones y poniendo la de Elena como un bombo.

Sus cotilleos favoritos de salones eran sobre la cazafortunas Pilar de León, que se había casado en secreto con Martín Larios y se había convertido en marquesa.

—Que tan secreto no sería cuando lo sabía Madrid entero —decía, pasando las páginas—.

Ay, y qué mayor está la duquesa de Fernán Núñez, con las recepciones que ha prodigado esta mujer y lo que ha dado que hablar.

¡Qué fiestas de disfraces! ¡Qué cuadros vivos!

Que si los hubiera visto Goya habría llorado de tanta emoción.

Tenía buen salón, pero ahora está tan mayor…

Mira, la duquesa de Denia y Tarifa… ¡Menudo palacete el que tiene en Colón!

Y dicen que se le queda pequeño. ¡Pues no sé qué querrá meter ahí dentro! ¿A los elefantes de la Casa de Fieras?

Leía todas las crónicas de salones que podía, con avidez, con el miedo del que no quiere pararse a pensar.

Mientras Elena planchaba escuchó, de labios de la señora, las historietas de Kasabal, las de Montecristo, las de Almaviva y las de Mascarilla, sin saber que bajo los dos últimos seudónimos se escondía el mismo periodista.

Celia mantenía sus ojos fijos en las páginas para no mirar por la ventana y ver Madrid desmoronándose de hambre y de enfermedad.

Aquel encierro le estaba afectando los nervios y la estaba volviendo obsesiva, y algo agotadora para la pobre Elena, cansada de su cháchara inagotable y ansiosa.

—¿Sabes que la marquesa de la Laguna se presentó en una fiesta con un collar de perlas de cuatro kilos? No entiendo cómo no se le hundía la cabeza, con el peso tan grande que tenía en el cuello.

Celia hablaba y hablaba de los salones y las fiestas como si pudiera recrearlos en el ambiente de la casa.

Decía que tener un salón no era fácil, que era preciso atraer a los mejores invitados y hacerles sentir como en el paraíso…

, pero que ella lo podría haber tenido perfectamente de haberse quedado en Santander.

Por las tardes no leía, sino que se dedicaba a la costura.

Se sentaba en la silla baja, con la labor y los anteojos, a dar rienda suelta a la lengua.

A Celia, Elena estaba segura, le aterraba el silencio, le parecía equivalente a la muerte.

Nada la asustaba más que escuchar el reloj de pared, con el roce terrorífico del segundero y sus campanadas, similares a las que daban para los funerales.

Sus dedos frenéticos terminaban un patuco tras otro, pues era el único patrón que conocía, hasta el punto de que llegó a tener más de sesenta.

Cuando Angelito se frotaba los pies y los desplazaba en la cuna o los tiraba al suelo Elena ya ni se molestaba en recogerlos.

Al menos no los dejaba regados por la ciudad, pues no podía arriesgarse a pasearlo.

Lloraba todo el tiempo y Elena no podía hacer nada, más allá de bajarlo por las escaleras hasta el portal.

La última parte del día Celia la pasaba en la bañera. A diario pedía a Elena que se la preparara y pasaba las horas muertas re mojándose, agotando sus reservas de jabones y aceites hasta que pedía a Elena que fuera a comprarle más.

Tapada con un pañuelo, ella bajaba a la calle y acudía a los ultramarinos, que eran mucho más caros que el mercado, aunque también más exclusivos.

Así evitaba contagiarse. A veces pasaba por delante de San Lorenzo, sin llegar a entrar nunca.

La iglesia tenía todas sus puertas y ventanas abiertas, a pesar de que estaban en pleno invierno.

Siempre estaba abarrotada, con gente rogando de rodillas que lloviera.

De este modo pasaron solas y encerradas todo diciembre y enero sin saber nada del marido de Celia, Eduardo.

Su previsión era haber regresado en Navidad, pero la epidemia bloqueó los transportes y no era seguro viajar, así que la pasó en el extranjero.

Cuando el correo se suspendió, también dejaron de llegar noticias de él y las inseguridades de Celia se dispararon.

Eran tantas las historias de hombres que aprovechaban un viaje para irse a vivir a Europa o fugarse a las Américas, huyendo de «mujeres celosas y bebés gritones», que incluso ese fantasma se le apareció.

Parecía que le preocupara mucho más el que se hubiera arrejuntado con otra que el hecho de que pudiera enfermar, languidecer en un hospital extranjero o incluso morir.

El 20 de enero se reanudaron las clases y el 25 Nellie Bly llegaba a Nueva Jersey en tren privado, culminando su vuelta al mundo en solo setenta y dos días y teniendo que enfrentarse a una epidemia mundial por el camino.

Madrid volvía poco a poco a la vida y Celia se puso su vestido de paseo y salió a la calle.

Esa misma tarde, como si un destino caprichoso lo hubiera calculado, reapareció su marido.

Juan Eduardo Aldamonte era el tipo de hombre que volvía las cabezas y alimentaba los cuchicheos de las damas, que abandonaban libros, pianos, bordados y naipes para tomar el abanico y cubrirse la sonrisa que él les provocaba.

Su melena negra arrancaba suspiros y sus ojos, oscuros e intensos, se quedaban ardiendo en el recuerdo como dos carboncillos.

Siempre llevaba el pañuelo bien anudado y chalecos elegantes, bordados de hojas y con la hebilla prieta, marcando su figura de esgrimista.

Elena se lo encontró aquel día en el pasillo, sin saber que había vuelto a su casa. En ningún momento oyó la puerta. Fue como una aparición.

Le impresionó desde la primera vez y él no desaprovechó esa ventaja.

—¿Es que no sabías que también vivía un hombre en esta casa? Algún día tenía que volver, ¿no? —Sonrió, burlándose de su incomodidad y su desconcierto.

Se adelantó a zancadas hasta su habitación y, al ver que Elena no lo seguía, se volvió.

—¡Vamos, muévete, que pareces de piedra! Y la ropa del viaje no se lava sola… Celia te habrá enseñado lo que tienes que hacer, ¿no? No voy a estar tirando de ti como de una mula…

—Sí, señor. Quiero decir, no, señor.

Lo siguió hasta el dormitorio, donde él abrió su maleta y le puso una pila de camisas arrugadas en los brazos.

Ella se dio la vuelta para retirarse, pero él la detuvo.

—Chissst… Espérate, que falta una.

Se volvió hacia el espejo y se quitó el chaleco, que lanzó sobre la cama. Luego, se desanudó a tirones la corbata.

—¿De dónde eres?

Elena bajó la vista y la voz.

—De Extremadura.

—He pasado un par de veces, camino de Portugal…, ¿has estado allí?

—No, señor.

—Ya. Claro que no.

Ella evitó mirarle porque él ya se había quitado la camisa y la había puesto en sus brazos, sobre el resto de la pila. Al contrario que las otras, esta desprendía el aroma de su piel, de su perfume de cedro y un rastro, muy en el fondo, de sudor masculino.

—Espero que en tu casa te enseñaran a ser discreta. Porque en las ajenas se ven y se oyen muchas cosas que no son incumbencia de nadie más.

Elena asintió, sin levantar la vista, pero él no le permitió marcharse aún. Le puso la mano sobre el brazo.

—Mírame a la cara y dime que lo has entendido.

Ella lo miró, intentando fijarse tan solo en sus ojos, y no en su cuerpo desnudo de cintura para arriba. ¿Qué edad tendría? ¿Veinticinco? Un señorito acostumbrado a hacer lo que le venía en gana, empujado antes de tiempo al matrimonio. Que se saltaba las normas solo porque podía.

—La discreción es el máximo deber de una criada, señor.

—Pues no lo olvides nunca. Por tu bien.

Elena se marchó con la pila de camisas y ese día comprendió por qué Celia era tan insegura y se dedicaba a criticar a medio Madrid a sus espaldas. En concreto a ese medio que vestía faldas, calzaba medias de seda y se apretaba corsés.