Capítulo 5
Jamás nevaba en Madrid en noviembre y había tenido que hacerlo justo el día de la prueba que iba a marcar el resto de la vida de Julia Loewe.
Para cualquier otra señorita de la burguesía madrileña asistir al conservatorio podía ser una actividad gratificante, de diversión y ocio, con la que llenar el tiempo sobrante de las tardes…
No era así para Julia. A sus catorce recién cumplidos el piano lo era todo: el pasado alemán de su familia; el presente que le permitía expresarse; el futuro como concertista.
La posibilidad de tener una carrera que dependiera de sus méritos y fuera solo suya.
La de ser algo, lo que fuera, más allá de «mujer de», «hija de».
Heinrich era hijo de un hojalatero, Gaspar Augusto, y de un ama de casa, Mariana.
En su Kassel natal no tenía medios para prosperar, y por eso aprendió los métodos y técnicas prusianas, se fue a Londres a interesarse por las máquinas —y, de paso, a conseguir esposa—, y emigró a un país mucho más artesanal y atrasado, donde sacarle partido a lo que sabía.
El Segundo Impe rio Alemán, en aquella época, conquistaba Europa a través de su ciencia y su tecnología, y había muchos emigrantes haciendo eso mismo, como si fuera un mandato del mismo káiser.
Exportaban industria hasta el Mediterráneo, el Atlántico y el Báltico.
En Madrid, Heinrich encontró algo valioso que vender: una manera de trabajar y unas herramientas que en España estaban poco vistas.
En cuanto aprendió español, pudo hacer de enlace tanto con los ingleses como con los alemanes.
Y así fue como consiguió que Florencio Rivas y José Silva le abrieran sus puertas de la calle del Lobo: convenciéndoles de que era modernizarse o morir.
Gracias a la sensibilidad, buen gusto y amor por la artesanía de Silva, inspirado en la marroquinería andaluza, consiguieron que cada pieza fuera única y exquisita.
Con Rivas mantenían una contabilidad saludable y unas relaciones con los clientes que eran pura seda.
Con Loewe, además, consiguieron ser eficaces, técnicamente impecables.
Todo fue más limpio, más rápido, más contundente, mejor.
Hasta que los caminos de los tres socios se separaron, por supuesto.
Ya se sabía que el pequeño Enrique, el hijo menor de Heinrich, heredaría el taller, pese a que a sus diez años todavía era muy niño.
Casi desde que aprendiera a leer, en alemán y en español, lo estaban preparando para llevar el negocio familiar de artículos de piel.
Lo pondrían a firmar contratos en cuanto completara los estudios y alcanzara la edad.
A Julia, en cambio, le estaban dando estudios para cultivarla, para que tuviera una educación, pero no con una ambición profesional.
¿Para qué iba a discutir con clientes y proveedores una mujer de su clase?
Julia debería resignarse a alcanzar una buena boda, tener hijos y tocar su piano a solas o para las visitas de su casa, como mera afición.
Pero no era eso lo que ella soñaba. Si se demostraba que era una pianista excepcional, tendría la excusa perfecta para escapar de ese destino diseñado por otros.
Una vida más libre, más brillante, viajando por Europa.
Haciéndose un nombre propio. Ten dría las riendas de su destino y las sujetaría con firmeza, como si estuvieran hechas del mejor cuero.
La de pianista era de las pocas profesiones adecuadas para alguien de su clase, por eso había tantas mujeres dejándose las manos y las pestañas en el conservatorio.
Para mujeres pobres siempre había faena de sobra —lavando, limpiando, cosiendo o planchando—, pero para la hija de un comerciante, con estudios y aspiraciones, las opciones se contaban con los dedos de una mano.
Su plan secundario era ser institutriz. Al fin y al cabo, hablaba cuatro idiomas.
Se había matriculado en la escuela hacía menos de un mes, por si acaso.
Que Julia tenía un talento sobresaliente para la música era obvio para quien la escuchara, pero, aún más importante, también lo era para su profesor, Fernández Grajal.
Ya le había puesto un destacado sobresaliente el curso anterior, según había publicado La Correspondencia de España , y estaba seguro de que su pupila repetiría la nota ese año.
Entonces pasaría a concursar en público, accedería a premios y se le abrirían las puertas de las veladas, los recitales y los conciertos por todo Madrid.
Podría seguir dedicando su vida a lo que más amaba.
Por eso, el examen de aquel día era tan importante.
Julia acudió al piano muy temprano, cuando aún apenas había luz y las teclas, las blancas y las negras, aún parecían todas grises.
Cruzó el salón del piso donde vivían los Loewe, en la calle Cañizares, 3, pisando sobre el parqué descalza y de puntillas.
Su silueta oscura pasó frente al balcón, donde los diez centímetros de nieve brillaban como espuma de claras recién batidas.
El piano de cola era una noche plena, una mole en mitad del salón.
Había cruzado media Europa desde Bayreuth, en una espectacular mudanza de casi un mes, envuelto en tres capas de sábanas, atado con sogas, subiendo y bajando de los trenes correo y los carruajes con la máxima delicadeza y vigilancia extrema.
Tanto había costado traerlo que, por el mismo precio, podrían haberse comprado tres pianos españoles.
Y, sin embargo, aquel era espe cial. Insustituible.
Su madre siempre decía que en sus entrañas escondía la firma del compositor Franz Liszt y que este era un antepasado familiar.
Julia estaba dispuesta a encontrarla a toda costa.
Tomó el candelabro de filos de oro, encendió sus cinco velas y lo apoyó en el suelo.
Escudriñó cada rincón del piano, por debajo, y palpó la madera con las yemas de los dedos, buscando el relieve que delatara la firma.
Tenía que encontrarla, lo necesitaba. Estaba recién afinado y puesto a punto, el olor de la madera aceitada la colmaba por dentro al respirar.
Recorrió las esbeltas patas y abrió la tapa, metiendo los dedos con ansia por los agujeros del bastidor, estirándolos por debajo de las cuerdas.
Al final, tuvo que darse por vencida y retirarse con un suspiro.
¡Qué bien le habría venido, justo antes de la prueba, confirmar que la sangre del maestro corría por sus venas!
Resignada a tener que confiarlo todo al mérito, apoyó con cuidado el candelabro junto al atril, se sentó en la banqueta y respiró hondo.
Recordó el cuaderno de ejercicios en posición fija de su maestro: para hacer bailar las manos, apoyar bien los dedos, pero sin violencia, sobre las redondas; articularlos con energía, tanto al dejarlos caer como al retirarlos; estudiar con una mano primero y después con la otra, sin juntarlas hasta haberlas aprendido muy bien por separado.
Fijó la sordina, desplazándola con el pie, y se entregó al torrente siempre amado de Bach.
Decían que Julia ni siquiera había llorado al nacer y que, de pequeña, ni se notaba cuándo estaba en la habitación de lo callada que era.
Todo lo expresaba a través de las teclas.
Cuando sus ojos se ponían a recorrer las líneas del pentagrama, de izquierda a derecha, era cuando los azules de sus iris se despejaban de grises y centelleaban con la mayor de las pasiones.
Cualquier sombra se desvanecía y se asomaba a ellos una luz intensa.
El cuerpo rígido, los brazos sueltos, las manos volando…
Julia liberaba en la ejecución toda su ascendencia alemana, tan pasional, en cuanto se sentaba al piano.
Aunque nunca había estado en Alemania, corría por sus venas el carácter leonino de su padre.
Una heredera perfecta del Romanticismo, la tormenta y el Sturm und Drang .
En su vida diaria, en cambio, se manejaba con las formas suaves y la flema británica de su madre, siempre modesta y educada, puesto que Carlota Clara Hinton no decía una palabra por encima de la otra.
El temperamento de Julia, domado por la instrucción inglesa y francesa, derivó en una disciplina y una sed de perfeccionismo que la tenía como ahora: acostándose tarde y desvelándose en la madrugada para acercarse lo más posible a «los suyos», es decir, a «los alemanes».
El pequeño Enrique fue el primero en aparecer por la puerta. Iba a quejarse de que no podía pegar ojo, pero la visión de la nieve fue más fuerte. Abrió el balcón y se lanzó a comerse el primer puñado.
Clara apareció pisándole los talones, lo metió para dentro de un tirón y cerró ambas puertas de cristal.
—Ya sabéis que mamá está resfriada y que no se puede tener esto abierto.
Al ver a su hija sentada en la banqueta supo que se había desvelado y se preguntó si habría dormido algo. Tomó una copa de cristal bermejo, que llenó con agua de azahar.
—Tómate esto, cariño, te calmará los nervios.
Aquella copa, tallada y con forma de tulipán, era de los pocos objetos que se había traído de su Londres natal, junto con las porcelanas.
Cuando decidió seguir a Heinrich en su aventura peletera, no sabía ni dónde vivirían ni qué tamaño tendría el piso en España ni tan siquiera si la familia conseguiría un negocio propio, así que compraron un ajuar sencillo en Madrid y lo fueron ampliando en los años que siguieron.
Todos los sueños y buenas expectativas de Heinrich Loewe se habían ido cumpliendo uno tras otro.
—Y mira lo que llegó ayer…
Agitó el New York World ante ella, con la portada algo corrida por el aguanieve, y se lo llevó al sofá. Julia se levantó del piano, tomó la copa de cristal y corrió detrás de ella. Comprobó con alivio que las páginas de su reportaje favorito estaban a salvo.
—¡Nellie Bly acaba de llegar a Londres! ¿Crees que la tía Hinton le habrá hecho fotos? Estoy segura de que va a completar la vuelta entera. Y que, además, le van a sobrar días. De los setenta y nueve, le sobran tres, por lo menos.