La casa del hilo rojo Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

La prueba que tenía por delante no iba a ser fácil.

Ese mismo viernes 22 de noviembre se iban a entregar los premios del curso anterior y habían preparado un programa entero de conciertos.

Una de las alumnas había caído víctima del «trancazo» que, según la prensa, parecía recorrer todo Madrid como un reguero de pólvora.

Estaba claro que no iba a poder tocar. Necesitaban a una nueva pianista con urgencia y Julia no se lo pensó dos veces.

Era una oportunidad de oro, la ocasión soñada por cualquier alumno.

Acudiría muchísima gente al auditorio. De ocasiones como aquella salían luego los recitales.

—Adelante, Julia. —Su profesor, Grajal, la hizo pasar.

Ella cruzó una mirada con la alumna saliente, a la que le temblaban los labios. Nada más salir por la puerta dio rienda suelta a sus lágrimas y desde la misma escalera le llegó a Julia el eco de sus sollozos e hipidos.

La prueba tenía todo el aspecto de un examen.

El de la tarde era un recital público y el prestigio de la Escuela estaba en juego.

En el centro del jurado, de siete personas, estaba el director de la institución, Emilio Arrieta, con su semblante afable de siempre, pero con sus casi setenta años encima, cara de sueño y muchas ganas de jubilarse.

A su derecha se sentaba el sucesor, Jimeno de Lerma.

Garabateaba en sus notas, con el pulso tenso y un gesto en la boca tan desagradable que parecía que hubiera bebido estricnina.

Según él, a la Escuela le afectaban los mismos «males de la patria» que estaban corroyendo los cimientos del país: «Dema siados alumnos, excesivos; calificaciones infladas; tal abundancia de cartas de recomendación que es imposible que haya tanto genio junto en España; persecución inmisericorde a los profesores, hasta en sus propias casas, por parte de las familias que no los dejan respirar; piel fina de los estudiantes, tan débiles y sensibles que no se les puede decir nada; y, sobre todo, vagos, muy vagos, que siendo de excelentes condiciones intelectuales me apena tener que confesar que no se corresponde a estas, en general, su afán por el estudio».

Pretendía hacer una purga en el alumnado que lo dejara irreconocible.

Grajal se dirigió a él, directamente.

—Julia Josefina Enriqueta Loewe Hinton.

Intercambió una mirada con las profesoras de solfeo, Romea y Oteiza, esperando de ellas algo de piedad para su pupila.

—Interpretará el aria de las Variaciones Goldberg , de Johann Sebastian Bach.

Jimeno levantó la vista de sus papeles. Aquella era la última alumna y estaba hastiado de decepciones.

En fin, una más y podría sacudirse de encima toda esa mediocridad.

Ahora la Escuela estaba llena de niños y, sobre todo, de niñas de papá —esas «anémicas de Conservatorio»— que no se tomaban nada en serio.

Solo estaban allí por cuestiones decorativas.

Y por vanidad, claro. Eran una desgracia para la música.

Dejó la pluma a un lado y entrelazó los dedos bajo la barbilla, como si necesitara de un soporte.

Julia se quitó los mitones, arrimó la banqueta con cuidado de no arañar el suelo y colocó la partitura en el atril. Miró a Grajal, que iba a pasarle las páginas. Él asintió, cómplice: «Esta te la sabes, Julia».

La sala pequeña de la Escuela estaba desmerecida por los sucesivos recortes a sus fondos y le quedaban pocos años para que fuera declarada una ruina.

Las paredes aún mostraban los rastros del incendio de la sala grande.

Así que Julia dirigió la mirada más allá del recinto, hacia el cielo, más allá de Madrid.

Hasta las leja nas tierras del Imperio alemán, sobre bosques, castillos y lagos.

Allá donde el fantasma del maestro Liszt, seguramente, aún velaba por ella.

Se dejó llevar, como sumida en un sueño.

Sus dedos cayeron y se deslizaron sobre las teclas, con precisión y sentimiento.

Una tensión delicada, llena de fuerza contenida, como era ella.

Una leona capaz de contener su rugido y expresarse con toda la suavidad.

Los profesores se olvidaron del tiempo, de las calificaciones y de quiénes eran.

Julia consiguió que una sala que se caía a pedazos se convirtiera en un santuario de delicadeza y armonía, de un orden superior.

No llegó a hacer sonreír a Jimeno, porque un hombre así no podía permitirse tal debilidad, pero este sí que aflojó el pulso y las arrugas.

Logró evadirse sobre los prados de la verde Sajonia, donde Bach compuso la pieza, en un día de lluvia.

Las manos de esa lluvia, gota a gota, abrieron los relojes de su pecho, con todos sus engranajes, y dejaron salir su mal humor.

Cuando Julia dejó caer los dedos sobre la última tecla, guardó silencio un instante.

El semblante de Jimeno era beatífico, suave y relajado.

Grajal le puso la mano en el hombro, orgulloso como un padre.

Julia estaba a solo un paso de cumplir su sueño.

Ese recital llevaría a muchos otros, sin duda alguna.

Una mujer, y tan joven… No había un límite para ella.

Todo podría haber sido así. Podría habérsele abierto el circuito más exclusivo de España e incluso de Europa, de no ser porque la suerte de Julia estaba cambiando en ese mismo momento en que invocaba a Liszt y se vaciaba de sí misma, fundiéndose con la música.

Su madre nunca llegaría a conocer su triunfo ni a verla tocar en un auditorio. Mientras Julia pespunteaba una nota con la otra y alcanzaba las cimas y los valles del aria, Carlota Clara Hinton recibía la visita de su médico, que ya solo pudo certificar su muerte.