Capítulo 8
La mente de Elena era un torbellino de desconcierto y de dolor cuando se adentró, con la noche ya caída, por el camino de Mérida, sin que la Marcas pudiera hacer nada por detenerla.
«Es una locura», «No te arriesgues, niña», repetía la buena mujer.
Pero acababa de perder a su madre y a su hermana, y solo necesitaba correr, alejarse de allí y no pensar en el horror del que había sido testigo.
Apenas había tres o cuatro horas de camino hasta la villa, pero Elena iba rápido y con la cabeza ofuscada, los puños apretados y los pasos rabiosos, por lo que se salió del camino y se desorientó.
Solo distinguía a su alrededor las sombras de los árboles solitarios, manchas de oscuridad sobre otras oscuridades. De repente, estaba perdida.
En medio de esa confusión le pudo el desánimo.
Se puso a pensar que no tendría que haber dejado a Mariana sola, en si podría haber hecho algo más por su madre, en lugar de centrarse en proteger a Carmen.
Tendría que haberle pedido que se marcharan de allí mucho antes, cuando Prudencio cambió tanto que la tensión pesaba en cada habitación de la casa.
Tendría que haberlas sacado de allí y haber empezado de nuevo en otro lugar, lejos de esa violencia larvada que se respiraba en la casa desde hacía tanto tiempo.
Cayó al suelo y lloró desesperada mientras la cabeza le daba vueltas. Además, perdida como estaba, no sabía ni cómo iba a llegar a Madrid ni qué iba a hacer allí, completamente sola.
Después de una hora de llanto inconsolable estaba agotada, tirada en la paja seca.
Le daba igual inhalar el polvo del camino, como si así pudiera convertirse en polvo ella misma.
A la altura de las hormigas y de los bichos bola, que se paseaban por delante de sus labios.
Los tenía agrietados como la misma tierra.
A través de los párpados hinchados le pareció ver una figura femenina que se movía despacio entre las sombras. Las nubes habían pasado y las estrellas iluminaban la noche.
Aquella era la Serrana de la Vera, no tenía dudas. Indómita, con su cuchillo de cazar al cinto.
La amazona era tan gigantesca como se la había descrito su madre.
De brazos ágiles, esbeltos como ramas, y piernas fuertes como troncos de encinas.
Su belleza era salvaje como las aguas de las gargantas en la sierra de Tormantos.
La Garganta de la Desesperá era su pelo voluminoso, como formado por muchos afluentes, cayéndole hasta la cintura.
La de los Infiernos era su faldilla blanca.
Llevaba el pecho desnudo y tenía curtidas como el cuero las plantas de los pies, de andar descalza, y las palmas de las manos, de hacer la vida en el bosque.
La Serrana era una leona y ahora había salido de su cueva y la estaba buscando. Guiándose por su olfato, que siempre encontraba a las mujeres en peligro.
Su mirada era cálida, como la de Mariana. Se acostó junto a ella y la abrazó por detrás y Elena, por fin, se sintió segura y pudo dormir.
A la mañana siguiente despertó bajo un cielo muy azul, con un insecto zapatero recorriéndole el dorso de la mano, a poca distancia de su nariz, entre las pajas que se le habían adherido al pelo y a la falda.
Se puso en pie y se sacudió como pudo. El sueño que había tenido con la Serrana la había tranquilizado.
Una mujer capaz de escalar montañas. Y de atravesarlas.
Esa tenía que ser también su fuerza. Su inspiración.
Lo primero que hizo fue sacarse el carrete de hilo del bolsillo, con su aguja bien pinchada en él, y coserse un pequeño doblez en los bajos de la falda para ocultar el dinero.
No era bueno llevarlo todo junto en la lata.
Ese carrete y sus manos eran lo único que tenía de momento para ganarse el pan.
Porque de la casa también se había llevado una única cosa de Mariana: el alfiler de perla de su mañanita.
Ese de la primera herida en la frente que le había dejado una cicatriz desde bebé. Nunca podría venderlo.
Se puso a andar tres horas más por la orilla del Guadiana, por el camino de tierra paralelo a los juncales.
Era de día cuando entró en Mérida por el acueducto de los Milagros. Sus pilares en ruinas se alineaban como soldados para recibirla. Había conseguido cruzar el páramo y ahora entraba en un nuevo mundo, el de las urbes y los viajes de vapor. Entraba, de algún modo, en otro siglo.
Se quitó el delantal, aún con las manchas del betún y la tierra, y lo enrolló hasta convertirlo en un petate. Después fue a la estación, compró un bocadillo con el que pasar el día y se subió en un tren por primera vez en su vida, rumbo a su destino.
La novedad de semejante monstruo de hierro, que escupía humo a bocanadas, no fue suficiente para mantenerla despierta.
Tras unos minutos contemplando el paisaje a gran velocidad, cayó rendida en el asiento.
Durmió todo el trayecto y despertó en la estación de Delicias.
Tuvo que venir el revisor a espabilarla.
—Señorita, ya estamos en Madrid.
Elena se sintió muy pequeña cuando se apeó del tren y se encontró en la nave gigantesca de cristal y andamios industriales que cobijaba la estación, con las voces de los viajeros haciendo eco hasta el tejado a dos aguas, a muchos metros por encima.
Por las cristaleras, enmarcadas de acero, entraba la luz como un torrente.
Se quedó sin respiración.
Si todo en Madrid era así, iba a necesitar un soporte para el cuello, de tanto mirar hacia arriba y maravillarse. Todo en la capital estaba hecho a la medida de los gigantes.
Pasó junto a la cartelería del Circo Parish. Caballistas, payasos y cacatúas trapecistas que desplegaban sus alas sobre una hermosa asistente. «¡Nuevo espectáculo! —anunciaba un payaso a los viajeros—. ¡En la plaza del Rey!».
Compró churros para reponer fuerzas mientras remontaba el paseo de las Delicias y a punto estuvo de llevarse un susto con un tranvía, recién cambiado el tiro de las mulas.
«¡Paso a la jardinera! ¿Es que no ha visto los raíles, señorita?
», gritaba el conductor, látigo en mano.
Había arrancado de improviso y a Elena se le salía el corazón del pecho.
«¡Haga el favor de mirar por dónde pisa! ».
Tras mucho caminar llegó hasta Lavapiés. Según las cartas del padre Andrés, la iglesia estaba por allí, junto al Hospital General. Decidió preguntar a un mozo de cuerda que llevaba un gran belén en la cabeza, en equilibrio sobre la gorra.
—¿La iglesia de San Lorenzo, por favor?
—¿La de las chinches? ¡La tiene usted detrás!
Elena se dio la vuelta y no pudo creerse que aquel edificio ruinoso y tiznado por los incendios fuera una iglesia en uso.
—¿Está seguro de que es aquí?
—¡Claro! Aquí es donde se celebran las bodas de más rumbo.
La joven se estiró bien el traje. A falta de horquillas, se atusó el cabello con las manos y entró en la iglesia.
—¡Ay, hija mía! ¡Qué bien que hayas llegado sin problema!
Ella se adelantó por el pasillo, entre los reclinatorios de madera. ¿Sería verdad que estaban llenos de chinches?
—Padre, pero ¿acaso me esperaba? ¿Cómo sabía que vendría?
—Porque la Marcas ha mandado un telegrama. Me ha llegado esta misma mañana, mira.
Se lo pasó a Elena y decía así:
Elena Borrallo va para Madrid. Mariana fallecida. Carmen bien cuidada. Justa mudó a su casa con Prudencio.