Capítulo 10 #2
Y, de alguna manera, tendría que ocuparse de un tercero, que no era otro que Loewe: apellido, empresa, marca…
Al taller también tendría que cuidarlo y engordarlo como al caballo bajo el ojo del amo.
Porque si nadie lo hacía, si su padre no lograba reponerse del golpe…
, se extinguiría como una llama débil en una mañana fría como esa.
—Estás siendo muy valiente, Julia.
Nati había llegado. Tan discreta, pese a ser vizcondesa, con su traje sencillo de mangas abullonadas y su sombrero negro sin adornos. Le hablaba bajito, con esa expresión dulce y cálida en los ojos negros, de párpados muy anchos.
—Yo también perdí a mi madre, con doce años, y me ha hecho falta muchas veces en mi vida.
Con los chicos, con los estudios, con las amigas…
Nadie puede reemplazar a una madre en los momentos de duda porque nadie es tan amoroso y duro como lo son ellas.
Son las que nos cuentan la realidad como es y a la vez la arropan en un amor infinito, para que no nos duela tanto.
Si necesitas que te ayude, en cualquier cosa, aquí estoy.
María de la Natividad Quindós y Villarroel se había hecho muy pronto amiga de Clara.
Su padre, José Mariano, había sido cliente de la marroquinería desde los tiempos de la calle del Lobo y luego se había marchado con Loewe.
Era uno de esos clientes fieles que Florencio Rivas tildaba de «robados».
Nati tenía solo veintiocho años, pero adoraba el trato suave y modesto de Clara, tan británico.
A falta de una madre propia, se había pegado a sus faldas en cuanto la conoció y le consultaba sobre moda y protocolo, sobre todo ahora que iba a entrar en palacio como dama al servicio de la reina María Cristina.
Ambas acudían al Café de San Marcial, donde Nati practicaba su inglés durante las tardes.
A veces se quedaban a cenar y a ver las obras de teatro en el pequeño escenario del lateral, o a escuchar los conciertos de Rossini.
En el último se habían llevado también a Julia, que nunca rechazaba una velada de piano.
Allí tuvieron su «cena de damas» y ella intuyó algunas de esas historias que no se le cuentan nunca a una hija.
Mucho se dijo y todo velado, en susurros, a través de indirectas y silencios. Ambas se confesaron muchas cosas, que a Julia se le escaparon. Aunque llegó a saber lo principal: que se trataba de asuntos de amor. Y que tenían que ver con su madre.
—¿Qué te contó mi madre en aquella cena que tuvimos, Nati? ¿Qué era lo que no quería que supiera?
Nati bajó la cabeza y contempló la tumba de su amiga, como pidiendo permiso. Dudaba mucho de si debía sincerarse. Por un lado, Julia se lo merecía, solo quería saber la verdad. Pero su lealtad hacia Clara seguía siendo aún mayor, así que la miró muy seria.
—Las cosas que se cuentan en confidencia a una amiga no se pueden revelar, Julia. Aunque la persona haya muerto. Siguen siendo secretas.
—Mi padre está muy afectado y no reacciona. Tiene enemigos en esta ciudad que solo quieren que fracase y que nos tengamos que volver para Alemania. Si quiero ayudarle, tengo que saberlo todo.
—El problema de tu padre lo tiene él mismo, con su obsesión, y es el mismo que tienen todos los hombres: el amor al poder y al éxito, que, al final y en definitiva, acaba siendo su primer y último amor. El único que son capaces de mantener intacto, con la misma intensidad, durante toda una vida.
Julia levantó la cabeza y entendió lo que Nati intentaba decirle.
Todo estaba relacionado. Sabía que Clara se sentía muy sola, alejada de sus parientes y amigos.
Había abandonado su Londres natal, donde se sentía feliz y arraigada, para acompañar a un hombre que solo vivía para los negocios.
Exiliada en un país donde no conocía el idioma.
Encerrada en casa con sus dos niños por miedo a dejar mal a su marido en sociedad, por no saber hablar bien español.
Escribiendo carta tras carta a Inglaterra.
Su corazón nunca se había mudado del todo.
—Ahora tu padre se da cuenta de que la tenía abandonada en vida —sentenció Nati, librándose por fin de los recelos—. Cuando ya es demasiado tarde. Así somos. Solo apreciamos las cosas cuando las perdemos. Tendrá que perdonarse él solo.
Julia sabía que sus ropas, su piano, su buen piso…
, todo se lo debían a su padre, que había luchado y se había abierto camino.
Había triunfado allí donde tantos caían derrotados.
Pero el precio que había pagado Clara había sido el de tantas mujeres de emprendedores y burgueses: una soledad interminable.
Aislamiento, frialdad, ausencia. Nostalgia.
Julia necesitaba comprenderles a ambos porque eso significaba comprenderse a sí misma. Después de todo, tenía una buena parte de los dos.
—No voy a juzgar a mis padres. Ambos eran adultos y sabían lo que hacían. Pero me gustaría entender a mi madre. Tener la sensación de que la conocí de verdad…, de que no viví pensando que las cosas en casa eran de una manera, cuando en realidad eran de otra.
—Necesitas sentirte cerca de ella, lo entiendo. Notas que se te escapa, como un barco a la deriva. Yo sentí lo mismo con la mía. Pero revelar sus secretos, traicionar su voluntad, no la va a traer de vuelta. Solo puede causarte más dolor.
Julia apretó los puños.
—Yo solo quiero… Yo…
—Tú conocías muy bien a Clara. No había barreras entre vosotras.
Pero el corazón de una madre alberga secretos que son solo suyos y que no puede compartir.
Lo hacen así para no herir a sus maridos y a los hijos que tienen con ellos.
Eso no significa que no la conocieras o que fuera una extraña.
Tú conociste a la verdadera Clara, no lo dudes.
Con nadie era más ella misma que con Enrique y contigo.
Julia no pudo reprimir una lágrima, que cayó cuando levantó la cabeza.
—Es que me apena que estuviera tan sola…
Natividad la abrazó con fuerza y le besó los cabellos negros.
—Tú no lo estarás, Julia. Te lo prometo.
Pero ella no estaba nada segura de eso, porque, aunque había nacido en Madrid, siempre sería, en parte, una extranjera. La alemana. La británica. Ni de un lado ni del otro. Una extraña para todos.
Al llegar a casa aquella noche, Julia se asustó de verdad cuando alcanzó el lecho de su padre y le puso la mano en la frente.
Tenía la fiebre altísima. ¿Qué pasaría si él también…
? Miró a Enrique, que estaba sentado en el suelo del pasillo, jugando con los autómatas traídos de Alemania.
¿Qué pasaría con él si su padre enfermaba?
¿Cómo iba a llevar ella el taller y la casa si no sabía nada?
¿Cómo iba a pagar todo lo que necesitaban?
A los pies de la cama se había escurrido el periódico de la mañana, que incluía una noticia, en un pequeño cuadrado al pie de la portada:
Circula el rumor de la aparición en San Petersburgo de una epidemia que se ha propagado de una manera extraordinaria. En la ciudad de los zares hay 150.000 personas, obligadas a guardar cama. La enfermedad dura pocos días, no registrándose ningún caso que haya tenido funesto desenlace.
—Rusia está muy lejos.
Julia aún no lo sabía, pero se encontraban ante la primera pandemia de la historia, que ya circulaba a toda velocidad a través del ferrocarril y se extendería por Europa en menos de seis semanas, y por América en menos de tres meses.
Clara había sido una de sus primeras víctimas y la había traído de Alemania.