Capítulo 6
Si Mariana hubiera seguido de rodillas, no habría caído tanto ni tan fuerte.
Su único error fue querer levantarse, llevar la contraria, alzar la voz y enfrentarse cuerpo a cuerpo con Prudencio, que estaba acostumbrado a doblegar la piel más dura, el cuero más rebelde.
Todo fue por los santos gemelos, Crispín y Crispiniano, que más que prosperidad trajeron todo lo contrario.
Era la última hora de la tarde, el sol ya caía en oblicuo sobre las tablas de madera del suelo, tras una jornada de calor atroz.
Prudencio había estado bregando con una bota de niño intratable, de cuero muy duro, con la que se había quedado corto y se le desgarraban los clavos cada dos por tres.
Al final se iba a quedar pequeña, el niño se quejaría de que le apretaban los zapatos, se pondría a llorar y no le pagarían el trabajo.
Tampoco podía sustituir los cueros por otros nuevos, puesto que ya llevaba semanas de retraso.
¿Y dónde estaba Elena? No podía contar con ella para que le cosiera, se marchaba junto al río en cuanto salía el sol.
Para colmo, a Carmen le dolía la barriga, había estado vomitando dos noches seguidas y no dejaba dormir a nadie.
Y Mariana llevaba días pidiendo dinero para ir al mercado porque ya no tenía de nada en casa.
Pero no había dinero porque todo se lo habían llevado los susodichos cueros, que no acababan de llegar.
Prudencio descargó en el suelo el yunque de zapatero, un bloque de madera basta con una vara de hierro apuntando hacia arriba donde se colocaban las hormas de madera.
Le quitó la horma grande para ajustarle otra más pequeña.
Dejó el hierro desnudo, largo y afilado, como un atizador clavado en vertical.
—Y las hormas pequeñas, ¿dónde están? —preguntó a Mariana.
—No las he visto.
—Carmen, ¿las has cogido tú? —Le enseñó las grandes—. Son como estas, pero más pequeñas.
La niña se inclinó para mirarlas.
—Son los zuecos de mi muñeca.
—No son juguetes, Carmen. ¿Dónde las has puesto?
—Las guardé en un cajón.
Se puso a abrirlos todos y, al inclinarse, relumbró la joya de oro en su cuello.
—¿Por qué tiene la niña la medalla de su hermana?
Mariana mantuvo la mirada fija en la artesa, como si ella también fuera de piedra.
—Pues porque no es la de su hermana.
Prudencio se aproximó a la niña y agarró la medalla, acercándola a la luz.
—¡Ay! ¡No tires! —protestó Carmen.
Era la medalla de san Crispiniano. Prudencio sabía que no podía proceder de ningún lugar más que del cuello de Justa. De nuevo, Mariana se metía en sus asuntos, allí donde nadie la llamaba.
—¿Y por qué la tiene ella?
Mariana dejó en la artesa los platos que estaba limpiando y miró a Prudencio. Había llegado el momento de la verdad, la que tantos años había evitado.
—Porque es suya. Es su derecho.
—Estaba bien donde estaba.
—No.
—Devuélvela.
Mariana se cruzó de brazos. Ese mismo verano había enviado a un recadero a casa de Justa y le había exigido la meda lla. La joya había vuelto a la familia sin una sola palabra por su parte.
Prudencio apartó la mesa de un tirón y temblaron los tazones, la fruta y hasta el último de los cuchillos que había encima.
—¡Tendría que haberme casado con Justa y no contigo!
Mariana se quedó sin habla, inmóvil, como atrapada contra la artesa. El golpe había sido demasiado directo. Pálida de angustia, apenas le salía la voz cuando habló:
—Esa medalla es de tu hija. Debe tenerla ella.
—¡Cuando se la di a Justa, tú ni siquiera existías!
¡Y ojalá no hubieras existido nunca! Eso fue lo único que le di, mientras que a ti te lo tengo que dar todo.
¡Todo lo que gano! ¡Cada par de malditos zapatos!
¡Todo me lo quitas! Mi paz, mi juventud, me chupas la sangre. ¡Me has quitado mi vida entera!
Ya estaba muy cerca de Mariana y al pasar golpeó la mesa. La pila de platos volcó y la loza se desparramó por el suelo. La mujer no entendía esa reacción desmesurada. Nunca lo había visto así. Jamás, ni en los momentos más desabridos de su matrimonio.
—Es para la familia —siguió ella, todo lo firme que pudo—. Para tus hijas…
—¿Para qué fuiste al pueblo aquella vez? ¿Me puedes contestar? ¡Hasta a mi madre me quitaste! Siempre vas a la tuya, siempre.
Mariana nunca había estado tan asustada. Si así es como Prudencio veía la situación, nada podía ayudarla. No estaba en sus cabales. ¿De verdad pensaba que ella la había matado?
—Era una mujer enferma, Prudencio. Yo no tuve nada que ver.
El hombre apretó los labios y negó con la cabeza, colérico.
—Tú sí que estás enferma.
Mariana entendió entonces que aquella anciana era intocable.
Estaba blindada contra la culpa por el escudo santo de la maternidad.
Todo lo que se arrojara contra ella parecía rebotar a ojos de su hijo y caerle encima a cualquiera que estuviera alrededor.
Se armó de valor para decir lo que era justo:
—Y, además, bebía…
El primer golpe le cayó en la cabeza, tan fuerte que la dejó sorda de un oído y la dobló sobre la falda. Prudencio estaba fuera de sí.
—Era… mucho… mejor… que tú.
Y con cada palabra volvía a darle en la cabeza hasta que Mariana cayó al suelo de la cocina, dio con la cara y los brazos contra la loza rota y se llenó de cortes.
En ese momento tuvo que tomar una decisión. Bien seguir arrodillada, implorar el perdón de Prudencio, besar sus pies y callar, o bien…
Decidió levantarse y eso fue lo que la condenó.
—Me voy a llevar a las niñas —le dijo—, porque tú… Tú no estás bien.
—¿Y adónde vas a ir, si no tienes a nadie? Estás sola, Mariana. Siempre me has necesitado tú más a mí que yo a ti. ¡Que te habrías muerto de hambre de no ser por estas manos!
Mariana se alejó, encogida, porque Prudencio tenía las manazas en alto y ella temía que las fuera a descargar de nuevo sobre su cabeza.
Entonces entró Elena con Carmen de la mano y, espantada por lo que ocurría, se escurrió como pudo y dejó a su hermana fuera, al otro lado de la puerta, para evitarle aquella escena.
—¡Déjame entrar! ¡Elena, déjame!
Se echó a llorar, pero su hermana no cedió. Su instinto le decía que tenía que protegerla de aquello. Descargó todo su peso contra la madera.
Mariana seguía luchando dentro de la casa.
—Pediré ayuda al padre Andrés, que está en Madrid. Déjame en paz, Prudencio.
—Tú no te vas a ninguna parte.
Ambos forcejearon en la cocina. Fuera se oían los platos rompiéndose al caer al suelo. Carmen seguía chillando al otro lado de la puerta. La golpeaba con los puños y la madera retumbaba, pero Elena no dejó que pasara.
Prudencio, mucho más corpulento, se quitó a Mariana de encima y ella tropezó.
Cayó sobre el yunque con su vara de hierro, que estaba en vertical, esperándola, como si fuera un estilete. Le atravesó el pecho antes de que Elena pudiera hacer nada.