La casa del hilo rojo Capítulo 9
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Capítulo 9

La iglesia de las chinches nunca había estado tan limpia, puesto que Elena se ganaba con creces el pan y el tocino que le daba el padre Andrés a base de fregar todos los días las losas de piedra gris del suelo y de sacarle el polvo a las estatuas de los santos.

Se empeñó en quitar las telarañas de las hornacinas y dejó la parrilla de san Lorenzo tan brillante que se podría haber cocinado en ella de nuevo.

Consiguió incluso atar un plumero a una escoba y, subida a una escalera, repasó todas las molduras y cornisas de las paredes y las tulipas de las lámparas, que llevaban sin limpiarse desde que las habían puesto, hacía medio siglo.

Retiró cirios y velas para rascar la cera seca, con cuidado de no dañar las mesas de madera.

Finalmente, retiró los manteles del altar y las capillas, y les echó lejía, para que las chinches no tuvieran ya dónde esconderse.

La iglesia estaba tan limpia que ningún madrileño iba a poder decir que seguía maldita.

Aunque por el día sacaba fuerzas, por Carmen y por ella misma, para ganarse con su trabajo el techo y la comida, por la noche se le venía el mundo encima.

Se quedaba a menudo en la iglesia ya cerrada, entre las velas de las ofrendas, mirando la figura inmóvil de la Virgen, sin comprender.

Solo podía sentir: el dolor por la muerte de su madre, la separación de su hermana…

y la impunidad de su padre asesino. Nada en la iglesia le devolvía un consuelo ni aliviaba sus súplicas ni sus lágrimas. La Virgen estaba muda.

Mariana se había ido y se lo había llevado todo con ella: la íntima llama de las cosas, la infancia, la seguridad y la solidez de la tierra bajo los pies.

Varios mundos enteros se habían perdido en un instante, habían muerto sus raíces: el mundo de Mariana, el de Mariana y Elena, el de Mariana y Carmen, el de Mariana y los hijos de Elena, el de Mariana y los hijos de Carmen.

Si sumaba todos los días futuros que habían muerto, se levantaba una montaña de desolación y de pena ante sus ojos.

En la vida había abismos por todas partes, siempre habían estado, pero hasta ahora no podía verlos.

Porque ahora cualquiera podía matarte, incluso quien vivía contigo.

Incluso tu propio padre, tu propio marido.

Eso hasta entonces no lo sabía, o por lo menos no con aquella certeza que da la experiencia cercana.

Ahora lo sabía hasta lo más profundo. Y el peso de lo que había vivido era mil veces más fuerte que las experiencias de otros miles de personas, a las que aquello no les había pasado.

La razón no tenía nada que decir. «Cualquiera puede matarte, Elena, en cualquier momento, solo porque un día haga más calor que otro.

Solo por tener razón, por orgullo, porque tú no vas a ninguna parte, porque a mí nadie me abandona, porque qué te has creído».

Porque, de puertas para adentro, no lo va a saber nadie. Porque pueden.

Por la mañana, después de la angustia de atravesar la noche, tumbada en los bancos duros pero sin dormir, después de agotarse de llorar, volvía a levantarse.

El duelo es una agonía en la que te mueres, pero no te mueres, porque solo está muriendo una parte de ti.

En el caso de Elena fue la infancia. No la infancia física, que ya había dejado atrás hacía unos años, sino la infancia ligada a la madre.

La protección y el amparo, la fantasía de seguridad…

que a algunos les duraba tanto y a otros tan poco.

Ahora la realidad se había desencantado.

La realidad, implacable, se imponía. Y en el lugar de la Virgen solo había madera de colores. Mentiras.

A los pocos días de llegar, escribió la primera carta para su hermana, la primera de muchas que le enviaría para recordarle que volvería a por ella, que no la dejaría sola nunca más. Le pidió al cura que se la revisara varias veces para que no tuviera faltas y Andrés tuvo que aplicarse a fondo:

Querida Carmen:

Ya estoy en Madrid. Te prometo que en cuanto pueda iré a buscarte. Ahora necesito encontrar un trabajo para poder ahorrar algo de dinero. Por favor, cuídate mucho, mi niña.

Tu hermana que te quiere y no te olvida,

Elena

—Hija mía, tenemos que buscarte una casa en la que servir.

A pesar de dejarse la piel en el templo y de lo contento que estaba el padre Andrés con ella, la situación no podía prolongarse más.

Un cura no podía mantener a una mujer bajo su amparo, durmiendo en el piso de arriba de la iglesia.

Había entrado octubre y pronto haría demasiado frío incluso para dormir ahí.

—Entre mis parroquianos no tengo yo a nadie que pueda pagar servicio, que aquí solo vienen los humildes de espíritu y de bolsillo. Pero en la de San Sebastián sí que conozco a la señora idónea.

Elena, que no estaba acostumbrada a grandes palabras, la saludó así el día que las presentaron:

—Buenos días, señora Idónea. Encantada de conocerla.

Sus nuevos señores tenían un buen piso en la tercera planta de Ave María número 6, a solo cinco minutos de San Lorenzo.

La señora, que en realidad se llamaba Celia, tenía un bebé de tres meses que no dejaba de llorar.

Era primeriza, recién casada con veinticuatro años.

Se le había marchado la criada anterior con la excusa de que tenía que volverse al pueblo, a cuidar de su madre enferma, aunque Celia sospechaba que se había ido a otra casa, una donde no tuviera que soportar los gritos de ningún niño.

Los dos días que le había pedido de permiso, la señora estaba segura, los había empleado la traicionera en buscarse las lentejas en otra parte.

Tres días llevaba la mujer buscando reemplazo y el niño ya la estaba volviendo loca.

Para colmo, su marido, Eduardo, estaba de viaje de negocios y no planeaba volver hasta Navidad.

Juan Eduardo Aldamonte se equivocó de vida el mismo día en que se empezó a construir la Torre Eiffel y le prometió a Celia que la llevaría a verla si se casaba con él.

Llegó hasta ese punto empujado por su padre, que no quería más escándalos y que le había dicho que o se casaba o ya se podía ir olvidando de ejercer en el despacho familiar.

Que cómo iba a representar a nadie como abogado si los clientes no podían confiar en él y que el buen nombre de un despacho lo era todo.

Eduardo, que acababa de lograr su título de licenciado con veintiún años, pidió ayuda a su madre para evitar el casamiento, pero ella se puso de parte del marido y dijo que eligiera una novia de entre las muchachas de sus círculos de amistades o que se resignara a mendigar pasantías en despachos ajenos.

Que tenía que ser un hombre «de orden» si quería tratar con leyes.

Le presentaron a hijas de jueces, leguleyos y diplomáticos, y Eduardo las fue desechando una tras otra.

Para fastidiar a ambos padres, escogió a la candidata que les era menos afín: una santanderina a la que había conocido en un viaje, que tenía su misma edad y que sabía poco de la vida, pero que como esposa era muy aparente.

Estaba formada en varios idiomas, vestía con buen gusto y eso era todo lo que hacía falta.

Su gran delito: el padre había sido diputado del partido liberal de Sagasta.

Y para los señores de Aldamonte y Palomeque, conservadores hasta la médula, la parte de liberal pesaba mucho más que la de diputado.

Con las dos familias a disgusto, ambos jóvenes se casaron: él llevado por motivos prácticos y ella, por la fantasía del triunfo de un amor imposible, de ideologías enfrentadas, al más puro estilo Shakespeare.

Eduardo fue de repente el único casado en su círculo.

Los hombres de su generación preferían esperar hasta los veintisiete, veintinueve o incluso treinta para dar el paso.

El matrimonio forzoso se le atragantó enseguida.

Se había dejado las pestañas estudiando, dependiendo de la asignación de su padre, y ahora que ya tenía el título, que podía trabajar y ganar dinero, que estaba en la cima de su poder…

, lo condenaban de esa forma. Sentía que le habían robado sus mejores años de independencia, ese espacio intermedio entre la casa paterna y la familiar, donde los muchachos se hacían hombres a base de hacer lo que les daba la gana.

Así que se prometió a sí mismo que, cuando encontrara el momento de recuperar el tiempo perdido, no le temblaría el pulso.

Celia recibió a Elena con los brazos abiertos y puso en los suyos a Angelito nada más cruzar la puerta.

El niño no tardó en demostrar que tenía unos pulmones de barítono, sobre todo cuando caía el sol y le entraba la «melancolía del atardecer».

Entonces se ponía insoportable, de cólicos, de nervios o de no sabía qué, y se le subía un rojo guerrero que daba miedo.

Elena se lo cargaba entonces, bien atado con un pañuelo, y se ponía a subir y a bajar las escaleras con él en brazos.

Aquel trote era lo único que mantenía en silencio a Angelito Aldamonte y Palomeque, que así se llamaba la criatura.

Con todo, el querubín se pasaba las noches berreando y no era raro ver a Elena con su balanceo «ea, ea» en el descansillo del portal o venga a subir y bajar a las tres o las cuatro de la madrugada para que la señora tuviera descanso.

A las siete, ya estaba en pie para preparar el desayuno.

Durante el día al menos podía sacar a Angelito a la calle, a pasear por Atocha, y el traqueteo de los adoquines dejaba tan atur dido y cansado al bebé que se quedaba dormido enseguida. El resto del tiempo, Elena limpiaba sin cesar la casa, siempre con la cháchara de Celia al fondo.

Si bien esta era una mujer de trato suave y amable, solícita y cumplida con todo el mundo, en sociedad desplegaba un encanto forzado, tras el cual se notaba lo insegura que era.

Las reuniones la agotaban y, nada más cruzar la puerta, se desahogaba con Elena.

Se desprendía a tirones tanto de la ropa como de la pose y se ponía a criticar con saña a todas las mujeres con las que se había encontrado ese día.

Escogía de la vitrina uno de sus abanicos de colección y le daba fuerte al mango de nácar para airearse mientras ponía de vuelta y media a vecinas, antiguas compañeras de colegio y esposas de los socios de su marido en el bufete.

«Si Jacinta vuelve a hablarme una vez más de su luna de miel, no respondo, ¿eh?

Te aseguro que la empujo desde el palco del teatro.

¡Qué mujer tan insulsa y lamentable! Se cree que por cruzar los Pirineos ya tiene algún interés lo que comió, lo que paseó o lo que vistió.

Ojalá pudiera casarse de nuevo y volver a irse para perderla de vista».

Aquel ritual de tarde era imprescindible para purgarse y poder salir la tarde siguiente, una vez más, a poner su mejor sonrisa ante una taza de té.

Elena ya sabía que sus peroratas duraban más o menos una hora.

Después, la señora Celia se quedaba conforme, se callaba y se ponía a hojear El Salón de las Damas , exprimiendo hasta el último real de su coste de suscripción, que era de sesenta pesetas anuales.

Empezaba con la Crónica General de la Quincena —los mejores chismes de Madrid y París—, pasaba por encima de la sección literaria y acababa con los pasatiempos y los anuncios.

Los consejos sobre bebés y niños se los marcaba a Elena poniendo un papelito, para que los leyera después de su jornada.

Pero ella, que había aprendido a leer y las cuatro reglas, como decía su madre, en la escuela rural, leía tan despacio y estaba tan cansada que no avanzaba ni dos frases.

A menudo le devolvía las revistas a la señora Celia tras echar un vistazo a los figurines a color.

Alguna vez veía grabados de niñas muy bien vestidas, preciosas, merendando o paseando por el parque, y siempre se acordaba de Carmen.

Quería pensar que su padre habría recuperado el juicio y que su hermana estaría bien cuidada, sobre todo porque tenía fe en la promesa de la Marcas de que velaría por ella.

Soñaba con el día en que pudiera tener el suficiente dinero ahorrado como para ir a buscarla y traérsela a Madrid.

A pesar de todo el trabajo que daban el niño y la casa, estaba satisfecha.

Tenía un colchón propio, en un lateral de la despensa, que era mucho mejor que el de la iglesia y, por las noches, sujetaba con fuerza su medalla de san Crispín y renovaba la promesa a su madre fallecida: iría a buscar a Carmen en cuanto pudiera y la traería consigo.

Pasaron octubre y noviembre. Las cartas de la Marcas, que seguían llegándole al cura, la tranquilizaban y confirmaban sus esperanzas.

Carmen estaba bien y Justa se ocupaba de ella, pero cada día que pasara bajo la influencia de Prudencio le parecía nefasto.

Cuanto más lejos estuviera de él, mejor.

Aunque aún era muy pequeña, no sabía cuánto le habría afectado «lo de Mariana».

Así es como llamaban todos en el pueblo a lo que había pasado. «Lo de Mariana». Elena aún tenía tanto miedo, por ella, por Carmen…, que no se atrevía ni a llamarlo por su nombre.

Llegó el final de noviembre de 1889. Nadie sospechaba que en Madrid ya se libraba una guerra invisible y que pronto se llenaría de cadáveres.

Los primeros ya estaban allí.