Capítulo 10
En el cementerio británico de Carabanchel todavía quedaba mucha tierra disponible cuando a los Loewe les tocó enterrar a Carlota Clara. Era un camposanto pequeño, para los no católicos, y lo habían ubicado muy lejos del centro, en un barrio tan solitario que parecía un pueblo.
El cielo plomizo acompañó la procesión del féretro, solemne, pero, por ironías de la vida, los vecinos estaban celebrando un bautizo y se pusieron a armar bulla.
Así, con el organillo de fondo, el cortejo recorrió la calle principal, hasta la estatua del ángel de la señora Mac Clergy.
Luego, viró a la izquierda, intentando ignorar aquella música alegre que se empeñaba en decir a los cuatro vientos que afuera la vida continuaba.
—Páguenles lo que pidan y que se callen.
Heinrich se atusó el bigote y volvió a guardar silencio. Era de lo poco que había dicho desde la muerte de su esposa.
Tampoco es que fuera un hombre de muchas palabras.
Siempre tan tranquilo, metódico y de trato amable.
Racional y equilibrado. Pero Julia, que agarraba de la mano al pequeño Enrique, lo miraba con preocupación.
El golpe de la muerte de su esposa lo había pillado desprevenido y cavilaba todo el día.
Se movía lento por la casa. Nadie sabía ya dónde estaban las cosas porque todo el orden lo llevaba Clara, y no había forma de encontrar lentes, papel, plumas, medias o cepillos sin recurrir al servicio.
La familia parecía envuelta en una extraña niebla.
Heinrich se movía por la casa como si estuviera aturdido, comía poco y le costaba levantarse de la cama.
Por primera vez en su vida parecía no saber lo que tenía que hacer.
Esperaron al borde de la lápida, todos con la cabeza baja, apretados para no pisar tumbas vecinas.
El soniquete del organillo de fondo era implacable.
A Julia se le fue la vista a una inscripción cercana, donde alguien que no tenía ni idea de inglés había grabado chrildren en lugar de children , en piedra y por los siglos de los siglos.
Y, de pronto, como por arte de magia, el organillo calló y se hizo el silencio.
No había ni una sola flor en el camposanto, ni rastro de las margaritas amarillas que solían salpicarlo, ni una mariposa blanca.
Ese día solo hubo piedra: cruces apoyadas en los árboles, lápidas con relieves.
La más antigua tenía esculpida la espada Excalibur, en honor a algún joven Arthur difunto.
Todo era blanco y gris, salpicado de musgo verde oscuro.
El responso de Clara se hizo en inglés. Pusieron flores en dos macetas cúbicas, con rosetones de acanto, y antes de que se dieran cuenta todo había terminado y el niño Enrique daba vueltas y trepaba al pozo, junto a la tapia.
Nadie puso impedimento a que el refrigerio se sirviera allí mismo.
Era la costumbre alemana, la de compartir la comida y la bebida con los muertos en el lugar de descanso, haciendo pícnics o merendolas.
El mismo cementerio había sido antes taberna y, además, se le había encargado el servicio al restaurante Lhardy, en honor al fundador, que estaba allí mismo enterrado.
Julia lo había reservado por teléfono. A todo el mundo le pareció adecuado.
Algunos alisaron sus capas y abrigos, tratando de no mojarse, y se sentaron en los bancos lacados en blanco a dar buena cuenta de los croissants y petit choux que La Vienesa le despachaba a Lhardy, los emparedados de roast beef , los buñuelos de crema y las rosquillas a la inglesa. Y a beberse el ponche.
Los camareros, a pesar de todo, estaban muy descolocados por tener que servir en un camposanto. Muchos de ellos iban con las bandejas en una mano y santiguándose con la otra, en especial cuando les tocaba pasar ante la tumba del fundador del restaurante.
El ambiente en el cementerio era incómodo. Muchos de los asistentes evidenciaban síntomas parecidos a los que había mostrado Clara. Muchas malas caras, sentados por el cansancio y el ahogo sobre cualquier banco o murete que encontraban. Todas las conversaciones versaban sobre lo mismo:
—Dicen los periódicos que esta gripe no se contagia y que no es peligrosa.
—Pues yo fui el otro día a las oficinas públicas y estaban a la mitad de personal.
—Parece que el trancazo pega fuerte este año. Dicen que suele pasarse en diez o doce días…, a menos que estés mayor, claro.
A Heinrich le ponían negro las conversaciones.
Aún no sabían de qué había muerto Clara.
Ella no era ninguna anciana, eso estaba claro, si no había llegado ni a los cuarenta, por el amor de Dios.
¿Quién iba a pensar que una mujer tan joven se les iba a ir así, ahogada por una simple gripe de un día para otro?
No tendría que haberla dejado irse a Alemania. Estaba claro que aquel viaje había sido fatal. Empezó a notar la angustia en el cuello e intentó holgarse la corbata con el dedo. Se dirigió al guarda del cementerio:
—Dígales a los vecinos que vuelvan a tocar. ¡Que toquen, venga! Págueles otra vez.
Sin embargo, eso fue lo último que dijo, puesto que la debilidad se apoderó de él y se retiró a descansar.
Julia se quedó como anfitriona y se hizo cargo de los invitados.
Lo hizo lo mejor que pudo, dando conversación en varios idiomas a unos y otras.
Muchos no se juntaban desde el banquete del conde de Solms, por el nonagésimo aniversario del káiser Guillermo I.
—Qué recepción la del embajador. Han pasado ya dos años y parece que fue ayer.
—¡Y qué banquete! En la Fonda Peninsular no han visto mejores platos. ¡No faltó ni el apfelstrudel !
Julia seguía la charla con un ojo puesto en los asistentes y el otro en que Enrique no se cayera al pozo, no fueran a lamentar otra desgracia.
Finalmente, Tarsila, la criada adolescente que ayudaba en la casa, sacó a Enrique por una oreja y Julia despidió a los últimos invitados, los antiguos socios de Loewe, los que su padre había tenido nada más llegar a España.
Con ninguno de ellos había acabado bien, pero habían acudido igualmente.
—Mi más sincero pésame. Heinrich se ha marchado tan rápido que no hemos podido dárselo personalmente.
Si había alguien que compitiera en ambición con Loewe ese era Florencio Rivas. Su única vocación era vender y no se detenía ante nada. Tenía comprados a los periodistas de media ciudad para que le sacaran la tienda cada dos por tres en las noticias. Le entregó a Julia una tarjeta.
—¿Ha visitado ya mi camisería de Príncipe, 11? Tras la reforma parece otra. Ahora tenemos un local lujosísimo… y mucho más grande, claro.
Julia tragó saliva y le dedicó una sonrisa tensa.
La calle del Príncipe, bien lo sabía ella, era el sueño de cualquier comerciante.
Le preocupaba que aquel hombre fuera a aprovechar la muerte de Clara para robarle clientes a su padre.
No podían dejarse comer el terreno por el que tanto habían peleado.
Su padre, exigente y detallista, había impulsado el negocio de la marroquinería gracias a lo novedoso de sus diseños y creaciones, que se habían convertido en el paradigma de la elegancia entre su selecta clientela.
Y ahora, el golpe por la muerte de su madre hacía tambalearse todo aquello frente a la competencia, que no era poca.
Además, los Loewe tenían una desventaja: ellos eran alemanes, no como Rivas, que era conocido por todos en la capital.
En cualquier momento la casa Loewe podía venirse abajo.
Apretó los labios e intentó contener su preocupación. Logró a duras penas mantener la compostura.
—No he tenido aún el gusto de pasarme por su tienda, señor Rivas. Pero lo remediaré pronto.
—Tiene a la vista la ocasión ideal. Voy a dar un refresco para periodistas y escritores, para que vean el nuevo decorado y la mercancía de Italia y Francia. Me encantaría que asistiera, en la tarjeta están las señas.
Ella asintió, cortés. No tenía la menor intención de pasarse.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
Rivas podía ser un adversario temible. Era mucho el rencor que le había quedado tras la ruptura con su padre. Le acusaba de haberle robado los clientes y Julia sabía que, en su fuero interno, quería devolvérselas todas juntas.
José Silva, en cambio, era un artista. Andaluz y sensible, se decía que era de esos hombres a los que no les gustan las mujeres y cuyas manos parecían tocadas por un ángel.
Desde niño quedó hechizado por la artesanía andalusí y el trabajo tradicional del cuero.
Él había sido el alma del taller que los tres, Silva, Rivas y Loewe, habían compartido en la calle del Lobo.
Silva ponía el corazón, Loewe la técnica, Rivas el comercio, antes de que todo se desmembrara.
Cuando Florencio Rivas se hubo marchado, harto de pavonearse de su nueva tienda, Silva se adelantó, tímido, y simplemente dijo:
—Lo siento mucho.
Julia se quedó sola en el cementerio, frente a la tumba de su madre, con la que ya no podría completar el álbum de viajes de Nellie Bly.
Tampoco podría tocar ante ella en los recitales de piano.
Ni sin ella, porque ya los había cancelado todos.
Tras saber de su muerte era imposible. No podría abrazarla, ni hablarle en confidencia, ni compartir el agua de azahar en copas de colores… ni ninguna otra cosa. Nunca.
Antes de darse cuenta estaba llorando, sola, por el dolor de la ausencia.
La tristeza se le subió a los ojos claros y los hizo más grises de por vida, como les pasa a las que son mujeres de su casa y madres antes de tiempo y se saltan la juventud.
A sus catorce años, se había acabado para siempre la señorita.
En su casa le to caría ser la señora y encargarse de todo.
Su hermano Enrique no tenía a nadie más.
Debía también cuidar de su padre, tan desorientado y vulnerable, tan perdido en sí mismo.