Capítulo 5 #2
—No sé, hija… El mundo es muy grande…
Clara inspiró hondo. Se levantaba cansada y seguía igual hasta la noche, le costaba respirar.
Deambulaba por la casa entre escalofríos, envuelta en la bata de Heinrich.
Había cogido frío en su viaje a Alemania y el médico insistía en que guardara cama, pero una madre nunca para del todo, y menos después de alejarse unos días de sus hijos.
Tenía mil cosas que hacer en la casa. Intentaría no salir a la calle hasta que se le quitaran los dolores de cabeza y la fiebre.
Pero Julia estaba más pendiente de otras cosas.
—¿Coleccionamos juntas los recortes del viaje? Habrá fotos de la India, de Singapur… ¡Aquí dice que mañana visitará a Julio Verne en su casa de Amiens!
Clara sonrió. Le encantaba ver cómo su hija, siempre tan callada, se emocionaba con las aventuras de Nellie Bly. Parecía transformarse, como si su carácter apasionado por fin le asomara por la boca y la hiciera hablar sin parar.
—Voy a servirme el azahar yo también, a ver si se me pasa este mal cuerpo…
En casa, Clara siempre hablaba en inglés, mientras que Heinrich lo hacía en el alemán perfecto de Kassel.
Como el pequeño Enrique hablaba en español, Julia, para hacer la gracia, se dirigía a todos en francés.
De esta manera, decía, no había ni un solo miembro de la familia que pudiera entenderse con los demás.
«Esto más que una familia parece una reunión diplomática de algún tratado de paz…
». «¡O de guerra!», la chinchaba Enrique.
Clara llenó de azahar una copa idéntica a la de Julia, pero de cristal morado, y se sentó junto a su hija.
—Nos va a quedar un álbum precioso, ya lo verás.
—A mí también me gustaría dar la vuelta al mundo, mamá. Como Nellie, pero con mi piano. Dando recitales y conciertos. ¿Vendrás a verme a Viena? ¿Y a París? Podríamos ir también a Kassel, a ver a los parientes…
—Pero primero tendrás que pasar esa prueba, ¿no?
Julia se puso en pie muy seria y asintió como si fuera una soldado diciendo:
—Sí, señora. Y no solo la pasaré, sino que daré un concierto espectacular y me ganaré mi esquina en el periódico, como Nellie Bly. Y ahora me voy corriendo, mamá.
Salió disparada hacia la puerta y Clara quiso gritar, pero apenas le salió la voz.
—¡Ponte el abrigo de paño gordo! El negro de doble abotonadura. Y también los mitones, que hay que cuidar esas manos…
Ya en el umbral, Julia se dio la vuelta, regresó a recoger las partituras y le dio un abrazo fuerte a su madre.
— I love you very very much .
Al fin, dos personas de la familia hablaban el mismo idioma.
Salió a trote por el pasillo.
—Ten cuidado, no te resbales con los botines nuevos —la despidió Clara con su voz nasal—. Que con la nieve se pone Madrid muy traicionero.
Y vaya si se ponía. Si Madrid, con la lluvia, ya sufría pequeñas riadas y atascos de carruajes, con la nieve directamente se colapsaba: los tranvías llegaban con retraso; los carros y los coches embarrancaban en los montones de nieve sucia; los resaltos de hielo provocaban caídas y moratones a los paseantes y las aceras se encharcaban.
Quince minutos separaban a Julia del Teatro de Oriente, donde estaba la Escuela Nacional de Música y Declamación, pero con el caos de las calles podían convertirse en una eternidad. ¡No podía llegar tarde!
Al bajar las escaleras, saludó con la mano a los operarios, que ya iniciaban la jornada.
—¡Mucha suerte, señorita Julia!
—¡Muestre de lo que es capaz!
En el taller de marroquinería rondaban atareados hasta veinte operarios que se maravillaban con su música desde primera hora de la mañana, mientras hacían agujeros, ponían remaches y cosían las pieles.
Allí nunca faltaban los conciertos, que se filtraban desde el piso superior, y los selectos clientes se entretenían al recoger sus petacas y carteras solo para poder disfrutar gratis de Bach, Schumann y Beethoven.
Julia cruzó las grandes puertas de casetones del portal, sujetándose el sombrero de lazos con ambas manos.
Estaba en la calle Cañizares, en plena zona de curtidores.
Tomó la calle a la derecha hasta alcanzar San Sebastián y subió a buen ritmo por la avenida de Atocha, para cruzar los soportales y la plaza Mayor en diagonal.
Dio unas zancadas bajo la atenta mirada de Felipe III, cuyo caballo de bronce aún tenía nieve en las crines y en la cola.
Incluso parecía dotado de una peluca blanca, que le arrancó una sonrisa.
Sin embargo, la mirada a Su Majestad le costó cara: dio un traspié en los adoquines y su botín nuevo se descosió —«tan blanco y precioso como inútil»— en mitad de la plaza.
Las medias no tardaron en calarse de la punta a la rodilla.
Aquello era un contratiempo mayúsculo.
Tratando de no matarse de un resbalón, pisó sobre el reguero de huellas sucias, maldiciendo en silencio aquellos adoquines de cabeza de perro que Fernando VII había puesto hacía más de un siglo.
Madrid era ahora una ciudad monumental, de espectaculares avenidas flanqueadas por árboles y farolas. En los umbrales del siglo xx, no tenía nada que envidiar a otras capitales europeas y atraía por igual a grandes inversores y a pequeños comerciantes, como el propio Loewe.
Julia se plantó ante el Teatro de Oriente al dar las ocho en punto. Recorrió la galería de sus cinco arcos, entró por la puerta de Felipe V y subió las escaleras hasta el piso superior, donde ya la última alumna daba vuelo a una mazurca de Chopin.
Aguardó junto a la puerta, al hilo de las últimas notas, y aprovechó para rehacerse el moño de la melena negra, que se le había escurrido casi por completo.
Entonces tomó aire y entró. Se quedó muy cerca de la puerta y escondió el botín roto, que era el derecho, por detrás del izquierdo.
Cruzó las manos arropadas en mitones por delante de la falda y se las sujetó con fuerza.
Irguió el cuello y levantó el rostro como si nunca hubiera perdido la compostura.
En pocos segundos su semblante estaba tranquilo, su respiración controlada y sus ojos brillaban de seguridad, sin una sombra.