Capítulo 7
Elena huyó de la casa, llevando a Carmen de una mano y, en la otra, la lata de los ahorros y las cartas del padre Andrés.
Prudencio no intentó detenerla. Solo se quedó sentado en la banqueta, callado, con la mirada perdida. Mirando a la mujer que le había dado a sus hijas… y que ahora yacía muerta en el suelo.
La Marcas, que había oído los gritos de la discusión, había dejado el pan a medio hacer y llegaba a la carrera por el camino.
—Pero ¿y esos gritos, niña? ¿Le pasa algo a la Carmen?
Elena no podía decir nada, solo echaba miradas hacia la casa, con el gesto desencajado, sin aliento. No había palabras para aquello. Solo podía temblar y sentir cómo el dolor la reventaba por dentro.
La molinera se asomó al interior de la casa y descubrió con horror el cadáver de Mariana. Tenía los ojos aún abiertos y el hierro del yunque clavado en el cuerpo.
—Prudencio… Pero ¿qué…?
—Ha sido un accidente.
El molinero venía detrás de su mujer y le puso una mano en el brazo.
—Es mejor que te vayas a casa. Nosotros dos arreglaremos esto para que puedan volver las niñas.
La Marcas se zafó de su contacto, intuyendo lo que querían hacer. Lo miró más disgustada e iracunda que en toda su vida.
—Aún no sabemos lo que ha pasado. ¡Estaban discutiendo a gritos! Y dice Elena que…
—Que ya le has oído, mujer. Que ha sido un accidente. Es como si tú y yo nos peleamos y tú te quemas con el horno. O te quedas atrapada en el molino. ¿Qué culpa tendría yo? ¿Eh? Ya bastante tiene el hombre.
La Marcas los miró a uno y a otro. Y luego a Elena.
Si la muchacha no quería quedarse, ni dejar que Carmen se acercara, por algo sería.
Pero su marido y Prudencio se habían arropado desde el primer segundo, cerrando filas con solo una mirada, en un pacto tan blindado como invisible.
No iba a poder romperlo ni con cien acusaciones al alcalde, al alguacil o al juez.
El molinero, estaba claro, se veía en su lugar.
Al pobre Prudencio se le había ido la mano en una discusión acalorada, como podía pasarle a cualquiera.
Y ahora querían acusarlo e intentar cargarlo con un crimen que nunca había pretendido.
No podía darle más asco todo aquello y su gesto fue transparente. Pero su marido insistió:
—Hala, vete a casa, mujer, que todo esto es muy desagradable. Ya te digo yo que nos ocuparemos de adecentar el cuerpo y de avisar de este desgraciado asunto… Y tú, Prudencio, no te preocupes, que tú y las niñas vais a tirar p’alante , ¿eh?
La Marcas apretó los dientes, los fulminó con la mirada a los dos y pegó un tirón del delantal con sus fuertes brazos para indicar que estaba en desacuerdo con lo que estaban haciendo. Mariana se iba a quedar sin justicia, eso estaba claro. Pero aún quedaba Elena.
Cuando salió al camino, la muchacha no le llevaba mucha ventaja. Carmen era un lastre que no la dejaba apenas avanzar. Había estallado en llanto y no tardó en agotarse, llamando a su madre, gritando que solo quería volver a casa.
—¡Elena, espera! ¡Espera un momento!
Pero ella cargó a Carmen en brazos y avanzaba sin detenerse, sin mirar atrás. Como si tenía que caminar con ella hasta el mismo Madrid.
—¡Elena, escucha! ¡Yo puedo ayudarte!
Al llegar al límite del pueblo, se encontró con que el alcalde, su mujer y uno de los alguaciles le cerraban el paso. La mujer del alcalde, a la que sin duda habían llevado por ser aquel un «tema de mujeres», fue la primera en decir algo.
—Mira, hija, nos han mandado llamar y nos han contado el desgraciado suceso de Mariana.
Elena le clavó la mirada con los labios apretados, sujetando con fuerza la mano de Carmen hasta el punto de temblar. La mujer se acercó aún más.
—No dejes que el dolor te ciegue. Que Prudencio siempre ha sido un buen padre y os quiere, y los matrimonios…, bueno, esto no tiene nada que ver con vosotras. Las discusiones son asuntos de mayores y esta ha tenido un final trágico e indeseado.
Elena tenía los ojos como rendijas de la furia. Por toda la incomprensión y la desfachatez. Cada desprecio, cada gesto y cada insulto a Mariana tenía que ver con ellas. Claro que tenía que ver. Hasta la médula.
La mujer del alcalde vio que sus palabras no estaban surtiendo el efecto deseado.
—Que mira que está cayendo la luz y te vas a llevar a una cría a la intemperie, donde le puede pasar de todo. Esto no es una solución de nada, Elena. Sé razonable, eres la hermana mayor.
—No voy a separarme de Carmen.
—La niña pertenece a su padre —dijo el alcalde—. Él decidirá qué hacer con ella.
—¡No! —Elena refugió a Carmen por detrás de sus faldas—. ¡No voy a dejarla con él!
—¡Es la ley! —bramó el alcalde.
—Sé razonable, cariño… —dijo la mujer de este—. ¿Adónde vas a ir con una niña tan pequeña? Deja que nos encarguemos nosotros…
El alguacil se adelantó y separó a la fuerza a Elena y a Carmen, que se puso a gritar y a arañar, mientras se la llevaban de vuelta a su casa para entregársela a Prudencio. Elena sintió entonces que todo el dolor que llevaba dentro rompía cualquier dique y empezó a gritar como una posesa:
—¡Devolvedme a mi hermana! ¡No la podéis llevar con mi padre, ese hombre ha matado a mi madre! —Sus alaridos y su llanto desconsolado no conmovieron ni un ápice al alcalde.
—Tú puedes hacer lo que quieras, que ya eres mayor —dijo el hombre—, pero nuestro deber es proteger a tu hermana. Además, tú no puedes mantenerla. ¿Qué vas a hacer a tu edad, sin dinero y sin estudios? ¿De qué te vas a ganar la vida, niña? Anda, déjate de tonterías y vuelve a casa.
Y dicho esto le dieron la espalda y se marcharon, mientras la Marcas llegaba corriendo.
—¡Se han llevado a mi hermana! —Elena sollozaba, fuera de sí, mirando al suelo, a un sitio y a otro, como un animal acorralado. Apretando el delantal manchado de grasa con los puños—. ¡Se han llevado a Carmen! ¡No puedo dejarla sola!
La Marcas se acercó aún más a ella y la miró a los ojos. Le puso una mano en el hombro.
—Elena, escúchame. Necesitas calmarte, respira, por favor. —La muchacha trató de hacerle caso, inspirando hondo, secándose las lágrimas, agitada aún—. Tú tienes ahora que salir adelante. Por tu madre, por Carmen y por ti misma. Intenta ser razonable. ¿Adónde tenías pensado ir?
Elena se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—A Madrid.
—¿Adónde en Madrid?
—A la parroquia de San Lorenzo, con el padre Andrés. Él conoce a mi madre. —Se quedó callada y las lágrimas afloraron de nuevo—. Conocía…
La Marcas la tomó de las manos y la miró como se hace ante una promesa firme.
—Vamos a hacer algo para que tú te sientas más tranquila: si así lo deseas, vete.
Yo te entiendo, claro que te entiendo. Lo que ha pasado aquí es terrible y tú necesitas tiempo.
Yo vigilaré desde mi casa que todo esté bien y que no le falte de nada a tu hermana.
Y cuando ya estés en Madrid, asentada y ganando dinero, y ella sea un poco más mayor, te la puedes llevar allí a vivir contigo.
Si hace falta que vengas, si pasa algo, yo te mandaré a buscar, pero tú no hagas locuras, ¿de acuerdo?
Elena la miró, buscando en los ojos de aquella mujer alguna certeza, la tranquilidad que necesitaba para no sentir que traicionaba a su hermana.
Quería mucho a Carmen, y odiaba dejarla allí…
Pero no podía quedarse junto a ese hombre que había matado a su madre.
Sencillamente, no podía más. A sus apenas diecisiete años había vivido demasiado dolor y necesitaba alejarse de todo aquello. Al menos por un tiempo.
—¿Tienes dinero para el tren? —La Marcas la sacó de sus cavilaciones.
Elena asintió, amarga, mostrando la pequeña lata de ahorros de Mariana, que todavía agarraba con fuerza.
—Pues esta noche puedes dormir en mi casa y mañana mismo sales para la capital.
Elena negó con la cabeza.
—No… Yo no me quedo en este pueblo maldito ni un minuto más.