Capítulo 11
Influenza , dengue, grippe …, trancazo. Al cabo de un mes los periódicos ya no sabían cómo llamar a aquello que cada vez metía a más pacientes en las camas, desbordaba las visitas de los médicos a domicilio y empezaba a llenar los hospitales y las casas de socorro.
A pesar de todo, los médicos, los periódicos y los políticos no dejaban de asegurar que no se producían muertes y que una epidemia era «punto menos que imposible» en la capital «por sus condiciones atmosféricas y su situación sobre el nivel del mar».
Madrid, para contradecirlos a todos, se hundió en el caos.
Las oficinas públicas se colapsaron por las bajas y ya no había nadie que pudiera cobrar, pagar o hacer el papeleo.
Habían caído los maestros, los jueces, los de tranvías y correos, los policías…
Los empleados que aún estaban en pie tenían tales cargas de trabajo que estaban al borde del colapso.
Las bajas se multiplicaban por los unos y los otros.
Como si en los engranajes de las instituciones se hubiera vertido un engrudo que apenas las dejara avanzar.
El Ateneo y el Círculo de Bellas Artes se paralizaron.
Los teatros y restaurantes perdían dinero a espuertas y los comercios cerraron.
Las únicas que ganaban dinero eran las boticas y las droguerías, que vendían inhaladores parecidos a cachimbas y despachaban el famoso ponche ¡Pum!
Con el agua, con el té, con el café…, cualquier bebida era buena para agregarle un trago de ¡Pum!
También lo recomendaban antes de salir a los teatros o a bailar, como si alguien tuviera aún ganas de ello.
Julia compró muchas botellas por si acaso: para ella misma, Tarsila, su padre y el pequeño Enrique.
Pronto lo empezaron a vender también en confiterías, cafés y ultramarinos porque era lo único que la gente quería comprar y se propagaron muchos ponches falsos, que lo imitaban o copiaban las etiquetas.
Los otros comercios que ganaban dinero eran, por supuesto, las funerarias.
Algunas incluso enviaban a sus empleados de ronda por las casas donde había enfermos graves, para entregar tarjetas y proponer descuentos.
Dejaba a Tarsila a cargo de su padre y de Enrique, y bajaba al taller a atender ella misma a los clientes, aunque apenas había ya ninguno.
Solo tenían encargos sueltos para regalos de Reyes, de los más previsores.
A algunos operarios los tuvo que enviar de vuelta a casa, porque no tardaron en contagiarse también, y tuvieron que hacer malabares para cumplir con las entregas.
Tenían que estar a tiempo para unas fiestas que ya nadie sabía si iba a celebrar.
La capital nunca vio unas navidades más desoladoras.
Había más de cincuenta mil enfermos, que se repartían por igual entre familias pobres y pudientes.
Ya ningún periódico se atrevía a mofarse de las «exageraciones» y a negar la evidencia, al contrario.
Decían que era más fácil contar «a los no invadidos» que a los enfermos.
Los muertos se habían triplicado y todos tenían los pulmones arrasados.
A pesar de ello, había órdenes claras de no alarmar a la población: el gobernador civil se reunió con los directores de todos los periódicos de la ciudad para que no publicaran más noticias.
—Nada de papeletas mortuorias, que es lo primero que ven sus lectores.
Me da igual el motivo. Que los entierros no circulen por las calles céntricas, y menos aún de día, háganlo saber.
Y, si es posible, que no se vista el luto.
Hay que hacer lo que sea preciso por la normalidad.
No queramos añadirle nada más a la tragedia.
Ni la desesperación, que también provoca muertes.
Pese a todo, el miedo se respiraba en cada esquina y los madrileños ya casi no salían de sus casas, apenas lo justo para conseguir comida.
En los barrios pobres el encierro era aún peor, por los pisos hacinados y mal ventilados.
Algunos, temerosos de que la enfermedad fuera tan letal como el cólera, abandonaron la ciudad.
En muchos aspectos, Madrid era una ciudad fantasma.
La misma noche de Reyes Julia subió a casa agotada. Había conseguido que todos los regalos estuvieran a tiempo, decorados con sus lazos y tarjetas, pero algunos clientes ni se habían presentado a recogerlos, tal era el miedo que reptaba por las calles.
Se encontró el piso tranquilo y silencioso.
Tarsila había encendido una docena de velas y sus luces y sombras temblaban sobre el pequeño abeto, decorado con anís de colores, figuritas de amargo marzipan y galletas de vainilla.
Julia sonrió al verlas. Era un milagro que Enrique no se las hubiera comido a esas alturas.
Puso a los pies del árbol un regalito para el niño, que ahora recibía doble ración: el 24 recibía lo del Niño Jesús, por la tradición alemana, y el día 6 los Reyes, por la española.
Era el primer año que sustituía a su madre en la tarea sagrada de la ilusión.
Como premio por hacer de reina maga, tomó una galleta con forma de estrella, disfrutó de su intenso perfume y se la metió en la boca. Saboreó las migas, que rebosaban de mantequilla. Un sabor confortable y reparador. Igualitas a las que hacía su madre.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no tuvo tiempo para derramarlas porque oyó la respiración forzada de Heinrich en el dormitorio. Se acercó y le tocó la frente con los labios. Ardía otra vez de fiebre, por primera vez en muchos días.
Entonces apareció Tarsila, bostezando.
—Señorita Julia, ¿qué hacemos con la cena? Enrique se caía del sueño y me ha insistido en que le acompañara…
—Si se despierta, dale de cenar. Yo tengo que llevar a mi padre al hospital.
Julia no podía arriesgarse más. A sus catorce años ya era la cabeza de familia, y debía tomar las decisiones con firmeza y sin dudas.
Ya temía haber desperdiciado demasiado tiempo ese mes, con el goteo de visitas domiciliarias.
Aquel mismo día había enviado recado al médico para que visitara a su padre, y este le había dicho que no estaba disponible.
Debían acudir de una vez a un hospital, a que le pusieran quinina.
Se llenó los bolsillos de dinero. Si no era para ocasiones como aquella, ¿para qué servía entonces?
Entre Tarsila y ella envolvieron bien a su padre con la bata y un abrigo, le ataron una bufanda y prepararon una muda.
Julia esperaba que nadie lo reconociera, podría ser letal para la reputación del taller.
Ni nobles ni burgueses se iban a acercar a un local donde hubiera contagios, y menos con un dueño que se paseaba en pijama y bata en plena noche, como un lunático.
Podía considerarse un atentado al buen gusto.
Lo bajó a la calle, que estaba desierta.
Era la semana más helada del año y a Julia la invadió un frío glacial en cuanto pisó la acera.
Abrazó a su padre esperando que no fuera demasiado para él.
No había apenas luces, no se habían recogido las basuras ni se oían los villancicos habituales de esas fechas.
El silencio era espeluznante. Madrid parecía un sepulcro.
Subió apretándose contra él hasta Atocha, una calle más principal.
Confiaba en que hubiera algún simón prestando servicio.
¿Se habría aventurado alguien a cenar en casa de los parientes?
Miró a un lado y a otro con angustia, sin que se viera nada y, mucho peor, sin que se oyera.
Nada de cascos de caballos ni de ruedas sobre adoquines, ni siquiera en la distancia. Nada.
El hospital estaba a doce minutos andando. Demasiado para un hombre tan enfermo. Demasiado…
De la iglesia de San Sebastián vio salir al cura.
—¿Va a tomar un carruaje? —le preguntó ella de sopetón.
El hombre de Dios se sobresaltó por un abordaje tan directo. Vio al enfermo envuelto en su bufanda y enseguida dio un paso atrás.
—Voy a administrar el Santo Sacramento…
—¿En coche?
Julia estaba desesperada.
—Sí. Tengo que ir lo antes posible.
—Ayúdeme a acercar a mi padre al hospital, por favor.
El cura negó con la cabeza.
—No puedo estar con un enfermo en un lugar cerrado, entiéndalo. Muchos han muerto ya… Apenas quedamos sacerdotes para hacer turnos. Y es importante que…
—Se lo ruego. No se lo pediría si pudiera hacerlo yo misma. Puede usted salvar a un hombre.
—También es necesario salvar las almas.
—Usted puede salvar el alma y la vida de mi padre. Ambas cosas.
El cura miró al suelo y suspiró. El hospital no estaba lejos, pero…
— Ich bin kalt —susurró Heinrich.
Con el delirio de la fiebre, había regresado a su lengua materna.
—¿Es usted alemán?
Ni él ni Julia contestaron.
—Entonces no es católico.
No sabían qué decir.
—¿Y no haría mejor en pedir ayuda a sus amigos evangélicos? Súbase hasta Ventura de la Vega, que allí es donde está su capilla…
El cochero, que acababa de llegar y de oír la conversación, los interrumpió:
—No perdamos más tiempo. Pueden ir en el pescante y así no contagiarán. Llegaremos enseguida.
Sentaron a Heinrich bien envuelto junto al conductor, que estuvo pendiente de que no se cayera. El cura se refugió en el interior y Julia se encaramó detrás, donde los equipajes.
— Dankeschön.
Al llegar al hospital se encontraron con que sus males acababan de empezar. Los recibió el portero, escoltado por la policía.
—Está completamente lleno. Tienen que ir al nuevo, al final de las Delicias, donde la Fuente Castellana. Han puesto cuatrocientas camas.
Aquello estaba muchísimo más lejos, en la arboleda del hipódromo. Julia no sabía ni cómo llegar hasta allí y su padre se sentía cada vez peor.
—¿No pueden atenderle de ninguna forma? Les pagaré…
—No hay dinero en el mundo que compre camas cuando no hay sitio para ponerlas, señorita. Vayan al otro hospital.
El Palacio de la Industria y de las Artes, habilitado como hospital provisional, estaba a las afueras. Una hora caminando. A Julia se le cayó el alma a los pies. A Heinrich parecía entrarle la mitad de aire cada vez que inspiraba. Le costaba llenar el pecho y se tambaleaba a cada paso.
Por suerte, a la puerta del hospital sí que había carruajes esperando, incluso en aquella helada noche de Reyes. Al cabo de media hora estaban frente al palacio. Les salió al paso una enfermera.
—Está lleno, lo siento mucho. Es la peor semana desde que empezó…
Julia ya no podía más, estaba al límite de sus fuerzas. ¿Iba a tener que llevarse a su padre de vuelta a casa? No lo podía creer.
—¿Las cuatrocientas camas?
—El ministro de Fomento prometió cuatrocientas…, pero solo han puesto la mitad.
Se llevó las manos a la cara. ¡Los políticos y sus mentiras! No podía rendirse ahora…
—¿No puede hacer nada? De verdad que está muy mal…
—Queda sitio en la sala de mujeres, pero no en la de los hombres. Y no podemos juntarlos, como comprenderá…
La miró como si fuera el mayor disparate del mundo.
—Busquen la manera, por favor. No creo que llegue a mañana. ¿No podrían mover de sala una camilla?
—Pero ¿dónde la ponemos? ¡Si ya no queda sitio!
—En un pasillo, en una esquina, donde puedan…
—Iré a consultar.
Al final, entre varias monjas, desplazaron por la tarima una de las camas libres en la sala de mujeres, que estaba en la cúpula del palacio.
La arrastraron hasta el ala de los hombres, donde apretujaron varias para que cupiera.
Allí instalaron a Heinrich, bajo las farolas de petróleo.
Seguía con sus ojos enfebrecidos los larguísimos tubos negros de las estufas de hierro, donadas por el Casino de Madrid.
Flotaban por encima de las camas como periscopios, saliendo al exterior por los agujeros de los ventanales, a los que se había retirado un cristalito.
El resto de los cristales se habían forrado de papeles blancos.
—Le daremos la antipirina. Y, si le baja la fiebre, la quinina. Mañana mismo.
Julia se quedó toda la noche en la capilla, donde repartían caldo, pan y productos de ultramar.
Donados por el gremio de tenderos, suponían una pequeña parte de las decenas de miles de pesetas que se acumularon en donaciones, entre instituciones, empresas y particulares.
Incluso la reina había puesto sesenta mil de su bolsillo.
La capilla resonaba con los susurros de los rezos católicos: familiares y amigos bisbiseando sin parar, rogando para que llegara la lluvia, limpiara el aire y se llevara la enfermedad, tal y como había pedido el obispo.
Se hicieron rogativas en todas las iglesias de Madrid, desde la primera a la última.
La mañana de Reyes trajo el regalo inesperado de la lluvia.
Y a los tres días Heinrich, ya sin fiebre y mejorado, pudo volver a su casa.